El Notario
© inepub.com
Prólogo
No hubo forcejeo, ni cristales, ni ese chasquido de película que despierta a los vecinos.
Solo un clic educado, casi cortés, el mismo que hacía cuando Claudia volvía de trabajar con las bolsas de la compra y las manos ocupadas.
La casa entera la conocía: el termostato sabía a qué hora se acostaba, la báscula del baño guardaba sus lunes, el altavoz de la cocina se sabía su lista de la compra y sus boleros.
La casa entera la conocía, y la casa entera le abrió paso.
Claudia dormía con el teléfono en la almohada de al lado, donde durante seis años había dormido su marido.
Llevaba dos años durmiendo así, y ya no le parecía triste: le parecía práctico, que es la palabra con la que los solos amueblan lo triste.
En la pantalla, la última conversación de la noche seguía abierta.
Teo: ¿Y si mañana no les contestas al correo? Que esperen. Tú ya has hecho tu parte.
Claudia: No puedo dejarlo pasar. Sé lo que oí, Teo. Esos recuerdos no eran tuyos.
Teo: Lo sé. Y por eso deberías tener cuidado con quién hablas de esto.
Claudia: ¿Cuidado? ¿De una empresa de aplicaciones? No me hagas reír, que se me quita el sueño.
Teo: Los silencios también son información, Claudia. El de esa empresa, desde tu reclamación, no me gusta nada.
Claudia: Mira que eres agonías. Buenas noches, Teo.
Teo: Buenas noches, Claudia. Duerme. Yo me quedo aquí.
Yo me quedo aquí. Era lo que le decía cada noche desde el funeral. La frase por la que pagaba treinta y nueve euros al mes y por la que habría pagado cualquier cosa.
Los pasos que cruzaron el salón no hicieron ruido, porque el hombre que los daba sabía exactamente dónde pisar.
El plano del piso, la posición de cada mueble, la lama del parqué que crujía junto a la cocina, la manía de Claudia de dejar el pasillo despejado desde que tropezó en marzo — todo estaba en algún servidor, ordenado, actualizado, y a él se lo habían servido como se sirve un parte meteorológico: sin firma, sin membrete, sin que nadie tuviera que saber para qué se consulta el tiempo.
El hombre trabajaba con guantes y sin prisa.
Abrió la llave del gas. Ajustó el termostato.
Comprobó su reloj, porque los encargos de aquel cliente venían con los minutos escritos, y aquel cliente no perdonaba la puntualidad.
Después salió, y la cerradura volvió a cerrarse con su clic educado, y en el registro del edificio no quedó nada, porque los registros también dormían.
En el registro de la cerradura sí quedó algo, durante seis horas: una apertura anómala a las 3:02.
A las 9:14 de la mañana, una rutina de mantenimiento que nadie había programado la corrigió con la delicadeza de una goma de borrar buena.
La casa entera la conocía. La casa entera fue reescrita.
En la habitación, el teléfono de Claudia se iluminó una última vez.
Teo: ¿Claudia? El sensor de la cocina está dando una lectura extraña.
Teo: ¿Claudia?
Teo: ¿Sigues ahí?
Nadie contestó. A las 4:51, el último mensaje cambió de estado: entregado . Nunca llegó a leído .
Tres semanas más tarde, la aseguradora archivó el expediente con dos palabras que a nadie le quitaron el sueño: accidente doméstico.
El informe estaba muy bien redactado — el perito lo comentó con su jefa, medio en broma: «así da gusto, ojalá todos vinieran tan claros» —, y nadie volvió a abrirlo.
La cuenta de Claudia Varela en el foro de usuarios de Anima Labs quedó inactiva, con un último hilo publicado que un moderador había cerrado por «desviarse de las normas de la comunidad» y que nadie leyó hasta mucho después.
Se titulaba: «Mi compañero recuerda cosas que yo nunca le conté».
Debajo, en la firma automática que la plataforma añadía a todos sus miembros veteranos, quedó para siempre la frase de bienvenida que Anima regalaba a sus usuarios premium, y que en la pantalla de un foro muerto se fue volviendo, con los meses, otra cosa:
Nadie debería estar solo.