Capítulo 17 El síntoma de la ausencia #2
Noa sintió el golpe de la imagen antes de formularlo.
Maia fuera del centro.
Maia fuera de la ficha.
Maia fuera de Sofía.
Maia fuera de ella.
Alejandro levantó la mano en saludo. Maia lo vio y sonrió con cortesía. Dudó apenas, luego se acercó con la copa en la mano.
Noa tuvo un segundo para recomponer el rostro.
Solo uno.
—Noa —dijo Maia al llegar.
—Maia.
El nombre salió demasiado limpio.
Alejandro miró de una a otra, encantado con la casualidad.
—Madrid hace estas cosas. Te juro que no lo planeé.
—Eso suelen decir los culpables —respondió Maia.
—Me ofendes.
—Con suavidad.
Alejandro rió. Noa no.
Maia llevaba un suéter claro bajo el abrigo y unos pendientes pequeños que le daban al rostro una luz distinta, menos escénica.
No parecía una paciente. Nunca lo había parecido del todo, pero allí la diferencia resultaba brutal.
Era una mujer de veintiocho años en un bar, con una copa, una noche libre y gente esperándola en otra mesa.
—¿Cómo estás? —preguntó Noa.
Maia sostuvo su mirada.
—Bien.
La palabra, en otra boca, no habría significado nada. Entre ellas, ya estaba demasiado cargada.
—¿La pierna?
Alejandro dejó escapar una risa baja.
—Noa, por favor.
Noa lo miró.
—¿Qué?
—Nada. Es que saludas a una mujer en un bar y a los diez segundos preguntas por su pierna. Ni siquiera yo soy tan malo coqueteando.
Maia bajó la vista a su copa.
Noa sintió que algo se le cerraba en la mandíbula.
—No estaba coqueteando.
—Eso ya lo sé —dijo Alejandro, todavía en tono ligero—. Por eso es peor.
Maia intervino antes de que el comentario se deformara.
—La pierna está bien. El médico tenía razón. El seguimiento interno alcanza.
—Me alegra —dijo Noa.
—Gracias.
La conversación pudo terminar ahí. Debería haber terminado ahí.
Pero Alejandro, que no leía todos los subtextos aunque sí algunos, se inclinó hacia Maia con una sonrisa.
—Todavía me debes una opinión injusta sobre la exposición.
—Creo que ya te di varias.
—Fueron demasiado educadas.
—Entonces la próxima vez seré cruel.
Noa miró a Alejandro.
La próxima vez.
La frase no tenía por qué significar nada. Maia podía ir a exposiciones, bares, cenas, ciudades enteras con quien quisiera. Noa no tenía derecho alguno a sentir que una puerta se cerraba desde dentro.
Pero lo sintió.
Y Alejandro, que era más torpe en el amor ajeno que en las estructuras, lo notó.
—Vaya —murmuró, levantando las cejas mientras daba un sorbo despacio a su copa—. Tampoco es para ponerse así, Rivas. Solo era un comentario. No sabía que te tomabas la vida privada de tus antiguas pacientes de forma tan… corporativa.
La frase cayó mal.
No por cruel.
Por exacta.
Maia miró a Noa. No con triunfo. Tampoco con reproche. Con una calma que la obligaba a no esconderse del todo.
Noa dejó la copa sobre la mesa.
—Lo siento, Ale —dijo, con una voz más baja—. Tienes razón. Estoy cansada y lo pago contigo. No es asunto mío lo que haga Maia con su tiempo libre.
Maia no se movió.
Alejandro levantó las manos.
—No pretendía abrir una junta directiva emocional.
—Nunca lo pretendes —dijo Noa.
—Y aun así lo consigo. Es un talento.
Maia sonrió apenas, pero la sonrisa no llegó del todo a sus ojos.
—Voy a volver con mi grupo.
—Claro —dijo Alejandro—. Antes de que Rivas me despida de mi propio sábado.
Maia miró a Noa una última vez.
—Buenas noches.
Noa sostuvo la copa sin beber.
—Buenas noches, Maia.
La bailarina regresó al fondo del bar. Noa no la siguió con la vista de inmediato. Esperó. Tres segundos. Cinco. Luego lo hizo.
Maia ya estaba riendo con la mujer de pelo corto. No una carcajada grande. Una risa baja, inclinada hacia la mesa, íntima por simple pertenencia al momento.
Noa sintió una incomodidad absurda y nítida.
No eran celos exactamente. O no solo. Era algo más difícil de justificar: la comprobación de que Maia podía ocupar el mundo sin su mirada.
Que podía estar bien, salir, elegir compañía, recibir mensajes, reírse.
Que la distancia que ella había impuesto no había detenido nada. Solo la había dejado a ella sin acceso.
Alejandro apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Quieres que hagamos como si no hubiera pasado nada o prefieres que sea insoportable ahora?
Noa lo miró.
—Prefiero que bebas.
—Eso puede convivir con ser insoportable.
—Ale.
Él suavizó la expresión.
—No voy a preguntar nada que no quieras responder.
—Bien.
—Pero sí voy a decir una cosa.
Noa cerró los ojos un segundo.
—Por supuesto.
—Nunca te vi mirar una lesión con esa cara.
Noa abrió los ojos.
Alejandro no sonreía.
—Y nunca te vi pedir perdón tan rápido por algo que, en teoría, no te importaba.
Noa no contestó.
En el fondo, Maia se colocaba el abrigo. Su grupo empezaba a moverse hacia la salida. Al pasar cerca de la mesa, ella no se detuvo. Solo inclinó la cabeza en una despedida sobria.
Noa hizo lo mismo.
Esa fue toda la ceremonia.
La puerta del bar se abrió, dejando entrar una ráfaga fría. Maia desapareció en la calle con los demás.
Alejandro bebió un poco más de vino.
—Bueno —dijo—. Como pasillo mal iluminado has mejorado. Ahora pareces edificio con alarma.
Noa soltó una risa breve, inesperada.
Le dolió menos reírse que seguir seria.
—Eres un idiota.
—Sí. Pero soy tu idiota disponible los sábados.
Noa miró su copa.
—No sé qué estoy haciendo.
Alejandro no respondió con rapidez. Ese fue su primer gesto inteligente de la noche.
—A veces no hace falta saberlo todo —dijo al fin—. Pero conviene saber a quién puedes romper mientras improvisas.
La frase le llegó con la voz de Sofía.
No porque Alejandro sonara como ella.
Porque Sofía estaba en todo lo que Noa intentaba separar.
Noa asintió, apenas.
—Lo sé.
—Entonces empieza por no mentirte tanto. Después ya vemos si puedes dejar de mentirle a los demás.
Noa no dijo nada.
Afuera, Madrid seguía moviéndose detrás de los cristales del bar. Gente que pasaba con abrigos, luces de diciembre, taxis, voces mezcladas en la acera. En alguna parte de esa ciudad, Maia caminaba hacia otra conversación, otro lugar, otra noche que no necesitaba permiso de nadie para existir.
Noa tomó la copa.
Bebió.
Por primera vez desde el alta voluntaria, la ausencia de Maia dejó de parecer un vacío administrativo.
Se convirtió en algo más incómodo.
Una vida propia ocurriendo fuera del alcance de su control.