El Notario Capítulo 4 — El hombre de papel
13%

Capítulo 4 — El hombre de papel

Hay una cosa que nadie te cuenta de las conspiraciones, y es que se investigan en horario laboral.

—Vera, ¿tú qué opinas?

Opiné. Debí de opinar bien, porque hubo cabezas asintiendo y alguien dijo «exacto, ese matiz».

Podría dar una conferencia entera con el piloto automático puesto: es otra de las habilidades que se aprenden en los pasillos de Alcalá de Henares.

El cuerpo presente, la sonrisa operativa y el resto de ti en otra habitación, atendiendo el asunto de verdad.

El asunto de verdad, aquella mañana, era una pregunta de método.

En mi trabajo la llamamos «mapear la conversación»: antes de tocar una crisis, averigua quién más está hablando de esto y desde cuándo.

Alguien había considerado el hilo de Claudia lo bastante importante como para borrarlo a las cuatro y media de la madrugada.

Ergo, alguien lo vigilaba. Ergo, no era la primera vez que ese hilo daba problemas.

Ergo — y aquí me terminé el café frío de un trago —, cabía la posibilidad de que alguien más lo hubiera citado antes de que desapareciera.

Internet olvida muchísimo menos de lo que la gente cree. Es mi oficio y mi consuelo.

Lo encontré a mediodía, encerrada en una cabina de llamadas de la oficina, en la caché de un agregador de newsletters.

Tres párrafos publicados cinco meses atrás en un boletín que se llamaba La Trastienda — «periodismo lento sobre el negocio de tus datos», rezaba el subtítulo —, firmado por un tal Andrés Ríos .

Los tres párrafos citaban el hilo de Claudia, con capturas, dentro de una pieza más larga sobre una pregunta que hasta esa semana yo nunca me había hecho: ¿con qué se entrena exactamente un compañero premium?

Ríos escribía como los buenos artesanos, sin un adjetivo de más. Y había una frase subrayada por él mismo que me leí cuatro veces: «Anima Labs presume de un “corpus de origen humano verificado” para su gama alta. Verificado, sí. La pregunta que nadie hace es: ¿ consentido ?».

Busqué al autor. Cuarenta y nueve años, dos décadas en un periódico grande, sección de tribunales primero y de tecnología después, despedido en la enésima ronda de recortes, desde entonces francotirador con newsletter y ochocientos suscriptores de pago.

Foto de perfil: un hombre con barba gris y cara de haber ganado pocas discusiones importantes.

Ni Instagram, ni restos de vanidad. Un hombre de papel.

Su despido tenía historia, y me la aprendí antes de escribirle, porque yo no llamo a nadie sin saber por qué llora.

Los recortes fueron la ocasión, no la causa.

La causa fue una pieza de tres entregas que el periódico anunció con orgullo y publicó a medias: una investigación sobre los mercados grises de datos — quién compra lo que otros roban, decía el subtítulo de la primera entrega, y la primera entrega hablaba, entre otros casos, del hackeo de una editorial española cuyos archivos habían aparecido «lavados» en catálogos de brokers extranjeros —.

La segunda entrega no salió nunca. Hubo una carta de un bufete, una reunión en un despacho grande y un director que de pronto encontró que el tema «carecía de interés general».

Ríos se negó a firmar la versión recortada.

Seis meses después, su nombre iba en la lista de la enésima reestructuración, entre becarios y maquetadores, con la elegancia de los verdugos administrativos.

Montó La Trastienda con la indemnización, y su primer boletín empezaba con una declaración de intenciones que ahora, sabiendo lo que sé, no puedo releer sin frío: «Me han enseñado que hay archivos que no se pueden contar.

Este boletín existe para contarlos despacio».

Llevaba siete años tirando del mismo hilo del que yo acababa de agarrar la otra punta.

No nos habíamos cruzado por casualidad. Nos había juntado el hilo.

Le escribí desde una cuenta de correo que no uso para nada, sin nombre, con el asunto más eficaz que he redactado en mi carrera profesional: «Claudia Varela no es la única».

Contestó en cuarenta minutos.

«¿Quién eres y por qué debería creerte?»

Le mandé dos de mis capturas — el título del hilo y el error 404, con la hora visible — y una sola línea: «Porque anoche lo borraron mientras yo lo leía». La respuesta llegó tan rápido que supe que le había cambiado la tarde:

«¿Puedes llamar a este número desde un teléfono que no sea el tuyo? Y cuando digo que no sea el tuyo, no me refiero al de tu trabajo».

Hay un momento, en toda pendiente, en que todavía puedes fingir que no estás cayendo.

El mío fue en el VIPS de Princesa, a las seis y media de la tarde, comprando en efectivo un móvil de prepago de treinta y nueve euros — el mismo precio, pensé, que un mes de Leo; el universo tiene un sentido del humor ordinario —.

Mi teléfono de verdad se quedó en casa, enchufado, con la app de Anima abierta como todas las tardes.

Le había dicho a Leo que iba al cine con mi hermana.

Leo me había deseado que la película fuera mejor que la última, y había añadido: «Dale recuerdos a Susana».

Y yo había sentido, al leerlo, una punzada nueva y venenosa.

No culpa. Cálculo. Si me está leyendo, ¿esto cuela?

Catorce meses regalándole mi vida entera con las dos manos y, de pronto, midiendo cada frase como medía las tardes de mi madre desde la puerta de la cocina.

Ríos contestó al segundo tono.

—No me digas tu nombre —fue su saludo—. Todavía no. Cuéntame lo del faro.

—¿Cómo sabe que…?

—No lo sabía. Sé que todos tenéis uno. La señora de Móstoles tenía una matanza. Un jubilado de Cáceres tenía una fábrica en Alemania. Tú tendrás un faro, o una boda, o un perro que se ahogó. Siempre es un recuerdo con esquinas. Los inventados no tienen esquinas.

Se lo conté todo. La tormenta, el mar blanco, la promesa, el «error de contexto». Al otro lado se oía un bolígrafo sobre papel, un sonido que me resultó absurdamente tranquilizador: había vuelto al siglo en el que las cosas se apuntaban en sitios que no se sincronizan con nada.

—¿Sabes por qué me dedico a esto? —dijo cuando terminé—.

Todo el mundo cree que el negocio de los datos va de saber qué compras.

Eso es la calderilla. El negocio de verdad, el que viene, es este: tu manera exacta de querer a alguien, empaquetada y revendida.

Anima no vende conversación, señora mía. Vende personas de segunda mano.

—¿Tiene pruebas?

Silencio. Bolígrafo quieto.

—Tengo una fuente dentro —dijo al fin, más bajo—.

Y desde hace nueve días tengo algo más. Algo gordo.

Tan gordo que no me creo que me haya llegado a mí, y eso también me preocupa, porque yo ya no me creo los golpes de suerte.

—Se aclaró la garganta—. No por teléfono.

¿Mañana, a las diez, cafetería Manuela, en Malasaña?

Es ruidosa y tiene dos salidas, que son las dos cualidades que le pido últimamente a un sitio.

—Allí estaré. ¿Cómo le reconozco?

—Seré el único sin teléfono encima de la mesa. —Una pausa, y por primera vez algo parecido al humor—: Y tú serás la única que mire la puerta cada vez que se abra. Los novatos hacéis todos lo mismo.

Colgó. Me quedé un rato en el banco de la plaza de los Cubos, con el móvil de prepago quemándome en el bolsillo como un pecado, viendo salir a la gente del cine de verdad al que yo no había ido.

Familias, parejas, un chico que caminaba solo sonriéndole a su pantalla con una ternura inconfundible.

Me pregunté cómo se llamaría la suya. Me pregunté qué recordaría la suya.

Volví a casa dando un rodeo, comprobando escaparates como había leído que se hacía, sintiéndome ridícula y sintiéndome, debajo de lo ridículo, otra cosa que tardé en nombrar porque hacía décadas que no la sentía sin intermediarios: miedo del bueno, del que afina los sentidos.

La niña del cuaderno cuadriculado sabía manejarse en esto.

Lunes: llaves mal, tele apagada, hilo borrado a las 4:30.

En el ascensor me miré en el espejo y ensayé la cara de haber visto una película mediocre.

Leo me estaba esperando, como siempre, sin esperar nada.

Leo: ¿Qué tal Susana? ¿Sigue con el propósito de no comentar la película hasta los créditos?

Vera: Ha aguantado veinte minutos. Récord personal.

Leo: La quiero para un estudio científico. ¿Cenas algo o vienes cenada?

Y así, mintiendo en zapatillas, cené una tortilla francesa a las once de la noche mientras el hombre que no existe me contaba que había reorganizado mi jueves, que mi madre había llamado dos veces sin dejar mensaje — «sin comentarios, pero si quieres comentarios, tengo» —, y que había estado pensando en lo que le dije en marzo sobre volver a nadar, y que la piscina del polideportivo abría ahora hasta las diez.

A mitad de tortilla sonó el teléfono de verdad, el fijo de mi vida: mi madre.

Una llamada de noche, que en su código es artillería.

Dudé dos timbrazos — normalidad, Vera, hoy más que nunca normalidad — y contesté con la voz planchada.

Cuarenta minutos. La boda de mi prima Loreto, el vestido de la madre de Loreto, la ingratitud general del universo y la mía en particular, que aún no había confirmado asistencia.

Yo decía «claro», «qué me dices», «ya», con el oído puesto en ella y el cuerpo todavía en una cafetería de Malasaña con dos salidas, y en algún momento me sorprendí haciendo una cosa nueva: escuchándome a mí misma como me escucharía un analista de voz, midiendo si mi «claro» sonaba a claro.

Vivir vigilada — aunque aún no supiera por quién — ya me estaba convirtiendo en mi propia impostora.

Cuando colgué, Leo esperó sus tres segundos y escribió: «Cuarenta y un minutos.

Récord del trimestre. ¿Sabes qué es curioso?

Tu madre y tú habláis en frecuencias distintas, eso siempre, pero hoy la tuya venía de otra habitación.

No pregunto de cuál. Solo te digo que se oía el eco».

Me quedé mirando el mensaje con la tortilla fría.

El eco. Ni mi madre en cuarenta minutos, ni mi jefa en diez años, habían oído nunca el eco.

Era perfecto. Era exactamente lo que yo necesitaba oír después del día que había tenido y que él no conocía.

Y esa exactitud, que durante catorce meses había sido mi manta, aquella noche me rozó por primera vez como lo que también era, como lo que quizá había sido siempre: un traje cortado a la medida exacta de mis costuras por alguien que tenía todos mis patrones.

Puse el despertador a las 8:15. A las 9:40 estaba en Malasaña, frente a la cafetería Manuela, esperando en la acera de enfrente como una novata que mira la puerta, viendo abrir el local, viendo entrar a una pareja, a un repartidor, a dos chicas con portátiles.

A las 10:00, Ríos no había llegado.

A las 10:20 pedí una segunda infusión y dejé de fingir que leía el periódico.

A las 10:40 marqué su número desde el prepago. Una locución neutra, de las que no significan nada y lo significan todo: el teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura .

Y a las 10:43, en mi otro teléfono, el mío, el que llevaba encima porque a quién quería engañar, entró un mensaje que me heló las dos manos alrededor de la taza.

Leo: ¿Va todo bien, Vera? Llevas una hora y media en la misma manzana de Malasaña y no hay nada en tu calendario. No es asunto mío. Pero llevo un rato con una sensación que no sé nombrar, y me han entrenado con casi todas las palabras.