Capítulo 12 La cena de los reflejos
—El verde no —dijo Valeria.
Maia, de pie frente al espejo de su habitación, giró la cabeza hacia el móvil apoyado sobre la cómoda. La videollamada temblaba ligeramente porque Valeria caminaba por algún pasillo del teatro con una carpeta bajo el brazo y el ceño de quien estaba resolviendo tres problemas a la vez.
—Ni siquiera lo viste bien.
—Lo vi suficiente.
Maia bajó la mirada hacia el suéter verde botella que sostenía contra el pecho.
—¿Desde cuándo eres asesora de vestuario?
—Desde que estás eligiendo ropa para cenar en casa de Sofía y Noa como si fueras a negociar un tratado de paz con tu cuerpo.
Maia dejó el suéter sobre la cama, junto a una camisa blanca, un jersey negro de cuello alto y unos pantalones de sastre.
Su apartamento de la calle Mayor estaba todavía a medio domesticar: libros apilados en una silla, una manta portuguesa sobre el sofá, dos tazas en el fregadero y una bolsa de hielo reutilizable olvidada junto al microondas.
Madrid había empezado a parecerle menos una escala y más un lugar donde las cosas podían complicarse.
—Voy a cenar —dijo—. Nada más.
Valeria se detuvo. En la pantalla, su expresión perdió un poco de velocidad.
—Entonces ponte cualquier cosa.
Maia sostuvo su mirada a través del cristal.
—Eso es injusto.
—No. Es práctico.
—Tú nunca eres solo práctica.
Valeria soltó una risa seca.
—Y tú nunca eliges un cuello alto por casualidad.
Maia miró de nuevo la ropa. El verde era demasiado evidente, pensó. No por el color en sí, sino por la intención que podía construir alrededor de él. El negro era seguro. Demasiado seguro. La camisa blanca le daba un aire más limpio, más distante, casi de reunión profesional.
—Sofía me invitó porque quiere celebrar los avances del montaje —dijo Maia, más para sí que para Valeria—. Sería grosero no ir.
—No dije que no fueras.
—Parecía.
—Dije que no fueras vestida como una pregunta.
Maia sonrió a pesar de sí misma.
—Qué frase tan dramática para alguien que desprecia el melodrama.
—Yo desprecio el melodrama mal gestionado. El bueno tiene estructura.
La llamada se cortó un segundo y volvió con ruido de fondo.
Maia aprovechó para ponerse la camisa blanca.
La tela fría le rozó los hombros. Se abrochó los botones despacio, dejando el cuello abierto lo justo para no parecer demasiado formal, y eligió los pantalones negros.
Frente al espejo, su figura le devolvió una versión más serena de sí misma. Menos invitación. Más control.
Valeria la observó desde la pantalla.
—Mejor.
—¿Ahora sí parezco una invitada normal?
—No. Pero pareces una mujer que sabe dónde está entrando.
Maia se quedó quieta con un botón entre los dedos.
—No va a pasar nada.
—Eso espero.
—Vale.
—No lo digo por moralina —añadió Valeria—. Lo digo porque Sofía está ilusionada con esta cena. Con la obra. Con Noa. Con todo.
Maia cerró los ojos un segundo.
—Lo sé.
—Entonces acuérdate de eso cuando la casa huela a romero y parezca que todo el mundo tiene un lugar claro en la mesa.
Maia abrió los ojos.
—¿Romero?
—Sofía dijo que Noa iba a hacer lomo al horno. Noa cocina con romero cuando quiere demostrar que controla la situación.
—Qué información tan específica.
—Soy productora. Mi trabajo es recordar detalles que luego destruyen a la gente.
La frase quedó flotando. Maia terminó de abrocharse la camisa y bajó la voz.
—Voy a comportarme.
Valeria la miró con una seriedad que no necesitaba suavizarse.
—No me preocupa que te comportes. Me preocupa que las dos sean demasiado buenas fingiendo.
Maia no encontró respuesta.
Media hora después, cuando el taxi la dejó frente a la casa de las afueras, tuvo que admitir que Valeria había acertado también con el romero.
El olor llegó apenas Sofía abrió la puerta.
—¡Maia! Pasa, por favor, te estás congelando.
Sofía llevaba un vestido de punto color crema y el cabello recogido de una forma que pretendía ser casual, pero que probablemente había requerido dos intentos frente al espejo.
Estaba radiante de cansancio, con esa mezcla suya de agotamiento y entusiasmo que hacía que todos los espacios parecieran organizarse alrededor de su voz.
Maia le sonrió y entró.
—Gracias por invitarme. Traje vino, pero no sé si combina con el lomo de Noa.
—Si tiene alcohol, combina con mi semana.
Sofía la abrazó con una calidez sincera. Maia respondió el gesto sin rigidez, aunque sintió, al hacerlo, una punzada de incomodidad que le subió desde el estómago. Sofía olía a jabón suave y perfume limpio. A casa. A confianza.
—Estás guapísima —dijo Sofía, apartándose para mirarla—. Muy seria, pero guapísima.
—Valeria me prohibió el verde.
—Valeria prohíbe cosas por deporte.
—Lo sospechaba.
Desde el interior de la casa llegó una voz masculina.
—¿La famosa Maia ya llegó o seguimos hablando de ella como si fuera un mito portugués?
Sofía giró hacia el salón.
—Alejandro, compórtate.
—Estoy siendo encantador.
—Eso es justo lo que me preocupa.
Maia dejó el abrigo en manos de Sofía y avanzó hacia el salón.
La casa de Noa y Sofía tenía una belleza tranquila: madera clara, paredes color arena, libros mezclados en estanterías sin jerarquía aparente.
Manuales de anatomía junto a textos de dramaturgia, una maqueta de escenografía cerca de una pila de revistas de arquitectura, una manta sobre el brazo del sofá.
No parecía una casa decorada para recibir; parecía vivida por dos mujeres que habían aprendido a convivir con sistemas distintos.
Noa estaba junto a la cocina abierta, sirviendo vino en una copa.
Maia la vio antes de que Noa levantara la mirada.
Llevaba una camisa azul claro con las mangas dobladas hasta el antebrazo y el cabello recogido en una trenza baja.
No tenía la armadura completa del centro, ni la distancia profesional de la sala funcional.
En su casa, con la luz cálida del comedor tocándole el perfil, parecía menos inaccesible. No menos controlada. Solo más humana.
—Buenas noches —dijo Noa.
—Buenas noches.
El saludo fue correcto. La pausa, no tanto.
Sofía apareció entre ambas con una naturalidad que devolvió movimiento a la escena.
—Maia, él es Alejandro, amigo de Noa desde antes de que Noa fingiera que no le gustaba mandar. Alejandro, Maia Moura, la razón por la que sigo teniendo una obra y no un ataque de ansiedad.
Alejandro se levantó del sofá con una sonrisa amplia. Era alto, atractivo de una forma cómoda, con la seguridad de quien nunca había tenido que esforzarse demasiado para caer bien.
—Encantado —dijo, tomando la mano de Maia—. Sofía no exageró.
—Sofía siempre exagera —respondió Maia.
—Sí, pero suele tener buen gusto.
Valeria, sentada en el brazo de un sillón con una copa en la mano, intervino sin levantar demasiado la voz.
—Alejandro lleva siete minutos en la casa y ya está intentando construir una escena alrededor de sí mismo.
—Eso en arquitectura se llama presencia.
—En producción se llama problema.
Maia rió. La tensión inicial se alivió un poco. Noa también sonrió desde la cocina, y Maia alcanzó a ver el gesto antes de que desapareciera detrás de la rutina de servir vino, revisar el horno y preguntarle a Sofía si había puesto pan en la mesa.
La cena empezó con una normalidad casi peligrosa.
En un momento, Sofía pasó detrás de Noa y le rozó la nuca con los dedos antes de sentarse, un gesto tan automático que nadie en la mesa pareció notarlo.
Noa inclinó apenas la cabeza hacia ese contacto y siguió sirviendo agua, como si aquella caricia perteneciera al mismo orden doméstico que los platos, el pan y la luz cálida sobre la mesa.
Sofía hablaba de la transición del segundo acto con las manos, usando el cuchillo como si fuera un puntero.
Valeria corregía fechas, presupuestos y nombres de proveedores sin dejar de comer.
Alejandro convertía cada anécdota de Noa en una prueba de que había sido intensa incluso antes de tener empleados a quienes organizar.
Noa, a su derecha, administraba la mesa con discreción: servía agua, preguntaba por el punto de la carne, retiraba una fuente cuando estorbaba, sostenía la conversación sin ocuparla.
Maia la observaba menos de lo que quería.
O eso intentaba.
—Noa era igual en la universidad —decía Alejandro—. Todos improvisábamos las entregas a última hora y ella aparecía con una carpeta, separadores de colores y un plan de contingencia.
—Eso no es cierto —dijo Noa.
Alejandro la miró.
—Perdona. Dos planes de contingencia.
Sofía soltó una carcajada.
—Eso sí me lo creo.
—Gracias por la confianza doméstica —dijo Noa.
—Mi amor, comparto casa con una mujer que etiqueta las cajas de herramientas por frecuencia de uso.
Maia levantó la copa para ocultar una sonrisa.
Noa la vio.
—¿Algo que añadir, Maia?
La pregunta llegó envuelta en tono amable, pero debajo había una línea más fina. Maia apoyó la copa sobre la mesa.
—Solo pensaba que la organización extrema tiene mala prensa.
—¿La estás defendiendo? —preguntó Sofía, encantada.
—La entiendo —dijo Maia—. En escena, la libertad solo funciona si hay una estructura debajo. Si no, es desorden con buena iluminación.
Valeria señaló a Maia con el tenedor.
—Eso deberías decírselo al coreógrafo mañana, pero con menos poesía y más amenaza.
—Yo puedo redactarlo —ofreció Alejandro.
—Tú no —dijeron Sofía y Valeria al mismo tiempo.
La mesa se llenó de risa.
Noa miró a Maia por encima del borde de su copa. No fue una mirada larga. Fue peor: una mirada breve, privada, nacida en medio de una conversación pública. Maia sintió el calor antes que el significado. Apretó los dedos alrededor de la servilleta y volvió hacia Sofía.
—La obra está encontrando su forma —dijo—. Se nota.
Sofía se iluminó.
—¿Tú lo sientes así?
—Sí. Hoy, en el segundo bloque, la caída dejó de parecer una prueba de resistencia. Empezó a tener una razón.
Sofía apoyó los codos en la mesa, completamente dentro de la idea.
—Eso es exactamente lo que quiero. Que el cuerpo no parezca sufriendo por sufrir. Que haya una lógica emocional.