Capítulo 3 #6
La frutera, una joven de rostro curtido por el aire bravo del Cantábrico y manos endurecidas por el jornal diario, permanecía apostada tras su puesto de madera como una centinela involuntaria.
Sus manos, que por pura naturaleza deberían estar pesando manzanas o acomodando cítricos de la temporada, se mantenían ocultas y tensas bajo un saco basto de arpillera.
Fue en ese instante de fijeza cuando lo vi de reojo: el destello frío, hambriento y pavonado del acero de la ballesta de muelle.
Me clavó una mirada directa y, al sostenerle el pulso, sentí un escalofrío que nada tenía que ver con la humedad del sirimiri.
En sus pupilas dilatadas no habitaba la maldad, sino un terror genuino, ancestral y desbordante; el pánico ciego de quien cree estar viendo al mismísimo demonio emergiendo de las profundidades del infierno para arrebatar a una criatura indefensa.
La Estirpe había ejecutado un trabajo de deformación impecable: a ojos de aquella muchacha engañada, yo no era un padre desesperado que había cruzado un océano entero por la vida de su hijo.
Para ella, yo encarnaba a la bestia salvaje de los relatos de terror de los Tumal; un depredador sanguinario que venía a despedazar la poca paz que le quedaba al pequeño Len.
No me detuve. Mis botas resonaron sobre los adoquines húmedos con la cadencia pausada de una ejecución.
Justo al alcanzar la entrada del portal, una sombra compacta se separó de la pared de sillería.
Era uno de los verdugos oficiales de la casa; un tipo de mandíbula cuadrada, pómulos prominentes y ojos completamente vacíos, embutido en un abrigo de lana burda que apestaba a sebo rancio.
—Ni un paso más, forastero —gruñó el hombre, bloqueando el dintel del portal con sus hombros anchos y una postura corporal que irradiaba una violencia latente—. Aquí no tienes absolutamente nada que buscar. Regresa de inmediato al lodo de donde saliste.
Mantuve la mirada fija en sus ojos de piedra, pero todos mis sentidos alerta estaban volcados en otra parte.
Sentía el peso del aire a mis espaldas, donde la frutera y su ballesta neumática aguardaban un solo error de mi parte.
Extraje la tarjeta azul con una parsimonia fríamente calculada, mediante un movimiento lento, fluido y milimétrico, cuidando de no realizar el menor ademán brusco que pudiera hacer que el gatillo de la muchacha saltara por puro instinto de preservación.
—Tengo un decreto firmado en el cuartel —sentencié, y mi voz sonó como el roce seco de dos láminas de hierro en la penumbra de una fragua de Olabeaga—. La ley de los hombres dice que Len sale hoy... conmigo.
El verdugo soltó una carcajada seca, un estallido despojado de cualquier rastro de humanidad que rebotó entre las paredes de sillería como el eco lúgubre de una tumba abierta.
—Ya te lo han advertido en el cuartel, infeliz: el papel no tiene pies para caminar, ni manos de carne para abrir cerrojos —escupió, dando un paso intimidante hacia el frente hasta que su aliento cargado a tabaco rancio me golpeó la cara—.
Vuelve a tu barco antes de que este suelo de Bilbao se trague tu sangre y no quede de ti ni el más remoto recuerdo.
La puerta de sillería se abrió finalmente con una lentitud agónica, quejándose sobre sus bisagras oxidadas. De entre las sombras densas y estancadas del portal, emergió la figura quebrantada de Len.
El rostro de mi hijo, aterrorizado y humillado por la pesadez de los eslabones de hierro que le mordían las muñecas y los tobillos, se me grabó a fuego en las pupilas, quemando cualquier rastro de duda.
Era la imagen misma de la inocencia profanada.
Tras él, dos perros de presa hambrientos, con las costillas marcadas bajo el pelaje sarnoso y los ojos inyectados en puro odio, bloqueaban el pasillo estrecho enseñando unos colmillos amarillentos que goteaban saliva.
Entonces, los dos Tumal aparecieron en la penumbra como figuras heréticas extraídas de una pesadilla ancestral.
Uno de ellos, una masa deforme de grasa y cicatrices viejas, empuñaba un hacha de monte de filo negro mientras sujetaba con puño firme las correas tensas de las bestias.
La madre, con una sonrisa demente que le cruzaba el rostro como una herida abierta, hundía la punta de un cuchillo de carnicero en la yugular de mi hijo, justo sobre el latido intermitente de su vida.
El acero frío brillaba contra la piel pálida de Len, marcando el límite exacto entre la supervivencia y el abismo.
Entendí en ese instante, con una claridad descarnada que me heló la sangre, que la vida de mi hijo y nuestra misión entera colgaban de un hilo de seda suspendido sobre un precipicio insondable.
Con una delicadeza extrema, casi ritual, les mostré la tarjeta azul; la sostuve frente a sus ojos fijos como quien alza un crucifijo ante una bestia del averno, apelando a mi supuesto amparo legal.
Solo recibí a cambio una risa siniestra, un sonido gutural, espeso y biliar que parecía nacer de las entrañas mismas del torreón. Era una carcajada blasfema que escupía abiertamente sobre la civilización, sobre las leyes de los hombres y sobre cualquier rastro de decencia humana.
No tenían la menor intención de soltar a mi hijo.
No buscaban un trato comercial ni temían el castigo de las instituciones; querían que yo, el padre que había cruzado el mundo entero y desafiado al océano, viera la magnitud real de su poder absoluto.
Querían que sintiera su sombra aplastándome los pulmones antes de dejarme morir sobre los adoquines.
En aquel portal infecto, la ley no era la cartulina azul que yo sostenía con dedos trémulos, sino el filo de acero que acariciaba con sadismo la garganta de mi hijo.
—¡Nos atacan! —el grito atronador de Ur a mis espaldas rompió de golpe el hechizo de parálisis que nos envolvía en el dintel.
Giré por puro instinto de supervivencia, sintiendo el aire cortarse de cuajo a mi lado.
Un virote de ballesta rasgó el viento y me rozó la oreja izquierda con un siseo de muerte antes de incrustarse con violencia en la madera gruesa del portal.
Los Tumal, con una sincronización diabólica y ensayada, soltaron en ese mismo instante las correas de los perros de presa y cerraron el pesado portón de hierro.
El estruendo metálico retumbó en los cimientos de toda la calle, dejando a mi hijo cautivo al otro lado del muro.
Las bestias se lanzaron sobre mí a tumba abierta.
Con una patada seca y precisa al bocio, logré inhabilitar al primer can, pero el segundo, una masa compacta de puro músculo y hambre, hundió sus colmillos con saña en mi muslo izquierdo.
Sentí el fuego abrasador del mordisco buscando el hueso, desgarrando la tela del pantalón y la carne viva.
Un disparo seco, ensordecedor y certero de Barri, oculto como un auténtico fantasma en la penumbra industrial del muelle, detuvo a la bestia en el acto; el animal cayó fulminado sobre el empedrado, liberando mi pierna con un último y espantoso espasmo.
Al otro lado de la calzada, envuelto en el humo de los remolcadores y el sirimiri, vi a Ur forcejeando cuerpo a cuerpo para maniatar a la joven frutera.
Era una imagen dantesca, desgarradora: un gigante de los astilleros tratando de no herir a la muchacha inocente que seguía debatiéndose como un animal atrapado, con la ballesta de muelle entre las manos, gritando insultos entre llantos y espumarajos, convencida hasta su último aliento de que era una heroína salvando a un niño de las garras de un monstruo.
—¡Cúbrete, carajo! —el rugido de Barri cortó el aire portuario, cargado de una autoridad que no admitía la menor réplica.
Me lancé de cabeza tras un pesado banco de piedra de sillería justo cuando cuatro saetas, disparadas con una cadencia asesina desde las aspilleras altas del torreón, perforaron el respaldo con un chasquido seco, desgarrándome las costuras de la ropa y rozándome la columna vertebral.
Apretando los dientes para no proferir un grito que delatara mi posición, arranqué un jirón de mi camisa empapada de lluvia y, con dedos torpes por la adrenalina pero guiados por el instinto, improvisé un torniquete de urgencia sobre el muslo desgarrado para frenar la hemorragia.
Sentía el calor punzante y espeso de mi propia sangre fluyendo en mitad del frío glacial de los adoquines de Bilbao.
Ur permanecía clavado tras la estructura del puesto de la frutería, incapaz de asomar la cabeza sin que lo cosieran a impactos; convertido, a su pesar, en un blanco estático.
Entonces, Barri, desde su posición de tirador, soltó una última descarga de cobertura para obligar a los arqueros del torreón a retraerse tras los muros y, sin dudarlo un segundo, espoleó a su yegua.
El animal galopó hacia mí, una exhalación de crines negras y furia que cruzó la calle entre la confusión grisácea del sirimiri.
Monté de un salto, apretando las mandíbulas por el dolor lacerante del muslo herido. Escapamos a galope tendido de aquella poza de odio bajo una lluvia final de puntas de hierro que repicaban contra el suelo, reagrupándonos finalmente en la seguridad del caserío.
El Día Trescientos no había traído la paz; era el inicio formal de una guerra total.
—¡Cagüen el copón! —bramó Ur al irrumpir con violencia en el caserío, con la cara completamente tiznada de hollín y una rabia volcánica que parecía hacer temblar los mismos tabiques de madera—. ¡Esa gente no respeta ni la ley de la provincia ni la sangre! ¡Han usado a un crío como escudo humano!
—Lasai, mutil —sentenció Barri con una frialdad cortante, pasando el cerrojo de hierro de la entrada con un golpe seco que resonó en la estancia como un disparo de advertencia—.
Ahora ya sabemos con certeza a qué nos enfrentamos.
Se acabó para siempre el tiempo del papel y los decretos institucionales; a partir de este segundo, solo queda el lenguaje del hierro.