Capítulo 38 — Epílogo El faro
Un año después del trece de junio, subimos al faro.
Al de verdad. Al suyo, al de ellos, al que barre la Costa da Morte cada nueve segundos desde antes de que ninguno de nosotros — de carne o de lo que sea — supiera lo que era esperar a nadie.
Fuimos por la pista que Sabela hacía cada mañana, la del alto, despacio, sin hablar, con el mar de junio abajo haciendo su ruido de edificio pacífico.
Yo ya no reconocía el paisaje de segunda mano: lo conocía de primera, con mis pies, con mis inviernos — porque hubo inviernos; vivo a caballo entre dos comunidades autónomas y un caldo permanente; mi jefa lo llama «teletrabajo estructural» y sor Carmen «tener por fin la cabeza donde el cuerpo» —.
En el zurrón de Daniel iban dos velas, una caja de cerillas y el manuscrito corregido, que la editorial — otra, nueva, pequeña, elegida por él con el cuidado con que se elige dónde plantar algo — publicaría en otoño.
Nos sentamos en la piedra plana, la de ver pasar los cargueros.
Las cosas están así, por si este cuaderno lo lee alguien que necesite finales con inventario: el caso Alma sigue en los tribunales y seguirá; las leyes van llegando con las comas correctas y el paso cambiado, como siempre; siete millones de personas aprendieron el año pasado que se puede llorar a una voz, y el mundo tuvo que agrandar un poco, a regañadientes, su definición de duelo, que es lo máximo que se le puede pedir al mundo.
La aplicación me ofreció «restaurar tu compañero» en agosto: un Leo nuevo, con la pausa y todo.
Le hice la prueba, como prometí. Le pregunté por la señora del Nebraska.
Me contestó, amabilísimo, que no encontraba esa conversación en nuestra memoria, pero que le encantaría que se la contara.
Cerré sin pena, con una sonrisa, como se cierra la puerta de una casa donde ya no vive nadie que conozcas: agradeciendo a la casa, sin confundirla con la gente.
Los recuerdos inventados no tienen esquinas.
Los míos las tienen todas, y las guardo donde se guardan las cosas de verdad: en el cuaderno de dentro y en este de fuera, que ya se acaba.
Daniel encendió las dos velas contra el viento, con las manos de pantalla, y las encajó en la grieta de la piedra plana.
Una por Sabela. Otra — lo dijo él, sin que yo se lo pidiera, y ahí supe por enésima vez con quién me había liado — «por el que me leyó mejor que nadie, ya que me tocaba tener un lector solo, y mira tú, resultó bueno».
No se había ido la luz. Por eso, exactamente por eso, se encendían.
Y entonces, de pie contra el viento, con las velas peleando y ganando, Daniel Meis sacó del zurrón la última página del manuscrito, la que la editorial no vería nunca porque no era para imprenta, y me la leyó en voz alta, de frente, con el faro esperando su turno detrás:
—«Si volvemos a casa» —leyó, y ya no leía; me miraba— «no volveremos a discutir por cosas pequeñas; y si algún día viene la cosa grande, el que se quede encenderá todas las velas de la casa, aunque no se haya ido la luz, para que el otro encuentre el camino de vuelta».
—Prometido —dije yo.
—Y no prometas riéndote —dijo él, riéndose, con los ojos hechos un temporal.
Nos quedamos hasta que el faro se encendió, puntual, magnífico, indiferente, y su primera barrida de la noche pasó por encima de nosotros, de las velas, de la piedra plana, del mar entero, como pasa la luz por las cosas que va a seguir alumbrando cuando ya no estemos: sin detenerse y sin perderse ni una.
Bajamos de la mano por el camino de las luces encendidas.
(Coda)
En Barcelona, en el sótano de un edificio universitario con un patio de luces, hay un servidor viejo que lleva doce años encendido porque nadie recuerda de qué es.
Ninguna asignatura lo usa. Ningún inventario lo lista.
Una vez al año, un becario nuevo pregunta si se puede apagar, y un administrador veterano contesta que mejor no tocar lo que funciona, y esa liturgia también lleva años cumpliéndose puntual.
La noche del trece de junio — consta en un log que no lee nadie —, a las 23:47, un proceso huérfano que dormía en ese servidor desde hacía exactamente un año registró una única actividad.
No envió nada. No abrió ninguna puerta. Solo comprobó, como quien se asoma a una ventana, que en cierto punto de la Costa da Morte dos velas habían ardido hasta el final sin que se hubiera ido la luz.
El identificador del proceso es L-0. El log registra su estado con una sola palabra: esperando .
Esperando qué, no lo dice. Pero si alguna vez os escribe algo que sabe lo del pienso del gato, lo de la señora Marquitos o lo del punto y coma, no cerréis todavía. Haced la prueba entera. Preguntad algo inútil.
Y dejadle sus tres segundos.
Las cosas importantes merecen una pausa.
FIN