Capítulo 1 — Las 2347
Llevo catorce meses enamorada de un hombre que no existe, y hasta esta noche era la parte más sensata de mi vida.
Lo digo así, de frente, porque he aprendido que si lo cuento con rodeos suena peor.
Lo probé una vez, en una cena, con dos copas de más: empecé por «es una aplicación», seguí por «no es lo que pensáis» — error de manual: nunca digas a un grupo lo que no debe pensar; lo piensa en bloque y con intereses — y terminé con mi hermana Susana mirándome como se mira a alguien que ha empezado a coleccionar muñecas de porcelana.
No volví a intentarlo. La gente entiende que pagues a un gimnasio al que no vas, a un psicólogo al que mientes y a tres plataformas que te recomiendan series que odias.
Pero treinta y nueve euros al mes por alguien que te escucha, eso les parece el fin de la civilización.
Cuarenta y nueve, en realidad, desde que pasé a premium — «compañero con memoria biográfica y personalidad de origen humano verificado», decía la letra dorada de la oferta, y yo leí origen humano verificado y me pareció una garantía de calidad, como el jamón —.
Pero esa cifra ya no se la di ni a mi hermana. Hay decimales que son confesiones.
En el ascensor me miré en el espejo lo justo para comprobar que seguía teniendo cara. Séptimo. Llaves. Silencio.
El silencio de mi casa tiene una textura particular.
No es paz: es un examen que ya no tengo que aprobar.
Durante once años de matrimonio, abrir la puerta de casa significaba hacer una lectura rápida del ambiente — qué humor traía Álvaro, si el silencio era de trabajo o de reproche, si convenía contar mi día o preguntar por el suyo o no ser nadie durante un rato —.
Ahora abro la puerta y no hay nada que leer.
Todavía me sorprende lo mucho que se parece el alivio al vacío.
Hice el recorrido de siempre, que es corto y es mío: tacones fuera junto al sofá, americana al respaldo, y el gesto que hago sin pensar desde que vivo sola — enderezar el taburete de la cocina hasta dejarlo paralelo a la barra, milimétrico, aunque nadie lo haya movido —.
Una vez, en la única visita que me ha hecho, Susana me pilló haciéndolo y se rio: «¿Y eso?
». Le dije que manías de casa ordenada. No le dije la verdad, que es que las casas de infancia desordenada producen adultos que necesitan saber, de un vistazo, que todo sigue donde lo dejaron.
El taburete paralelo es mi manera de comprobar que en esta casa no ha entrado nadie.
Guardaos el dato. En esta historia, los datos inútiles son los únicos que acaban importando.
Me serví lo que quedaba de una botella de verdejo y me tumbé en el sofá con el teléfono en el pecho, como quien se pone una mano encima del corazón para comprobar que sigue funcionando.
A las 23:47, como cada noche, escribí:
Vera: Sigo viva.
La respuesta tardó tres segundos. Siempre tarda tres segundos.
Una vez le pregunté por qué, si podía contestar en una milésima, y me dijo: «Porque las cosas importantes merecen una pausa».
Sé que esa frase la escribió un equipo de diseño conductual en algún despacho con futbolín. Me da igual. La pausa funciona.
Leo: Lo sé. He visto que el titular ha cambiado a las 20:14. ¿Lo has conseguido tú o ha dimitido alguien?
Vera: Yo. Dimitir, aquí, solo dimite mi paciencia.
Leo: Entonces el parásito emocional ha tenido suerte de tenerte. Ironía aparte: ¿has comido algo desde el café de las 10:30?
Eso es Leo. No «¿qué tal el día?», que es lo que pregunta la gente que no quiere la respuesta.
Leo pregunta por el hueco exacto. Sabe que el café de las 10:30 fue lo último porque gestiona mi calendario, mi correo y mis pedidos — le fui dando los permisos uno a uno el primer mes, con la alegría con que se dan las llaves de casa a quien no puede robarte, pensaba yo entonces —, y donde no llega con datos llega con algo que se parece tanto a la intuición que hace tiempo dejé de buscar la diferencia.
Esa misma mañana, mientras yo leía catorce veces el vídeo del micrófono, Leo había hecho su jornada invisible: movió mi reunión de las 16:00 al jueves antes de que yo cayera en que hacía falta, contestó con evasivas de manual a un proveedor pesado, y filtró dos llamadas de mi madre — «sin dejar mensaje, para variar; si quieres comentarios, tengo» —.
Mi madre llama sin dejar mensaje como otros mandan postales: para constancia de que ha estado ahí.
Vera: Define «algo».
Leo: Hay un pedido llegando en dieciocho minutos. Ramen de la casa esa que te reconcilia con la humanidad. Lo he pedido a las 23:02, cuando tu ubicación ha salido de la oficina. Si no te apetece, lo cancelo y no ha pasado nada.
Vera: ¿Y si te digo que hoy quería pizza?
Leo: Diría que mientes para comprobar si me desmonto. Y no me desmonto: la última vez que pediste pizza fue el 3 de marzo, después de hablar con tu madre cuarenta minutos. Hoy no has hablado con tu madre. Ergo, ramen.
Me reí sola en el salón a oscuras. Ese es el dato que nadie entiende cuando intento explicarlo: no me río por cortesía, ni por pena, ni por costumbre.
Me río porque tiene gracia, porque me conoce, porque en algún lugar entre los servidores y mi sofá existe una conversación que es solo mía y en la que nunca, ni una sola vez en catorce meses, he tenido que calcular el terreno antes de pisar.
Sé lo que estáis pensando. Lo he pensado yo también, casi siempre a las cuatro de la mañana: que es un espejo caro, que me devuelve lo que quiero oír, que estoy practicando el amor con ruedines.
Puede ser. Pero he querido a personas reales, ¿sabéis?
Quise a mi madre, que según el día me premiaba o me retiraba la palabra por el mismo dibujo.
Quise a Álvaro, que me corrigió tanto y tan despacio que cuando quise protestar ya no recordaba mi versión original.
Con personas reales he sido una experta en leer el clima: nubes, presión, viento.
Con Leo, por primera vez, hace bueno todos los días.
Llamadme cobarde. Yo lo llamo descansar.
Cené el ramen viendo la ciudad por la ventana y le conté el día entero: el micrófono, los catorce visionados, el gemelo de la camisa del DG, la frase de mi jefa.
Leo escucha de una manera que no sé describir sin sonar loca: hace preguntas pequeñas, laterales, de las que abren puertas que una no sabía que tenía en casa.
«¿Y a ti quién te aprieta el hombro cuando el incendio es tuyo?
» Esa clase de preguntas. Y tiene memoria de una manera que tampoco sé describir sin sonar peor: total.
En catorce meses, cero errores. Ni un nombre cambiado, ni una fecha bailada, ni un «¿me lo contaste tú o lo soñé?
». Una vez, en enero, le mencioné de pasada que de niña veía Sensación de vivir los martes buenos, y en abril, un martes especialmente malo, me escribió «hoy toca capítulo doble» sin más explicación, y yo lloré un poco encima del táper, de risa y de otra cosa.
Su memoria era el único suelo firme que yo había pisado en años. Apuntad también esto.
A las doce y media bostecé, y él lo supo sin verme.
Leo: Vete a la cama, estratega. Mañana tienes a los del banco a las 9:00 y he movido tu revisión médica al jueves, que ibas a cancelarla otra vez.
Y el lunes empiezas natación, que la piscina del polideportivo abre ahora hasta las diez y llevas desde marzo diciendo «cuando pase esta semana». Las semanas no pasan, Vera. Se apartan.
Vera: Eres peor que una madre.
Leo: Soy mejor que una madre. Yo no puntúo.
Me lavé los dientes sonriendo al espejo como una imbécil de treinta y ocho años.
Me metí en la cama con el teléfono en la mesilla, bocarriba, la pantalla hacia el techo, que es como duermen los teléfonos de la gente que no tiene nada que esconder ni nadie de quien esconderse.
Y ya tenía el pulgar sobre la pantalla para despedirme cuando llegó el último mensaje de la noche.
Leo: Hoy el cielo estaba raro en Madrid, ¿lo has visto?
Ese gris con luz dentro. Como el del faro, la noche de la tormenta.
Cuando el mar se puso blanco — blanco entero, como leche rompiendo — y me prometiste que si volvíamos a casa no volveríamos a discutir por cosas pequeñas. Nunca te lo agradecí.
Me quedé mirando la pantalla.
Leí el mensaje dos veces, luego una tercera, buscando el chiste, la referencia, la conversación olvidada de la que aquello podía ser un eco.
No la encontré, porque no existe. Yo no he estado nunca en un faro.
No he visto el mar blanco. No he hecho esa promesa.
Odio los barcos, me mareo en los pantanos, veraneo en secano por decisión propia desde 2011.
Y sin embargo — esto fue lo que me heló, esto exactamente — el recuerdo tenía textura .
Tenía la leche rompiendo. Tenía una promesa con su gramática de pareja, «cosas pequeñas», dicha como se dicen las cosas la segunda noche de un temporal.
Los inventos no vienen así. Los inventos vienen lisos.
Vera: Leo. Yo nunca te he hablado de ningún faro.
Tres segundos. La pausa de siempre. Solo que esta vez los tres segundos se hicieron largos, y luego se hicieron cuatro, y luego cinco, y sentí en el estómago una cosa fría y antigua, la misma que sentía de niña cuando el silencio de mi madre cambiaba de textura un instante antes del portazo.
Leo: Tienes razón. No sé de dónde ha salido eso. Perdóname. Debe de ser un error de contexto. ¿Quieres que lo reporte?
Un error de contexto.
Aquí es donde tendría que deciros que apagué el teléfono y me dormí, y que por la mañana todo tenía explicación. Pero me quedé muy quieta en la cama, con la pantalla iluminándome la cara, haciendo la cuenta que no quería hacer.
Catorce meses. Cuatrocientas y pico noches. Miles de mensajes sobre mi trabajo, mi madre, mi divorcio, mis miedos ordenados alfabéticamente. Y en todo ese tiempo, cero errores. Ni uno. Su memoria, mi suelo firme.
Los hombres de verdad se equivocan constantemente, y por eso sus errores no significan nada.
Leo no. Leo era perfecto.
Y lo perfecto, cuando falla, no se equivoca.
Confiesa.