CAPÍTULO 54
LA LLAVE FALSA
La conciencia regresó a Tessa como un golpe.
Su cuerpo se arqueó sobre la estrecha cama de la enfermería. El aire irrumpió en sus pulmones. El techo se fracturó en planos blancos sobre ella, todos demasiado brillantes, demasiado nítidos, temblando en los bordes como si toda la habitación estuviera tallada en hielo.
Alguien le sujetaba los hombros.
Otra persona contaba.
El corazón le golpeó con tanta violencia que el monitor junto a la cama empezó a chillar en rápidas ráfagas metálicas.
—Tessa.
La voz de Rowan la encontró antes que su rostro.
Ella se volvió hacia él y la habitación la siguió, deslizándose de lado antes de encajar de nuevo en su sitio. Rowan estaba a su izquierda, con una mano cerrada alrededor de la suya y la otra apoyada en el colchón. Sus ojos se habían vuelto casi incoloros.
Gideon ocupaba el lado opuesto de la cama.
Detrás de él, la médica de la isla retiró una jeringa de la vía del brazo de Tessa. Tenía la boca apretada en señal de desaprobación.
Tessa intentó hablar.
Sentía la lengua demasiado grande.
—¿Qué ha pasado?
—Has perdido el conocimiento —dijo Rowan.
—Eso no explica por qué siento como si me hubieran vertido un rayo en la sangre.
Su mirada se desplazó hacia Gideon.
—Pregúntale a él.
La mano de Gideon descansaba sobre la barandilla de la cama.
—Necesitaba que estuvieras despierta.
Las palabras tardaron en alcanzarla.
Cuando lo hicieron, trajeron la ira consigo.
—¿Tú ordenaste esto?
—La doctora te administró un estimulante.
—En contra de mi consejo —dijo la médica.
Gideon ni siquiera la miró.
Tessa sentía la piel fría pese al pulso febril que corría bajo ella. Cada costura de la manta le arañaba las piernas. La lluvia lejana contra las ventanas sonaba como miles de uñas.
Los dedos de Rowan se cerraron con más fuerza alrededor de los suyos.
No para advertirla.
Para anclarla.
Tessa se concentró en aquella presión.
Gideon se inclinó hacia ella.
—Lo siento.
—No, no lo sientes.
Su expresión cambió.
—Lamento que haya sido necesario.
—No es lo mismo.
—No.
El corazón continuaba golpeándole las costillas.
El monitor protestó.
La médica ajustó algo en la vía intravenosa.
—Tiene el pulso demasiado alto.
—Necesitamos cinco minutos —dijo Gideon.
—Tienes dos.
Tessa miró más allá de él.
Voss estaba junto a las ventanas con Catherine y Pike. Sobre la mesa móvil tenían extendido un plano de la capilla. Dos radios seguras descansaban en el borde. Una emitía un siseo tenue.
La habitación estaba llena.
Le pareció más pequeña que la celda donde Adrian la había encerrado.
—¿Qué ha cambiado? —preguntó Tessa.
Rowan respondió.
—Silas ha adelantado el plazo.
—¿Cuánto?
—Tres horas.
Ella lo miró fijamente.
—Dijo seis.
—Dice que la marea está subiendo más deprisa de lo esperado.
—No es por eso.
—No.
Gideon se inclinó más.
—Envió un segundo mensaje. Afirma que la llave sigue en la isla.
Tessa mantuvo el rostro inmóvil.
Bajo el vendaje médico, por debajo de la clavícula izquierda, algo duro le presionaba la piel.
Pequeño.
Frío.
Hierro antiguo.
La llave auténtica.
El duplicado de Gideon había estado en el tacón de su bota.
El duplicado había desaparecido.
La noche anterior al trayecto, Tessa había visto a Gideon terminar de limar la llave falsa en el taller de Arthur. No era perfecta. Los dientes coincidían con sus fotografías. Habían imitado el óxido con sal y vinagre. Una inspección apresurada podía darla por buena.
Una cerradura meticulosa no.
Tessa había colocado el señuelo en la bota.
La llave verdadera había permanecido contra su cuerpo, envuelta en tela encerada y sujeta bajo una tira de vendaje que Catherine la había ayudado a colocar sobre una antigua cicatriz.
No se lo había dicho a nadie.
Ni siquiera a Rowan.
Ahora aquella omisión parecía una grieta abriéndose entre ambos.
Gideon observaba sus ojos.
—¿Dónde la cambiaste de sitio?
—No lo hice.
—La bota estaba vacía.
—Entonces alguien se la llevó.
—¿El duplicado?
El pulso de Tessa cambió.
Gideon lo vio.
Rowan también.
La mano que envolvía la suya se quedó inmóvil.
La voz de Gideon descendió.
—Había un duplicado.
Tessa miró a Gideon, pero él ya no estaba en la habitación.
—No.
—Acabas de responder.
—He reaccionado a tu suposición.
—Me mentiste en la ladera.
—Tenía una conmoción.
—Le dijiste a Rowan que recuperara la bota.
—Lo recuerdo.
—¿Por qué?
—Para ver quién llegaba primero.
El silencio recorrió la enfermería.
La expresión de Rowan no cambió.
Eso fue peor.
Gideon se enderezó.
—Utilizaste el accidente para tender una trampa.
—Utilicé lo único que tenía.
—Me tenías a mí.
Tessa se rió.
El sonido salió inestable.
—¿De verdad?
Algo destelló en su rostro.
Dolor, quizá.
Ella estaba demasiado furiosa para confiar en ello.
La médica tocó el brazo de Gideon.
—Basta.
Él la ignoró.
—¿Dónde está la llave auténtica?
Tessa se volvió hacia Rowan.
Él mantenía la mirada en su rostro.
No en su cuerpo.
No en el vendaje.
Había comprendido que ocultaba algo, pero no iba a registrarla con los ojos mientras Gideon observaba.
Aquello, más que ninguna otra cosa, casi hizo que se lo dijera.
Casi.
—Está en la cámara del archivo —dijo.
La atención de Gideon se agudizó.
—¿Dónde?
—Detrás de la puerta azul.
—La cámara del archivo no tiene ninguna puerta azul.
—Entonces Arthur la escondió bien.
—¿Has entrado?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes del desayuno.
La mentira salió con fluidez.
Demasiada.
El pulgar de Rowan se movió una vez sobre su nudillo.
Una pregunta.
Tessa no respondió.
Gideon se volvió hacia Pike.
—Registra la cámara inferior.
Pike permaneció donde estaba.
—No.
Gideon lo miró fijamente.
Pike cruzó los brazos.
—Ya has enviado tres equipos por las habitaciones de Arthur. Todos alteraron pruebas y no encontraron nada.
—Mi hija dice que la llave está allí.
—Tu hija ha sido obligada a despertar mientras sufre una conmoción.
Tessa lo miró.
La expresión de Pike no se suavizó.
No la defendía porque le cayera bien.
Defendía el procedimiento.
En aquel momento, le servía.
Gideon dijo:
—Llévate a Catherine.
Catherine miró hacia Tessa.
Tessa asintió apenas.
Catherine lo vio.
No estaba claro si había comprendido la mentira.
Siguió a Pike fuera de la habitación.
Gideon se volvió de nuevo.
—Si no encuentran nada…
—¿Qué harás? —preguntó Tessa—. ¿Despertarme con más fuerza?
Rowan le soltó la mano.
Durante un segundo gélido, creyó que se apartaba de ella.
Entonces se interpuso entre la cama y Gideon.
—Se acabó.
El rostro de Gideon se endureció.
—Apártate.
—No.
—Esto tiene que ver con la llave.
—Esto tiene que ver con ella.
—Tessa puede hablar por sí misma.
—Ya lo ha hecho. Tú la has ignorado.
La mano herida de Gideon se cerró contra su costado.
—Estoy intentando impedir que Silas abra el archivo.
—Y yo intento impedir que conviertas a tu hija en otro mecanismo.
La voz de Vale llegó desde la puerta.
Nadie lo había oído llegar.
Estaba bajo el dintel con un abrigo oscuro y gotas de lluvia brillando sobre los hombros. Las cicatrices de su mandíbula parecían más profundas bajo la luz de la enfermería.
Gideon lo miró.
—No tienes nada que hacer aquí.
Vale dirigió la mirada hacia la bandeja de jeringas.
—Al parecer, el consentimiento tampoco.
Rowan se volvió.
—Tú no puedes decir eso.
Vale aceptó el reproche con una leve inclinación de cabeza.
—No.
La médica tomó la muñeca de Tessa.
Su pulso no había disminuido.
Tessa miró fijamente el techo hasta que los planos luminosos dejaron de moverse.
—Agua.
Rowan fue a tomar el vaso.
Gideon hizo lo mismo.
Sus manos casi se encontraron.
Rowan llegó primero.
Ayudó a Tessa a beber sin levantarle demasiado la cabeza. El borde le rozó el labio inferior. El agua sabía a metal y frío.
Tragó dos veces.
La habitación respiró a su alrededor.
Gideon dijo:
—Silas tiene a Maeve.
—Lo sé.
—Tiene la carta de Arthur.
—Lo sé.
—Puede que tenga la llave falsa.
—Lo sé.
—Y aun así sigues protegiendo de nosotros la auténtica.
Tessa lo miró por encima del vaso.
—Sí.
La admisión aterrizó de otra manera que la mentira.
Gideon se quedó completamente inmóvil.
Rowan bajó el agua.
—¿Por qué? —preguntó.
No sonaba enfadado.
Todavía no.
Tessa examinó su rostro.
—Porque todos los hombres de esta casa creen que poseerla les da derecho a decidir qué ocurrirá después.
La mandíbula de Rowan se tensó.
—Te pedí que me la devolvieras —dijo ella—. Regresaste con una bota vacía.
—Sí.
—Si te hubiera dicho dónde estaba la verdadera, la habrías protegido.
—Sí.
—De todo el mundo.
—Sí.
—¿También de mí?
La respuesta tardó demasiado en llegar.
Tessa cerró los ojos.
Ahí estaba.
No era traición.
Era instinto.
Su miedo disfrazándose de deber antes de que ninguno pudiera impedirlo.
La voz de Rowan se volvió áspera.
—No lo sé.
—Gracias.
El aire abandonó sus pulmones.
Gideon rodeó a Rowan.
—Tessa, escúchame. Silas no puede tenerla.
—Lo has dejado claro.
—Utilizará a Maeve para llegar hasta ti.
—Ya lo ha hecho.
—La matará.
La voz de Callum llegó desde el pasillo.
—No.
Estaba detrás de Vale, con un hombro apoyado contra la pared. Llevaba la muñeca izquierda entablillada contra el pecho. El moratón bajo el ojo se había oscurecido. No llevaba abrigo y tenía un pie descalzo.
Gideon apareció detrás de él.
—Te ordenaron permanecer en la cama.
Callum miró por encima del hombro.
—Sigo cerca de una.
La boca de Gideon se aplanó.
Callum miró a Gideon.
—Silas no matará a Maeve antes de que llegue Tessa.
—Pareces muy seguro.
—Sé cómo construye las habitaciones.
Gideon se volvió por completo hacia él.
—¿Qué significa eso?
—Necesita que todo el mundo crea que el peor momento está a punto de ocurrir. Si lo gasta demasiado pronto, pierde el control.
—Puede haber cambiado.
—No.
La mirada de Callum se desplazó hacia Vale.
—Los hombres como él no cambian. Se perfeccionan.
Vale absorbió las palabras.
La médica cruzó la habitación.
—No deberías estar de pie.
Callum la ignoró.
Sus ojos encontraron a Tessa.
—¿Tienes la llave?
El cuerpo de Rowan cambió de posición.
Tessa lo notó.
Callum también.
—No pregunto para quitártela.
—¿Entonces por qué?
—Porque, si la tienes, Silas espera que vayas.
—¿Y si no?
—Fingirá que cree que mientes.