El nombre que quedó CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

LA HABITACIÓN FRENTE AL ACCESO DE AMBULANCIAS

La lluvia amenazaba la costa desde antes del amanecer.

Todavía no se había decidido a caer. En su lugar, una humedad fina flotaba sobre el pueblo y plateaba cada coche aparcado, cada tejado de pizarra, cada pluma de gaviota. El aire olía a diésel, lodo de marea y humo de chimeneas.

Owen Mercer dejó el utilitario alquilado frente al hotel Balmoral House y permaneció otro minuto al volante.

El hotel era un edificio de cuatro plantas de piedra oscurecida por el hollín, encajado entre un despacho de abogados y una tienda de ropa impermeable.

En otro tiempo, unas letras de latón habían anunciado el nombre sobre la entrada.

La sal había corroído los bordes hasta que BALMORAL parecía una advertencia sin terminar.

Owen comprobó la fotografía que llevaba dentro del abrigo.

Neil Harrow de pie junto a un barco pesquero, con los ojos entornados contra el sol.

En el reverso, con la letra de Harrow:

KINGFISHER. HABITACIÓN SObrE LAS LUCES. PREGUNTA QUÉ VIGILABA.

Muerto desde hacía seis semanas, y el hombre seguía siendo irritantemente aficionado a los acertijos.

Owen guardó la fotografía.

La placa de identificación estaba en el bolsillo interior junto a ella.

Se suponía que los agentes suspendidos debían entregar el acceso, la autoridad y cualquier tentación de fingir que todavía pertenecían al trabajo. Él había entregado el acceso. Nadie le había reclamado la placa.

Un descuido burocrático seguía siendo un descuido.

Entró en el hotel.

La mujer de recepción alzó la vista de una novela de bolsillo con la portada rota. Rondaba los treinta y pocos, de hombros anchos, pálida por trabajar bajo luz artificial. Su placa decía TAMSIN BLAIR.

Le dirigió a Owen la expresión reservada a los hombres que llegaban antes del desayuno y querían algo poco razonable.

—Estamos completos.

—No busco una habitación.

—Entonces solo uno de los dos.

Owen sacó la fotografía en lugar de la placa.

—¿Recuerda a este hombre?

Cora bajó la mirada.

Algo se cerró en su rostro.

—No.

—Ha mirado menos de un segundo.

—Tengo buena memoria.

—Yo también.

Ella apartó el libro.

—¿Quién es usted?

—Owen Mercer.

—¿Se supone que ese nombre significa algo?

—Normalmente no.

Dejó la fotografía sobre el mostrador.

—Neil Harrow se alojó aquí o visitó a alguien que lo hizo. Debió de ser a finales de mayo. Quizá principios de junio.

—Ni idea.

—Puede que utilizara el nombre Kingfisher.

Los ojos de Cora se movieron.

No hacia el ordenador.

Hacia arriba.

Al techo sobre recepción.

Una habitación justo encima.

Owen miró el antiguo tablero de latón con ganchos numerados a su espalda. La mayoría sostenían mandos electrónicos en vez de llaves, pero bajo el número 114 todavía colgaba una larga llave de hierro.

—Primera planta —dijo—. Lado de la calle.

Cora cruzó los brazos.

—¿Es policía?

—Ahora mismo es complicado.

—Eso significa que no.

—Significa que no he venido a causarle problemas.

—Los hombres dicen eso mientras meten los problemas por la puerta.

Justo.

Owen sacó la placa y la abrió.

Cora leyó el escudo, su nombre y su antiguo rango en la Agencia Nacional contra el Crimen.

Su mirada se detuvo en la fecha de caducidad.

—Sigue vigente.

—Sí.

—Ha dicho que la situación era complicada.

—Estoy suspendido.

Ella lo miró fijamente.

—¿Enseña a menudo una identificación policial siendo un agente suspendido?

—Solo a personas observadoras.

La boca de Cora se tensó, conteniendo diversión o alarma.

—¿Por qué lo suspendieron?

—Por continuar cuando alguien me dijo que parara.

—Eso no resulta tranquilizador.

—No.

Cerró la placa.

—Un hombre está muerto. Algo que escondía en su casa ha desaparecido. Antes de morir, señaló este lugar.

—¿Dijo por qué?

—Dijo que preguntara qué vigilaba Kingfisher.

Cora miró hacia la calle.

Frente al hotel, al otro lado de dos carriles de tráfico mojado, se alzaba el ala privada del Hospital St. Cuthbert’s. Unos puentes de cristal unían los edificios antiguos de piedra con un bloque moderno y cuadrado que daba al acceso de ambulancias.

Unas luces azules destellaban en la acera del fondo.

Sin sirena.

Solo un vehículo policial aparcado donde los pacientes podían verlo.

—No se llamaba Kingfisher —dijo Cora.

Owen esperó.

—Se registró como señor King. Sin nombre.

—¿Cuándo?

—A mediados de mayo.

—¿Cuánto tiempo?

—Once noches.

—¿En efectivo?

—Casi todo. Tarjeta para el depósito.

—¿Qué habitación?

Ella miró hacia el tablero.

—La catorce.

—¿Está ocupada?

—No.

—Necesito verla.

—Necesita una orden.

—Necesito cinco minutos.

—Está suspendido.

—Sí.

—Y acaba de decirme que no sabe parar.

—Sí.

Cora lo observó durante un largo instante.

Después cogió la llave de hierro.

—Este hotel se construyó antes de que la gente entendiera la fontanería. Si arranca algo de la pared, lo paga.

—Respetaré las tuberías.

—Eso tampoco me lo creo.

Rodeó el mostrador.

Owen la siguió por una escalera estrecha que olía a limpiador de alfombras y lluvia vieja. La habitación 114 estaba al final de un pasillo bajo un techo inclinado.

Cora la abrió, pero no entró.

—Ha dicho cinco minutos.

—Quédese.

Ella alzó las cejas.

—No soy una de sus sospechosas.

—No sé qué es usted.

—Encantador.

—Puede que alguien pagara esta habitación por las vistas. Necesito que me diga si algo cambió después de que se marchara.

Cora entró con visible reticencia.

La estancia estaba tan limpia que parecía no haber sido habitada. Edredón blanco. Papelera vacía. Cortinas abiertas ante una amplia ventana orientada hacia el hospital.

Owen se acercó.

Desde la habitación 114 se veía directamente el acceso de ambulancias. Más allá estaba el ala privada de diagnóstico y un pasillo acristalado que la unía con el bloque quirúrgico.

Cualquiera que estuviera allí podía observar la llegada de vehículos, contar las rotaciones de seguridad y anotar qué ventanas de los pisos superiores permanecían iluminadas.

Un semáforo al otro lado de la calle cambió de rojo a verde.

El color se reflejó sobre el cristal.

—¿Pasaba mucho tiempo en la habitación? —preguntó Owen.

—Apenas salía.

—¿Pedía comida?

—No. Compraba bocadillos. Bebidas energéticas. Cigarrillos, aunque no podía fumar.

—¿Cómo lo sabe?

—El detector de humo dejó de funcionar misteriosamente.

Owen alzó la vista.

La carcasa de plástico sobre la puerta estaba un poco más baja de lo debido.

Arrastró la silla del escritorio hasta allí.

Cora suspiró.

—Prometió respetar las tuberías.

—Es otro sistema.

Se subió a la silla y giró el detector para soltarlo.

No tenía batería.

Había un papel estrecho y doblado escondido detrás.

Owen lo sacó.

Cora se acercó a pesar suyo.

El papel había formado parte de un plano para visitantes del hospital. Casi toda la tinta se había desgastado por el pliegue. Había tres lugares rodeados con un círculo.

ACCESO PRIVADO DE AMBULANCIAS.

ASCENSOR DE SERVICIO DE RADIOLOGÍA.

SALAS DE ASESORAMIENTO FAMILIAR.

Junto a ellos alguien había escrito unas horas.

05:32.

05:40.

08:12.

La fecha de aquel día aparecía en la parte inferior.

Owen miró el reloj.

Las siete y cuarenta y ocho.

Cora susurró:

—Eso no estaba ahí cuando cambié la batería el mes pasado.

—¿Quién ocupó la habitación después del señor King?

—Nadie más de dos noches. Un comercial. Una pareja de Leeds.

—¿El personal?

—Las mismas tres limpiadoras.

—¿Alguna tendría motivos para esconder esto?

—No.

Owen dio la vuelta al papel.

En el reverso en blanco había una tenue marca de lápiz. Lo inclinó hacia la ventana.

Aparecieron letras.

MORROW CONOCE EL OLOR.

Y debajo:

LA MUJER CAMINA CON UN HILO AZUL.

Owen bajó de la silla.

Cora lo observó.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

—Eso es mentira.

—Es una verdad incompleta.

—El mismo traje, con mejor corte.

Owen se acercó al escritorio.

El secante había sido sustituido hacía poco. Un rectángulo más claro mostraba dónde una antigua carpeta de cuero había protegido la madera de años de sol.

—¿Dónde está la alfombrilla anterior?

Cora frunció el ceño.

—El personal de limpieza la tiró.

—¿Cuándo?

—Después de que se fuera el señor King. Tenía quemaduras de cigarrillos.

—¿Dónde recogen la basura?

—En el callejón de servicio.

—¿Sigue allí?

—¿Seis semanas después?

—Claro.

Regresó a la ventana.

Un vehículo oscuro entró en el acceso privado del hospital.

Batalla larga. Cristales tintados. El equipo de seguridad de Vale prefería coches parecidos en todas las fotografías que Owen había encontrado.

Lo siguió un segundo vehículo.

Los guardias del hospital abrieron la barrera sin comprobar ninguna matrícula.

Owen memorizó las placas.

—Quien se alojó aquí vigilaba el hospital —dijo Cora.

—Sí.

—¿Cree que Harrow lo conocía?

—Creo que Harrow sabía lo suficiente para asustar a alguien.

—¿Y el hombre de esta habitación?

—Posiblemente era la persona que lo asustaba.

—Entonces, ¿por qué dejar el plano?

Owen miró la fecha escrita a mano.

—Quizá no lo dejó él.

Algo en el pasillo acristalado de enfrente llamó su atención.

Una mujer lo atravesaba despacio, apoyada en un bastón.

Cabello oscuro.

Cárdigan gris.

Una bota ortopédica bajo una falda larga.

Caminaba junto a una mujer mayor con abrigo negro. Dos hombres las seguían a una distancia discreta.

Incluso desde el otro lado de la calle, la disposición parecía incorrecta. La mujer joven se movía como una paciente. Los guardias la vigilaban como un activo.

Llevaba un hilo azul estrecho alrededor de la muñeca.

El pulso de Owen cambió.

—Cora.

—¿Qué?

—¿Tiene prismáticos?

Ella lo miró.

—Esto es un hotel, no una estación naval.

—¿Una cámara?

—Hay una en recepción.

—Necesito el objetivo largo.

—Necesita marcharse.

La mujer entró en el vestíbulo del ascensor privado y desapareció.

Owen dobló el plano y lo guardó en el abrigo.

Cora extendió la mano.

—Eso pertenece al hotel.

—Pertenece a quien lo escondió.

—Y ese no es usted.

—No.

Le entregó su tarjeta.

No la placa.

Una sencilla, con su número privado.

—Si alguien pregunta por la habitación catorce, llámeme.

—¿Espera que confíe en un investigador suspendido que roba papelería?

—Espero que confíe en que los hombres que vigilan ese hospital son peores.

Cora miró hacia la ventana.

—¿Corre peligro esa mujer?

—Sí.

—¿La ha reconocido?

—Todavía no.

Owen se marchó antes de que la respuesta se convirtiera en otra mentira.

Fuera, la húmeda mañana terminó por transformarse en lluvia.

Cruzó hasta el coche, abrió la guantera y sacó la carpeta que había reunido desde la muerte de Harrow.

El broche de siete estrellas.

Aster Energy.

Cairnfall.

Alistair Vale.

Arthur Hale.

Nadia Rourke.

En la última página, medio oculta bajo una notificación oficial, había una fotografía de una joven desaparecida tomada años atrás.

El rostro era más joven.

Más redondo.

Sin cicatrices.

Owen miró de la fotografía al hospital.

La mujer del hilo azul había desaparecido tras el cristal, pero el reconocimiento empezó a abrirse paso por él con la lenta certeza de una cerradura al girar.

Arrancó el coche.

A las cinco y cuarenta ocurriría algo bajo el Hospital St. Cuthbert’s.

Pensaba estar allí antes.