El nombre que quedó CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

UN PADRE A LA PUERTA

Silas había entrado en el despacho acristalado por el mismo pasadizo oculto que utilizaba Vale.

Sujetaba a Maeve con un brazo trabado sobre su pecho. El cuchillo descansaba bajo su oreja izquierda.

Callum estaba arrodillado al otro lado de la mampara porque Gideon lo había obligado a quedarse allí.

La herida se le había abierto.

La sangre oscurecía un costado del jersey.

—Suéltala —dijo Callum.

Silas sonrió.

—Tampoco es tuya para darle órdenes.

Tessa salió al pasillo junto a Rowan.

Silas los vio.

Su mirada recorrió sus ropas desordenadas, las marcas del cuello de Tessa, el cuello abierto de la camisa de Rowan.

Comprendió.

Sin vergüenza.

Calculando.

—Los archivos familiares —dijo—. Fomentan la intimidad.

Rowan levantó la pistola.

Silas desplazó a Maeve para ocultar una parte mayor de su cuerpo.

—Ella se mueve antes de que la bala me alcance.

—Entonces no te muevas —dijo Rowan.

Callum intentó levantarse.

Gideon lo obligó a permanecer abajo.

—Quédate.

—La tiene.

—Sí.

—Suéltame.

—No.

El rostro de Maeve permanecía antinaturalmente sereno.

Solo se movían sus ojos.

Encontraron a Callum.

Después, a Tessa.

Luego, el panel de control situado junto a la puerta de la mampara.

Tessa siguió la mirada.

Un teclado numérico.

Cuatro cifras.

La secuencia del cuadro solo contenía tres números.

4—1—7.

Silas miró hacia Gideon.

—Conoces el código maestro.

Gideon estaba junto a Catherine, cerca de la entrada del archivo.

Su rostro no mostraba sorpresa.

—Conocías el pasadizo —dijo.

—Sabía que Nadia creía en las redundancias.

—¿Qué quieres? —preguntó Tessa.

El cuchillo de Silas se acercó más.

Maeve inspiró con cuidado.

—La primera llave.

—No.

—El disco estelar.

—No.

—La carta de Arthur.

Gideon tocó el sobre bajo el abrigo.

Silas lo vio.

—Ahí.

Tessa avanzó hacia el cristal.

Rowan le agarró la muñeca.

Ella lo miró.

Él la soltó.

Silas sonrió.

—Mejor adiestrada que Gideon.

Tessa se detuvo a un metro de la mampara.

—Si te doy la carta, la matas de todas formas.

—Es posible.

—Eso no es negociar.

—Es sinceridad.

—No. Es pereza.

Silas entrecerró los ojos.

Tessa continuó:

—Nos necesitas para abrir el índice. La carta sin Rowan no sirve. La llave sin mí tampoco.

—¿Y Maeve sin Callum?

El rostro de Callum se quedó blanco.

Silas presionó la hoja lo suficiente para marcarle la piel.

—Sigue siendo útil.

Maeve habló por primera vez.

—Está temblando.

El brazo de Silas se tensó.

—Cállate.

—La mano derecha.

Todos miraron.

El cuchillo permanecía firme.

Su mano izquierda, alrededor del pecho de Maeve, temblaba levemente.

Silas sonrió sin calidez.

—Crees que observar te mantiene a salvo.

—No.

La mirada de Maeve regresó al teclado.

—Te vuelve más lento.

Clavó el talón sobre el pie de Silas.

En ese mismo instante, Tessa disparó contra el teclado.

La bala destrozó el panel.

Saltaron chispas azules.

La puerta de cristal se liberó con un jadeo hidráulico.

Maeve se dejó caer.

Rowan disparó a través de la abertura.

Silas se retorció.

La bala le alcanzó el hombro en lugar del pecho.

Callum se puso en pie de un salto.

Cruzó la distancia antes de que Gideon pudiera atraparlo, entró en el despacho y golpeó a Silas con suficiente fuerza para lanzar a ambos contra la pared del fondo.

Maeve salió arrastrándose.

Catherine la puso a salvo.

Silas golpeó la herida de Callum.

Callum se dobló.

Rowan entró con la pistola apuntando a Silas.

—Apártate.

Silas agarró a Callum por la nuca y le apoyó el cuchillo bajo la mandíbula.

Las posiciones se habían invertido.

Callum rió débilmente.

—Predecible.

El hombro herido de Silas sangraba profusamente.

Miró hacia Tessa.

—¿Arriesgarías su vida por una cerradura?

—No.

—Disparaste junto a su cabeza.

—Disparé a lo que ella me indicó.

Maeve estaba de pie con el brazo de Catherine alrededor de la cintura.

—Escuchó.

La acusación alcanzó a Silas más profundamente que la bala.

Tessa lo vio.

Había envejecido en un mundo donde escuchar era cosa de sirvientes.

Rowan dio otro paso.

—Suéltalo.

Silas miró la pistola.

—No dispararás a través de la última víctima de Gideon.

Callum dijo:

—Hazlo.

—No —espetó Maeve.

Silas sonrió.

—Una disputa familiar.

Empezó a sonar una alarma mecánica.

Pulsos graves bajo el suelo.

Catherine miró las luces de control.

—El panel dañado ha activado el sistema de contención de inundaciones.

Apareció agua al otro lado de la pared exterior de cristal del archivo.

No era una filtración.

Era una superficie negra que ascendía.

El mar estaba entrando en el canal de observación.

Gideon se acercó a la consola central.

—Tenemos unos minutos antes de que se sellen las puertas inferiores.

Silas miró los archivadores.

—El archivo.

—Sobrevivirá —dijo Gideon—. Puede que nosotros no.

Gideon tiró de Maeve hacia la escalera.

—Todos arriba.

—No —dijo Tessa.

Rowan la miró.

—La carta.

Gideon se tocó el abrigo.

—La tengo.

—La cinta.

Catherine recogió la grabadora de Nadia.

—¿La llave? —preguntó Rowan.

Tessa levantó la cadena de hierro.

—¿El disco?

Él se tocó el bolsillo.

Lo tenían todo.

Excepto a Callum.

Silas lo arrastró hacia el pasadizo oculto.

Maeve se soltó de Catherine.

Callum gritó:

—No.

Solo se detuvo porque Gideon la sujetó por la cintura.

—Suéltalo —dijo Rowan.

La alarma se aceleró.

Silas retrocedió hacia el pasadizo.

Las botas de Callum rasparon el suelo.

Tessa observó sus ojos.

Miró hacia el panel de control destrozado.

Después, a Maeve.

Una decisión se instaló en su rostro.

—No —susurró Maeve.

Callum agarró el brazo herido de Silas.

Lo retorció.

El cuchillo le cortó la mandíbula en lugar de la garganta.

Rowan disparó.

Silas desapareció hacia atrás, dentro del pasadizo.

Callum cayó hacia delante.

La puerta oculta se cerró de golpe entre ellos.

Rowan llegó hasta ella y pulsó el control.

Nada.

Catherine examinó el cuello de Callum.

—Es superficial.

Maeve se arrodilló a su lado.

Callum le sostuvo el rostro entre las manos.

—Escuchas muy mal.

—Tú me enseñaste.

El agua ascendió por el cristal exterior.

Gideon levantó a Callum.

—Podemos hablar de herencia por encima del nivel del mar.

Evacuaron el archivo.

Gideon permaneció ante la consola hasta que Tessa le agarró la mano vendada.

—Ven.

—Tengo que asegurar el índice.

—¿Puedes hacerlo a distancia?

—Sí.

—Entonces hazlo arriba.

—Tessa…

—No.

La antigua autoridad entró en su voz.

Gideon la miró fijamente.

Después obedeció.

La puerta azul se cerró a sus espaldas mientras el agua golpeaba el muro inferior.

Las dos llaves se liberaron de forma automática. Rowan extrajo el disco estelar. Tessa retiró la llave de hierro.

La piedra empezó a sellar la entrada.

Subieron.

Callum perdió el conocimiento a mitad de camino.

Gideon y Pike lo llevaron entre ambos. Maeve los siguió con una mano apoyada en su espalda, como si el mero contacto pudiera guiarlo hacia la conciencia.

En la galería de retratos, las alarmas se apagaron.

Las luces de la casa recuperaron su cálido tono dorado.

Vale esperaba junto al retrato de Nadia.

Miró a Callum.

Después, a Maeve.

Luego, la sangre de la manga de Rowan.

—¿Silas?

—Pasadizo norte —dijo Catherine.

El rostro de Vale se endureció.

—Desemboca en los acantilados.

—Está herido —respondió Rowan.

—Conoce los caminos de la marea.

—No llegará a ninguna embarcación.

—No.

Vale miró hacia las ventanas cerradas.

—Llegará hasta las cargas.

La casa se estremeció.

Cayó polvo del techo.

En algún lugar más abajo, la piedra se partió con un ruido parecido a un trueno distante.

Gideon maldijo.

—Los cimientos occidentales.

Vale se dirigió hacia la escalera central.

Tessa se interpuso.

—Detente.

Él lo hizo.

—¿Qué ha minado Silas?

—El muro de contención.

—¿Y si lo destruye?

—El archivo se inunda.

—¿Y la casa?

Vale miró el retrato de Nadia.

—El ala oeste caerá al mar.

La habitación de Tessa.

Las fotografías.

El vestido.

El espejo de su madre.

Rowan le agarró el brazo antes de que saliera corriendo.

—No vale tu vida.

—Las cosas de Nadia.

—Son objetos.

—Son míos.

—Sí.

La respuesta la sorprendió.

Rowan continuó:

—Y tú eliges si quieres arriesgarte por ellos.

Tessa miró hacia el pasillo occidental.

Otro impacto sacudió el suelo.

Una grieta recorrió el techo.

Vale dijo:

—Tienes cuatro minutos.

El rostro de Rowan se tensó.

Tessa tomó la decisión.

—Las fotografías.

—Yo iré a por ellas —dijo él.

—No.

—Las has pedido.

—Voy yo.

—Juntos —respondió él.

Sin discusión.

Sin órdenes.

Corrieron hacia el oeste.

Catherine y Pike llevaron a Callum hacia la enfermería. Gideon fue con ellos. Maeve se negó a abandonar a su hermano. Gideon siguió a Vale hacia los controles de los cimientos.

Tessa y Rowan llegaron a la habitación de Nadia cuando el suelo empezaba a inclinarse.

Los muebles se habían desplazado varios centímetros hacia las ventanas cerradas. Unas grietas abrían la piedra alrededor de la chimenea.

Tessa corrió hasta el tocador.

Recogió las tres fotografías, el disco de la grabación y la tira de lana azul del compartimento del espejo.

Rowan encontró un estuche de cuero debajo de la cama.

—¿Qué es?

—Diarios.

—Llévatelo.

El siguiente impacto lanzó a Tessa contra el tocador.

Rowan la atrapó antes de que cayera.

La contraventana más cercana a la cama se combó hacia dentro.

El mar salpicó a través de las juntas.

—Ahora —dijo él.

Corrieron.

El pasillo gimió a su espalda.

A mitad de camino hacia el vestíbulo central, el suelo se abrió.

Rowan saltó primero y se volvió.

La brecha se ensanchó entre ambos.

Debajo, el agua negra avanzaba por los cimientos rotos.

Tessa retrocedió.

—No.

—Puedo hacerlo.

—Tessa.

—Elección.

El rostro de Rowan se quedó blanco.

Ella corrió.

Saltó.

Rowan la atrapó en el aire.

El impacto lo derribó de espaldas. El dolor le desgarró las costillas. Tessa cayó atravesada sobre él.

Durante un segundo, ninguno respiró.

Después, el pasillo que había detrás de ella se desplomó en el mar.

Rowan rodó y la protegió con su cuerpo mientras la piedra y el agua atravesaban la abertura.

Reptaron hacia el arco central.

Vale estaba allí.

Agarró a Tessa por el brazo y la puso a salvo.

Rowan salió detrás por sus propios medios.

El ala oeste cayó.

No toda de una vez.

Habitación por habitación.

El pasillo de Nadia se inclinó al otro lado del arco; los cuadros resbalaron de las paredes antes de que la oscuridad y el agua se los tragaran. La última sección se desprendió con un ruido demasiado grande para la casa.

El viento entró por la brecha.

También el amanecer.

Una luz gris se extendió por el gran vestíbulo.

Por primera vez desde que habían llegado, las contraventanas se alzaron.

El mar se extendía al otro lado del muro occidental destrozado.

Frío.

Infinito.

Real.

Tessa apretó las fotografías contra el pecho.

Rowan se arrodilló a su lado, con una mano en las costillas.

Vale permaneció al borde del pasillo destruido.

Su rostro se había vaciado.

Las habitaciones de Nadia habían desaparecido.

Tessa lo miró.

—Las has perdido.

La mano quemada de Vale se cerró.

—Sí.

Ella esperaba ira.

En cambio, él se volvió.

En la entrada principal sonó un golpe fuerte.

Tres veces.

Todos miraron hacia la puerta.

La casa liberó sus cerraduras.

Gideon buscó un arma.

Rowan se incorporó a pesar del dolor.

Gideon apareció desde la enfermería con sangre en las manos.

La puerta se abrió.

Una mujer con un abrigo oscuro de campaña estaba en el umbral, acompañada de seis agentes armados.

La directora Voss.

Su mirada recorrió el vestíbulo en ruinas, los heridos, el mar abierto y, por último, a Tessa.

—Buenos días —dijo—. Parece que me he perdido la cena.