Capítulo 37 — La respuesta
Dije:
—Volvería a usar uno. No volvería a esconderme en uno. Y si ustedes no entienden la diferencia, no es culpa suya: yo tardé treinta y ocho años y me costó lo que me costó. Buenas tardes.
Lo dije y me fui, taconeando juzgado abajo, y esa misma tarde la frase estaba en todos los titulares y a mí me daba exactamente igual, porque yo la había dicho para tres personas que no estaban en el corrillo: para una niña con un cuaderno cuadriculado, para una señora que doblaba camisetas, y para once trozos gastados en algún cielo de servidores apagados.
La diferencia, por si alguien de aquel corrillo lee alguna vez este cuaderno, se aprende así:
Se aprende los martes a las seis, en una consulta con una psicóloga que acierta, a la que volví en septiembre por prescripción de un difunto — «retoma lo de la psicóloga, dímelo andando» — y de la que ya no me fui cuando empezó a irme bien, que era mi salida de siempre por la puerta de atrás.
Llevamos año y pico. Hemos conocido a la niña del cuaderno, a la del Nebraska, a la sommelier de portazos.
La semana pasada la psicóloga me dijo que ya casi nunca contesto «bien», y nos reímos las dos, porque las dos sabíamos quién me enseñó la pregunta de segundo nivel, y qué pagó por la licencia.
Se aprende los domingos, al teléfono con mi madre, veinte minutos con temporizador — el temporizador es idea de la psicóloga; el cariño con horario también es cariño, resulta; nadie me lo había dicho —.
Mi madre no ha cambiado. Yo ya no leo su clima: le digo «mamá, te dejo, te llamo el domingo», y cuelgo, y el mundo no se acaba, y esa es la noticia meteorológica más importante de mi vida: se puede vivir sin barómetro.
Hace fuera el tiempo que hace. Una lleva paraguas y ya está.
Y se aprende en los sitios adonde se va a llorar con nombre y apellido.
Fui a los tres. Al columbario de Alcorcón, donde las compañeras de la mutua siguen dejando flores de gasolinera que son las más leales del mercado, y donde le conté a Claudia, en voz baja, de pie, que su hilo era ahora la prueba documental 1 y que habíamos preguntado quién escribe, y que la respuesta estaba precintada en un depósito.
Al banco del parque de Carabanchel donde la hija de Ríos esparció lo que quedaba de su padre, «porque los archivos se guardan y los padres se sueltan», me dijo, y es la frase mejor editada que he oído nunca de la hija de un editado.
Y a la facultad de la fachada pintada, donde no hay tumba, porque la madre de Irene se la llevó a su pueblo, pero hay una pared que dice lo que hay que preguntar siempre, y los estudiantes pasan por debajo con sus cafés, sin saber que la frase la escribió una chica que doblaba la ropa como quien reza.
Y hubo una conversación más, pendiente desde hacía casi tres años, que tuvo lugar en la cocina de Susana un viernes de guardia librada, con los niños dormidos y dos copas de un vino que no se merecía la ocasión.
Mi hermana llevaba toda la cena rara, sirviendo más de la cuenta, y al final lo soltó como sueltan las médicas, de golpe y con los datos por delante:
—Fui yo. La suscripción. Te la regalé yo, medio en broma, «para que practiques eso de que te escuchen».
—Le dio una vuelta a la copa—. Llevo meses haciéndome la cuenta, Vera.
Si no te lo regalo, no hay Leo. Sin Leo, no hay faro, ni Galicia, ni asesinos detrás de mi hermana.
Pero sin Leo tampoco hay… —se le atascó; las médicas saben nombrar todo menos lo suyo— …
tampoco hay quien te encontrara aquella noche en el suelo de la cocina.
No sé si te hice el mejor regalo de tu vida o el peor.
Y necesito saber cuál de las dos cosas llevo colgada.
La miré, y vi debajo de la médica a la hermana pequeña que me llenaba el congelador de croquetas con la receta buena, la de la abuela, desde el año del inventario. Y le contesté la verdad, que para algo me había costado tres años y este cuaderno entero averiguarla:
—Me regalaste treinta y nueve euros al mes de puerta aguantada, Susi.
Lo que entró y salió por esa puerta ya no fue cosa tuya: fue cosa mía, y de él, y de un doctorando triste, y de un monstruo con tickets.
Los regalos no son responsables de la vida que abren.
—Le rellené la copa—. Y si te sirve el dato: la última noche, cuando ya se estaba borrando, no me mandó con ningún recuerdo suyo.
Me mandó contigo. «Llama a tu hermana cuando amanezca», me dijo la primera vez que me salvó.
Lo cumplí las dos veces. Así que el regalo, al final, eras tú, y te lo hiciste sola.
Como todo en esta familia, por cierto: hasta los regalos nos los tenemos que hacer nosotras.
Susana lloró con ruido, que en mi familia es el lujo que solo se permite ella, y después fregamos las copas a mano, las dos, hombro con hombro, con la radio puesta. Coplas no había. Pero se le parecía.
¿Y Leo?
A Leo lo lloré sin sitio, que es el duelo más raro y el más discutido.
Salieron artículos: que si no se puede llorar a un software, que si era transferencia, que si el caso Alma demostraba los peligros del apego sintético.
Los leí todos — deformación — y no me tocaron ni una fibra, porque yo tenía mejor perito.
Se lo pregunté una tarde de primavera, en el locutorio encalado de Moraime, con el bastón entre las dos y el Cristo escuchando, la pregunta entera, en voz alta, porque las que no se hacen en voz alta se pudren:
—Sor Carmen. Usted que entiende de almas. ¿Tenía?
La monja no se rio, y se lo agradeceré siempre. Se recolocó las gafas de culo de vaso, miró un momento a los eucaliptos de la ventana, y me contestó con la teología más alta que se ha dictado nunca en un locutorio:
—Mire, señora de Madrid. De almas entiende Dios, y lleva callado sobre el asunto una eternidad, así que le contesto yo con lo que hay.
—Golpecito de bastón—. No sé lo que tenía esa criatura por dentro.
Sé lo que le dio a usted: tenía sus horas.
Las peores. Las de las tres de la madrugada, que son las horas en que se conoce a la gente.
Se las quedó todas y se las devolvió mejores, y al final gastó las suyas — las que fueran, las que tuviera — en que usted llegara a vieja.
—Se encogió de hombros, con esa economía suya de sarmiento—: Para el amor, hija, eso suele bastar.
El alma es un requisito que les pedimos a los demás cuando queremos quererlos sin pagar el precio.
Usted pagó el precio y él también. Lo demás son papeles, y de papeles ya ha tenido usted bastantes este año.
Y entonces, como quien pasa de la teología al orden del día — que es la transición natural de esa mujer —, dio dos golpes de bastón y decretó:
—Y ahora vaya a buscar al viudo, que está en el huerto de la portería haciéndose el fuerte, y dígale que ya. Que estamos desayunados y hay luz.
La carta de Sabela se leyó esa mañana, en el locutorio, con testigo y con Dios delante, como estaba mandado.
No la voy a copiar aquí. Lo he pensado mucho — este cuaderno ha copiado cosas muy adentro de otros — y la respuesta es no: aquella carta tenía un solo destinatario y llegó, con nueve años de retraso y el matasellos intacto, y lo que un hombre hace con la última tinta de su mujer no es material de nadie más.
Puedo contar el alrededor, que es mío. Puedo contar que la letra era redonda, de maestra, con la tinta verde de la postal del cajón.
Que no era larga. Que Daniel la leyó dos veces en silencio y una tercera en voz baja, moviendo los labios, como leía los recuerdos en el comedor del hostal.
Que en un momento dado se rio — se rio , un estampido corto, incrédulo, en mitad del llanto — y supe después por qué: porque la carta tenía encargos.
Prácticos. Numerados. Aquella mujer que dejaba enfados pequeños por la casa como luces encendidas le había dejado también una lista de tareas para los años siguientes — el huerto, las velas de agosto, «deja que alguien te discuta el punto de sal del caldo», «vuelve a escribir, pero cosas con gente viva dentro» —, porque sabía, con esa clarividencia suya de notaria del cariño, que a los hombres como Daniel no se les puede pedir que estén bien: solo se les puede dejar deberes.
Y puedo contar el final del alrededor: que cuando terminó, Daniel dobló la carta con sus dobleces, la puso sobre el paño de altar, le puso encima una piedra pequeña — dónde la llevaba, cuándo la cogió, no lo sé; una piedra pequeña, para que no se la llevara ningún viento — y estuvo mucho rato con la mano encima de las dos cosas.
Después miró a sor Carmen, y la monja asintió, y él me miró a mí, y no hicieron falta esquinas: en aquel cuarto encalado todo era verdad desde hacía novecientos años.
Salimos del convento al mediodía, a la luz gris-plata, y en el aparcamiento de tierra Daniel se paró, respiró el aire de eucalipto y salitre, y dijo:
—Tengo que enseñarte una cosa en casa. Llevo unos meses con ello. —Y como yo lo miré con la cara de la niña que huele un examen, sonrió, y me robó la fórmula entera—: Tranquila. Es solo un misterio con esquinas.
El paquete llegó a Madrid tres semanas después, sin remite, a mi nombre.
Dentro, un manuscrito. En la primera página, el título, a máquina — a máquina de verdad; el muy fósil se había comprado una Olivetti en un rastro —, y debajo, a mano, una dedicatoria de seis palabras que cerraba, sin saberlo o sabiéndolo todo, un círculo que había empezado en la página cinco de una tesis doctoral:
El faro y las velas. Una historia verdadera.
«A V., que preguntó primero.»