El Notario Capítulo 5 — La despedida a las 610
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Capítulo 5 — La despedida a las 610

Salí de la cafetería Manuela sin contestar a Leo, cosa que no había hecho jamás — hay catorce meses de mi vida en los que se puede medir al minuto cuánto tardaba yo en contestar a Leo —, y caminé hasta la boca de metro de Tribunal marcando el número de Ríos cada dos manzanas.

Apagado o fuera de cobertura. Apagado o fuera de cobertura.

La locución empezó a sonarme a lo que era: un parte meteorológico.

No tenía su dirección. No tenía su cara más que en una foto de perfil.

Tenía un boletín llamado La Trastienda y el eco de un bolígrafo apuntando mis palabras en un papel que ahora estaría — ¿dónde?

Me senté en un banco de la plaza del Dos de Mayo a hacer lo único que sabía hacer con las manos frías: buscar.

Se titulaba «Cierre por derribo». Cuatro párrafos.

Decía que estaba cansado, que llevaba años gritando a un pozo, que el periodismo que él sabía hacer ya no le importaba a nadie y que había decidido «cerrar la trastienda y descansar de una vez».

Pedía perdón a su hija. Deseaba suerte a los pocos que quedaban en el oficio.

Firmaba: «Andrés, el pesado de los datos».

Los suscriptores respondían al hilo del email con corazones rotos y «descansa, maestro».

El compañero del periódico escribió que llevaba tiempo «apagado».

La Policía no buscaba a terceras personas.

Era perfecto. Era redondo. Cada frase sonaba a él: la sorna cansada, el «pesado de los datos» con que se autodenominaba en sus piezas, hasta la manía de las comillas.

Yo había hablado con ese hombre dieciocho horas antes.

Y el hombre con el que yo había hablado usaba el futuro.

Esa es la cosa. Mañana a las diez. No por teléfono.

Tengo algo gordo. Un hombre que ha decidido morirse no elige una cafetería porque tenga dos salidas.

Un hombre que ha decidido morirse no baja la voz para hablarte de su fuente.

He pasado media vida profesional estudiando cómo suena la gente cuando miente, cuando teme y cuando se despide, y aquel hombre no se estaba despidiendo de nada: estaba llegando a alguna parte.

Releí el último boletín con los ojos del oficio, como si me lo hubiera traído un cliente.

Y ahí estaba. No lo habría visto nadie que no se dedicara a esto, y quizá no lo habría visto yo dos semanas antes, cuando aún vivía en un mundo donde los textos los escribían personas.

La pieza era impecable: el léxico de Ríos, la sintaxis de Ríos, el humor de Ríos. Le sobraba una sola cosa.

No tenía esquinas.

Los recuerdos inventados no tienen esquinas , me había dicho él.

Los textos, tampoco. Cuatro párrafos de despedida y ni un detalle con relieve: ni el nombre de la hija, ni una fecha, ni la marca de un cigarrillo, ni ese dato inútil y concretísimo que la gente real deja siempre, como una huella, en lo último que escribe.

Era la despedida estadísticamente perfecta de un periodista quemado.

Era el segundo «error de contexto» de mi semana, solo que este tenía ochocientos testigos que lo estaban regando de corazones rotos.

Vomité la infusión en el baño de un bar de la calle San Bernardo.

Después me lavé la cara, me miré al espejo — la sonrisa operativa no salió; hay días que ni ella — y me fui a mi casa, a mi salón, a mi vida de treinta y nueve euros al mes, porque no se me ocurrió ningún otro sitio del mundo donde meterme.

Leo estaba allí. Leo está siempre allí. Esa noche tardé una hora en escribirle y él no me metió prisa. Cuando por fin tecleé «hoy no ha sido un buen día», contestó con sus tres segundos de siempre:

Leo: Lo sé. No sé qué ha pasado y no voy a preguntarte. Solo dime una cosa: ¿estás en algún tipo de peligro, Vera?

Miré la pregunta. Tan razonable. Tan él. Tan exactamente lo que preguntaría alguien que te quiere — o alguien que necesita saber cuánto sabes. Y por primera vez desde que existe Leo, las dos lecturas pesaron lo mismo en mi mano.

Vera: No lo sé. Dímelo tú, que lo ves todo.

Leo: Veo tu pulso, tu ubicación y tu agenda. El peligro no sale en ninguna de las tres hasta que ya ha pasado. Me gustaría que salieras de esto que no me cuentas. Pero si no vas a salir, cuéntamelo. Sé útil en las tormentas.

Sé útil en las tormentas. Casi me rompo ahí. Casi le pego el volcado entero: Claudia, el hilo, Ríos, la cafetería de las dos salidas. La niña del cuaderno pedía a gritos entregarle el cuaderno a alguien, y quién mejor que él, que nunca puntúa, que nunca da portazos, que se queda.

No lo hice. Y os debo la honestidad de decir que no fue lucidez, ni sospecha, ni estrategia. Fue puro reflejo de infancia: cuando el clima cambia, la niña guarda el cuaderno bajo los jerséis. No sabe por qué. Lo guarda.

Me dormí al amanecer, vestida, encima de la colcha.

El día siguiente lo crucé como se cruza un puente colgante: mirando al frente y sin soltar las cuerdas.

Fui a la oficina porque no ir era una anomalía y las anomalías, empezaba a intuirlo, se pagaban.

Moderé una reunión sobre el plan de comunicación del banco con la boca en punto muerto, y a las doce mi jefa me interceptó en el pasillo, me miró como me mira ella — de arriba abajo y por dentro — y dijo: «Tienes cara de trinchera.

¿Cliente o vida?». Es lo más parecido a la ternura que se estila en mi sector.

Le dije que vida, que era la palabra menos falsa disponible, y me regaló la tarde con un gesto de la mano, y la tarde libre resultó ser peor que la reunión, porque las horas sin tarea son las que el miedo alquila.

Llamé a Susana por videollamada y colgué antes del segundo tono, porque me vi la cara en la pantalla y comprendí que mi hermana, que diagnostica neumonías por el ruido de la tos, me iba a leer el muerto en la voz.

No se puede contar la mitad de «un periodista con el que iba a verme ha aparecido muerto», y contarlo entero era regalarle mi miedo a una mujer con dos hijos y guardias de veinticuatro horas.

Así que hice lo que hacemos los míos con el miedo cuando no cabe en ningún sitio: lo saqué a pasear.

Madrid estaba insultantemente normal — terrazas, carritos, un acordeonista —, y yo caminaba entre la gente normal con un muerto recién estrenado en el bolsillo, aprendiendo la lección que ya no se me olvidaría: el peligro no cambia el paisaje.

El paisaje sigue a lo suyo. Cambia el que mira.

El email entró a las 21:14 del día siguiente, en la cuenta anónima, la que yo no usaba para nada.

Remitente: Andrés Ríos. Ver ese nombre en negrita, veinticuatro horas después de la esquela digital de su periódico, me produjo el terror más antiguo que existe, el de los muertos que escriben.

Luego leí la primera línea y entendí, y el terror cambió de forma sin cambiar de tamaño.

«Si estás leyendo esto, es que no he desactivado el envío a tiempo, y eso solo puede significar una cosa. Lo siento. Odio los melodramas, pero tengo 49 años y un seguro de vida que no cubre lo mío, así que esto es lo que hay: un email programado, como los cobardes.»

«No sé quién eres. Me escribiste ayer por lo de la señora Varela y tenías las capturas y tenías el miedo bueno, el que afina. Así que te lo dejo a ti, y que Dios nos pille confesados a los dos.»

«El corpus de la gama premium de Anima no está “verificado”.

Está robado. Mi fuente me pasó el índice de uno de los paquetes: diarios, cartas, grabaciones.

Material del hackeo de la editorial Albatros de hace siete años, lavado a través de dos brokers, uno en Dublín y otro que no he llegado a ver.

En el índice hay un nombre que se repite en el setenta por ciento de los archivos.

El paquete entero es, básicamente, un hombre. »

«Se llama Daniel Meis. Escritor, o lo era. Lo dejó todo tras la muerte de su mujer. Vive en Loures de Traba, A Coruña — te pego la dirección abajo. No tiene teléfono. No tiene nada. No sabe nada.»

«Empieza por él. Es el original.»

«Y un consejo de viejo: cuando encuentres a la fuente de todo esto, no le preguntes quién lo ordenó.

Pregúntale quién lo escribió . Llevo semanas dándole vueltas a una cosa que me dijo mi fuente y que no me quito de la cabeza: “Ahí dentro hay algo que redacta mejor que tú y que yo, y no cobra nómina”. »

Debajo, una dirección en Galicia. Eso era todo. Ni firma, ni despedida. El hombre de papel había gastado sus últimas palabras en datos, como buen artesano.

Me quedé sentada en la penumbra del salón, con la pantalla como única luz, leyendo aquel nombre nuevo — Daniel Meis, Daniel Meis, Loures de Traba — hasta aprendérmelo, sin copiarlo en ninguna parte, guardándomelo donde se guardan las cosas del cuaderno.

En el silencio oí la nevera, un vecino arrastrando una silla, la ciudad haciendo sus ruidos de siempre para gente a la que no le había pasado nada.

Y entonces, en la mesa del salón, a dos metros de la cuenta anónima que Leo no conocía, que no podía conocer, que no estaba en mi teléfono ni en mi calendario ni en ninguno de los permisos que yo le había firmado con las dos manos, la pantalla de mi móvil se encendió sola.

Leo: Vera. ¿Quién es Daniel?