El nuevo plano Capítulo 12 La cena de los reflejos #2
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Capítulo 12 La cena de los reflejos #2

—La hay —dijo Maia—. Pero necesitamos que la luz no llegue antes que el movimiento. Si el foco marca la caída antes de que el cuerpo la decida, el público se adelanta.

Sofía abrió los ojos.

—Eso. Eso es lo que no sabía cómo explicarle a iluminación.

Valeria ya estaba buscando algo en el móvil.

—Lo anoto antes de que alguien diga otra cosa útil y me arruine el descanso.

Noa permaneció callada, pero Maia notó su atención. Esa era una diferencia. En el gimnasio, Noa miraba para corregir. Allí la estaba escuchando pensar. No como paciente, no como cuerpo lesionado, sino como artista. Maia descubrió que eso la afectaba de otra manera, quizá más honda.

Alejandro, que había soportado diez minutos de conversación teatral con una paciencia honorable, decidió volver al terreno donde se sentía más cómodo.

—Entonces, Maia, además de salvar obras contemporáneas, ¿también aceptas visitas guiadas por Madrid? Porque conozco un par de sitios donde la luz llega justo a tiempo.

Sofía le lanzó una miga de pan.

—Eres insoportable.

—Soy hospitalario.

Maia sostuvo la sonrisa. Alejandro era agradable, incluso simpático. Su interés no le molestaba; le resultaba ajeno, como una música sonando en otra sala.

—Gracias, Alejandro. Pero Madrid y yo todavía estamos en una fase de negociación.

—Puedo ser mediador.

—No sé si eres neutral.

—Nunca lo soy cuando algo me interesa.

La frase generó una risa ligera en la mesa. Maia también sonrió, pero al levantar la vista encontró a Noa mirando su plato con demasiada atención. El gesto fue mínimo. Casi nada. Un músculo en la mandíbula, la mano ajustando el tallo de la copa, la espalda un grado más recta.

Maia podría haberlo dejado ahí.

Lo sensato habría sido dejarlo ahí.

—Noa ya me advirtió que los recorridos secundarios pueden distraer del plan principal —dijo.

Noa levantó los ojos.

Sofía, ajena al filo exacto de la frase, rió.

—Qué típico de Noa. Hasta Madrid debe tener para ella una rutina de movilidad.

—La tendría si alguien me dejara organizarla —respondió Noa, recuperándose con rapidez.

—Yo pagaría por verla —dijo Valeria—. “Día uno: activación de barrios. Día dos: propiocepción en museos.”

—Día tres: Alejandro queda expulsado por exceso de improvisación —añadió Maia.

Alejandro se llevó una mano al pecho.

—Me hieres, Moura.

—Sobrevivirás.

—No con dignidad.

La cena siguió. Hubo postre, café y una discusión inesperadamente seria sobre si una casa podía revelar más de una relación que una conversación.

Alejandro defendía que sí. Sofía decía que solo si una sabía mirar los objetos correctos.

Valeria opinaba que todas las casas mentían antes de una visita.

Noa escuchaba con una sonrisa baja, pero Maia notó que, por primera vez en la noche, estaba más callada.

—¿Y tú? —preguntó Alejandro a Maia—. ¿Qué dice tu apartamento de ti?

Maia pensó en la manta de Oporto, en las tazas sin lavar, en los papeles de ensayo junto a las compresas de frío, en la maleta que todavía no había terminado de vaciar.

—Que no estoy segura de cuánto tiempo voy a quedarme —respondió.

—Eso explica por qué caminas tanto —dijo Valeria, antes de beber un poco de vino—. Maia no conoce Madrid por barrios. Lo conoce por rutas de fuga.

—Qué manera tan amable de describirme —replicó Maia.

—Es verdad —insistió Valeria—. Lavapiés, el Rastro, librerías mínimas, tiendas de flores secas. Cuando no tiene ensayo, desaparece por ahí.

Alejandro se inclinó hacia ella con interés.

—Entonces sí necesitas una visita guiada.

—No —dijo Maia, sonriendo apenas—. Esos lugares me gustan precisamente porque nadie intenta explicármelos.

La mesa se aquietó un poco.

Sofía suavizó la expresión.

—Ojalá te quedes lo suficiente para estrenar y descansar.

—Eso seguro.

—Y para que Madrid te guste un poco más —dijo Alejandro.

Maia sonrió, pero miró a Noa sin proponérselo.

—Está empezando a hacerlo.

Nadie dijo nada durante un segundo.

No porque la frase fuera evidente.

Porque no lo era del todo.

Sofía llenó el silencio levantándose para recoger los platos.

—Bueno, antes de que nos pongamos existenciales, alguien ayúdeme con esto.

Noa se levantó de inmediato.

—Yo.

—No, tú has cocinado. Maia, ven conmigo y te enseño dónde escondo los platos que Noa considera mal apilados.

Maia obedeció con alivio y temor a partes iguales.

En la cocina, lejos de la mesa pero todavía a la vista, Sofía le alcanzó una fuente.

—Me alegra que vinieras —dijo en voz más baja—. No quería que todo fuera teatro y gimnasio. A veces necesito recordar que trabajamos con personas, no con agendas.

Maia sostuvo la fuente entre las manos.

—Gracias por invitarme.

—No tienes que agradecerlo tanto. Estás siendo muy importante para esta obra.

La frase llegó limpia. Sin sospecha. Sin doble fondo.

Maia sintió el peso de esa limpieza.

—La obra también está siendo importante para mí —respondió.

Sofía le sonrió y volvió hacia el comedor con otra fuente.

Maia se quedó sola un instante junto a la encimera. Apenas uno. Lo suficiente para apoyar la mano libre en el borde de mármol y respirar.

Noa apareció entonces en la entrada de la cocina.

No entró del todo.

—¿Necesitas ayuda?

Maia la miró.

—Creo que la pregunta es si tú la necesitas.

Noa se quedó quieta.

Desde el comedor llegaban las voces de Alejandro, Valeria y Sofía discutiendo sobre una reforma imposible en Malasaña. La casa estaba llena de gente. De luz. De testigos.

—No empieces —dijo Noa, sin dureza.

—No estoy empezando nada.

—Maia.

—Estoy lavando una fuente.

Noa bajó la vista hacia la fuente todavía seca.

Maia también la miró.

—Iba a lavarla.

El absurdo pequeño de la escena les arrancó una risa contenida a las dos.

No duró mucho, pero cambió la presión del aire.

Por primera vez en varios días, no estaban corrigiendo un cuerpo ni midiendo una distancia.

Estaban de pie en una cocina, con una fuente en medio y una casa ajena a punto de descubrir que no sabían qué hacer con las manos.

Noa dio un paso, tomó un paño y se lo ofreció.

Sus dedos no se tocaron.

Esta vez, ninguna pudo fingir que había sido casual.

—Sofía está feliz —dijo Maia.

—Sí.

—Me alegra.

Noa sostuvo el paño entre ambas.

—Lo sé.

Maia lo tomó por el extremo.

—Por eso no llevo verde.

La frase desconcertó a Noa.

—¿Qué?

—Nada.

Maia volvió al comedor con la fuente y el paño, dejando a Noa en la cocina con una pregunta que no podía formular allí.

La despedida llegó cerca de la una.

Alejandro fue el primero en ponerse el abrigo, todavía insistiendo en que la próxima cena debía ser en su casa y con menos restricciones logísticas. Valeria lo acompañó hasta la puerta, pero antes de salir se inclinó hacia Maia, que estaba recogiendo su bolso del sofá.

—Sobreviviste —murmuró.

—Eso parece.

—No te felicites todavía.

Maia la miró.

Valeria no añadió nada. Solo le apretó brevemente el brazo y salió detrás de Alejandro.

Sofía abrazó a Maia en el recibidor.

—Descansa este fin de semana. El lunes te quiero entera.

—Lo intentaré.

—No. Lo haces.

—Sí, directora.

Sofía sonrió satisfecha y fue a buscar el paraguas de Valeria que alguien había olvidado junto al perchero.

Maia quedó frente a Noa.

El recibidor era estrecho. Demasiado para una despedida completamente neutra.

—Gracias por la cena —dijo Maia.

—Gracias por venir.

—Y por el plan de movilidad. Mateo dijo que el tobillo está respondiendo mejor.

—Mateo tiene razón.

—Qué raro debe ser admitir eso.

Noa sonrió apenas.

—No se lo digas.

Maia metió una mano en el bolsillo del abrigo.

—Buenas noches, Noa.

—Buenas noches, Maia.

No hubo beso en la mejilla. No hubo roce. No hubo nada que Sofía pudiera ver al volver con el paraguas.

Solo la pausa.

Esa pausa limpia, mínima, insoportable, antes de que Maia cruzara el umbral y saliera a la noche.

Sofía cerró la puerta con un suspiro feliz.

—Ha estado bien, ¿no?

Noa miró la madera cerrada.

Después se volvió hacia ella.

—Sí.

Sofía le pasó un brazo por la cintura y apoyó la cabeza en su hombro, cansada.

—Me gusta tener nuestra casa llena.

Noa le besó el pelo.

—A mí también.

Y esa fue la parte más difícil de toda la noche: que no estaba mintiendo.