Capítulo 17 El síntoma de la ausencia
Noa borró el nombre de Maia Moura de la planilla semanal y el sistema reorganizó los horarios sin ninguna dificultad.
Ese fue el detalle que más le molestó.
La celda de los lunes a las siete quedó libre, luego fue ocupada por una atleta de esgrima que necesitaba reforzar cadena posterior después de una sobrecarga lumbar.
La del miércoles pasó a un corredor amateur con tendinopatía rotuliana.
El hueco de descarga del jueves se cerró con una sesión doble de movilidad para un jugador de baloncesto.
El centro absorbió la ausencia con la eficiencia de una máquina bien diseñada.
Todo funcionó mejor de lo que Noa habría querido.
Durante la primera semana, se dijo que aquello era una buena señal.
Maia estaba recuperada. El teatro había asumido el seguimiento interno.
Mateo había enviado pautas generales y recomendaciones de alerta.
Sofía seguía informando, sin saber que informaba, de que la bailarina estaba fuerte, seria, concentrada.
No había inflamación. No había bloqueo. No había recaída.
Desde cualquier perspectiva profesional, el caso era un éxito.
Desde cualquier perspectiva personal, Noa había perdido el único territorio donde todavía podía verla sin admitir que quería verla.
El martes por la tarde, Mateo la encontró en recepción revisando por tercera vez una factura de material terapéutico.
—Esa factura ya la aprobaste —dijo, dejando una caja de bandas elásticas sobre el mostrador.
Noa no levantó la vista.
—Estoy verificando el pedido.
—También lo verificaste ayer.
—Entonces hoy debería ser más rápido.
Mateo se apoyó en el mostrador con una paciencia que empezaba a parecerle ofensiva.
—La atleta de esgrima preguntó si podía cambiar el bloque del lunes al miércoles.
—No. El miércoles está lleno.
—El miércoles está lleno porque pusiste un corredor a la hora que antes tenía Maia.
El silencio cayó entre ambos sin violencia, pero con peso.
Noa cerró la factura.
—Entonces el miércoles está lleno.
Mateo asintió.
—Perfecto.
No se movió.
Noa levantó por fin la mirada.
—¿Algo más?
—Sí. Estás insoportable.
—Gracias por el informe.
—De nada. Lo envío por correo si quieres archivarlo.
Noa soltó una risa breve. Le vino bien, aunque no quiso admitirlo.
Mateo recogió la caja y se dirigió hacia la sala funcional. Antes de alejarse del todo, volvió la cabeza.
—No pasa nada por echar de menos a una paciente.
La frase le tensó la espalda.
—Mateo.
—Tampoco pasa nada por llamarlo de otra forma si “paciente” ya no sirve.
Esta vez, Noa no respondió.
Mateo no insistió. Tenía el raro talento de saber cuándo una puerta acababa de cerrarse y cuándo convenía dejar que el eco hiciera su trabajo.
Noa subió al despacho antes de que terminara el bloque de la tarde.
Desde la planta alta, la sala general seguía su curso: cuerpos entrenando, voces cruzadas, rutinas que empezaban y terminaban, pesos que volvían a sus soportes.
La colchoneta del fondo estaba ocupada por otra persona.
Una mujer alta, rubia, con una camiseta roja.
Hacía una plancha lateral con mala técnica.
Noa observó el error.
No bajó.
Ese también era un síntoma.
En el teatro, Maia repitió la caída del segundo acto sin mirar hacia la platea.
Sofía estaba sentada a mitad de sala, con una libreta sobre las piernas y un lápiz entre los dedos.
Valeria caminaba cerca de la mesa técnica, hablando con el responsable de vestuario sobre un retraso en las costuras del tercer cambio.
El coreógrafo pidió una repetición más. Maia la hizo.
Esta vez, el cuerpo respondió con una precisión casi fría.
Ya no buscaba la mirada de Noa en los espacios oscuros.
No porque no la recordara.
Porque había decidido no alimentar esa memoria con hambre.
Al terminar, se quedó de pie en el centro del escenario, respirando con los brazos a los lados. El isquiotibial no protestó. La rodilla sostuvo. El tobillo no cedió.
—Eso estuvo muy bien —dijo Sofía desde la platea.
Maia bajó la mirada hacia ella.
—¿Muy bien o muy bien para alguien con antecedentes médicos recientes?
Sofía sonrió, cansada.
—Muy bien para una bailarina que empieza a entender que no necesita romperse para conmover.
Valeria, desde la mesa técnica, levantó la vista.
—Voy a enmarcar esa frase y ponerla en el camerino para que todas finjan leerla.
Maia soltó una risa baja. El sonido le salió más natural de lo que esperaba.
Sofía subió al escenario y se acercó con la libreta en la mano.
—¿Cómo sientes la pierna?
—Estable.
—¿Solo estable?
Maia pensó en Noa. En cómo habría desmontado esa respuesta con una sola mirada. En cómo habría preguntado dónde, cuándo, con qué carga, en qué rango. Pero Sofía no era Noa. Sofía necesitaba otra verdad, una que perteneciera al teatro y no a una camilla.
—Fuerte —corrigió Maia—. Cansada, pero fuerte.
Sofía asintió.
—Bien. Quiero que el cansancio quede en la escena, no escondido debajo de la técnica.
—Eso es casi lo contrario de lo que me diría cualquier médico.
—Por suerte no soy médica.
—Eso explica muchas decisiones de producción.
Valeria apareció a su lado con una carpeta.
—Y pocas del presupuesto.
Sofía la miró.
—No empieces.
—Yo nunca empiezo. Solo continúo desastres ajenos.
Maia se rió otra vez.
Durante unos segundos, el teatro pareció recuperar una forma amable.
No limpia, no simple, pero sí habitable.
Maia se aferró a eso. A la madera bajo los pies.
A Sofía corrigiendo la emoción de una caída.
A Valeria poniendo orden con sarcasmo y cariño.
A la certeza de que su cuerpo seguía siendo suyo incluso cuando lo atravesaban deseos inconvenientes.
Más tarde, en el camerino, encontró un mensaje de Alejandro.
Alejandro: Me han dicho que el sábado hay una exposición pequeña en Lavapiés. Prometo no convertirla en ruta turística dramática. ¿Te apetece?
Maia miró la palabra Lavapiés y pensó que, al menos, Alejandro había elegido un territorio donde ella no se sentía completamente invitada ni completamente extranjera. Ya había caminado esas calles sola. Eso lo hacía menos peligroso que una cita y más fácil de aceptar como una salida.
Alejandro le caía bien. No lo suficiente para confundir nada, pero sí lo suficiente para reconocer que su insistencia era más amable que invasiva. Después de la cena, él había escrito una vez. Ella había contestado con cordialidad. Nada más.
Podría decir que no.
Quería decir que no.
Pero una parte de ella, menos noble quizá, pensó que salir con alguien del círculo de Noa sin que Noa tuviera nada que ver podía ser una manera de recuperar ciudad, aire, movimiento. No una provocación. No exactamente. Una prueba de independencia.
Valeria entró sin llamar, como siempre.
—¿Quién murió? —preguntó al ver su cara.
Maia bajó el teléfono.
—Nadie.
—Esa expresión suele significar hombre.
—Alejandro me invitó a una exposición.
Valeria dejó una carpeta sobre la mesa y la miró a través del espejo.
—¿Y vas a ir?
—No sé.
—¿Te interesa?
—No de esa manera.
—Entonces no vayas de esa manera.
Maia giró en la silla.
—¿Hay otra manera?
—Sí. La manera adulta: “me cae bien, salgo a ver arte, no le debo una vida amorosa a nadie”.
Maia sonrió.
—Qué concepto tan novedoso.
Valeria se cruzó de brazos.
—Lo que no puedes hacer es usarlo para enviarle un mensaje a alguien que no está en la conversación.
Maia perdió la sonrisa.
—No estoy haciendo eso.
Valeria sostuvo su mirada en el espejo.
—Bien. Entonces ve, mira cuadros feos, toma una copa y vuelve a tu casa sin convertirlo en una tesis sobre Noa Rivas.
Maia suspiró.
—Tú sí sabes arruinar un plan.
—Los planes confusos se arruinan solos. Yo solo adelanto el trámite.
Maia miró otra vez el mensaje de Alejandro.
Escribió:
Maia: Puede ser. Si no sales huyendo cuando te diga que no entiendo de exposiciones pequeñas.
La respuesta llegó al minuto.
Alejandro: Perfecto. Yo tampoco. Así nadie finge demasiado.
Maia dejó el teléfono boca abajo.
Valeria arqueó una ceja.
—¿Vas?
—Voy.
—Bien. Ponte algo que no parezca una declaración de guerra.
—No prometo nada.
—Eso me preocupa menos que cuando prometes.
El sábado, Noa aceptó salir con Alejandro porque Sofía tenía ensayo hasta tarde y porque él llevaba tres días escribiéndole que se estaba volviendo “un mueble caro con ansiedad de gestión”.
Se encontraron en un bar discreto cerca de la Plaza de Santa Ana, de esos donde la madera oscura, la luz baja y el ruido de las conversaciones permiten estar acompañada sin tener que hablar demasiado al principio.
Alejandro llegó con bufanda, abrigo largo y esa facilidad suya para parecer cómodo en cualquier sitio.
—Tienes cara de necesitar una copa —dijo al verla.
—Qué diagnóstico tan elaborado.
—Soy arquitecto. Diagnostico espacios. Tú ahora mismo eres un pasillo mal iluminado.
Noa dejó el abrigo en el respaldo de la silla.
—Gracias.
—De nada. Pido vino.
Noa no discutió.
Durante media hora hablaron de cosas que no importaban demasiado: una reforma imposible, un cliente que quería “minimalismo cálido” sin saber qué significaba, una máquina nueva del centro que Mateo había bautizado con un nombre ridículo, el cansancio de Sofía, la proximidad de las fiestas.
Noa agradeció esa superficie. Alejandro era de las pocas personas capaces de no exigirle profundidad para demostrar afecto.
Hasta que su mirada se desvió hacia el fondo del bar.
Noa lo notó.
—¿Qué?
Alejandro sonrió con un gesto lento.
—Vaya.
—¿Qué pasa?
—Creo que conozco a alguien.
Noa siguió la dirección de sus ojos.
Maia estaba junto a una mesa alta, cerca de la pared del fondo, con una copa en la mano y el cabello suelto sobre un abrigo negro.
No estaba sola. Había dos personas más con ella, una mujer de pelo corto que Noa no reconoció y un hombre joven con aspecto de haber salido del teatro o de querer que todos lo pensaran.
Maia escuchaba algo que le estaban contando y sonreía.
No una sonrisa intensa, ni secreta, ni dirigida a nadie en particular. Una sonrisa abierta, cansada, real.