CAPÍTULO 37
APRENDER LA RESPUESTA
El archivo contenía una sala de proyección que Nadia había diseñado sin cámaras.
Catherine lo sabía porque había ayudado a instalar el aislamiento.
Le mostró la entrada a Tessa y después llevó a todos los demás hasta la sala central de documentos, donde Gideon podría examinar la carta de Arthur y comenzar a identificar los archivadores del índice.
Rowan siguió a Tessa hasta la sala de proyección.
La puerta se selló tras ellos.
No sonó ninguna cerradura.
No había luces azules observándolos desde el techo.
Solo oscuridad, una mesa estrecha, dos sillas y una pantalla que ocupaba toda una pared y llevaba décadas sin encenderse.
Tessa encontró el interruptor manual.
Se encendió una única lámpara ámbar.
Rowan permaneció cerca de la puerta.
Ella se volvió.
—Puedes acercarte.
Él recorrió la mitad de la distancia.
Se detuvo.
Tessa se quitó el abrigo y lo dejó sobre la mesa. Aún llevaba el jersey de Rowan y los pantalones oscuros con los que había atravesado el pasadizo. La llave de hierro colgaba por fuera de la lana.
La mirada de Rowan descendió hacia ella.
Después volvió a su rostro.
—¿Qué querías decir con intimidad?
—¿Tú qué crees?
—Estoy intentando no pensarlo.
—¿Por qué?
—Porque mi primer pensamiento no siempre es el que mereces.
Tessa se apoyó contra la mesa.
—¿Cuál ha sido?
—Poner las manos sobre ti hasta borrar la voz de Vale de tu piel.
El calor la recorrió a pesar de sí misma.
—Eso no resulta del todo desagradable.
—¿Del todo?
—La parte en la que imaginas que su voz pertenece a mi piel.
Rowan asintió.
—Entendido.
—No. Estás aprendiendo.
—Sí.
Ella lo estudió.
Se había afeitado antes de la cena. La severidad había regresado a su rostro, pero llevaba la camisa abierta en el cuello y uno de los puños desabrochado. La sangre del vendaje de Vale manchaba una manga.
Tessa señaló.
—Quítatela.
Rowan miró la mancha.
—¿La camisa?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque te lo he pedido.
—Esa respuesta suele ser mía.
—Y la utilizas mal.
Él se quitó la camisa.
Despacio.
Sin convertirlo en una actuación.
El vendaje de las costillas se distinguía entre el vello oscuro de su pecho. Unos moratones cubrían uno de sus hombros. Tenía abrasiones recientes en las palmas por el estrecho pasadizo.
Tessa se acercó.
Tocó la cara interna de su muñeca.
El pulso respondió al instante.
—Estabas asustado.
—Sí.
—Querías matarlo.
—Sí.
—Todavía quieres.
—Sí.
—Y no lo has hecho.
—Tú me detuviste.
—No. Te detuviste tú.
Rowan la miró.
—La diferencia importa.
—Sí.
Ella recorrió con el dedo una de las abrasiones de su palma.
—¿Te duele?
—No.
—Rowan.
—Sí.
Tessa besó el centro de su mano.
Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella.
Sin atraparla.
Sosteniéndola.
Tessa levantó la vista.
—¿Me deseas porque tienes miedo?
—Sí.
La sinceridad la sorprendió.
Él continuó.
—Y porque estoy enfadado. Y porque estás viva. Y porque cada vez que te alejas de mí, la distancia se vuelve insoportable antes de que des el segundo paso.
A Tessa se le cerró la garganta.
—Eso no parece sano.
—No es una de mis mejores cualidades.
—¿Me deseas por algún motivo que pertenezca a la luz del día?
Rowan lo pensó.
—Sí.
—¿Cuál?
—Quiero saber si robas las mantas cuando no hay una pistola junto a la cama.
—Lo hago.
—Quiero saber cómo tomas el café después de dormir más de cuatro horas.
—Con demasiada leche.
—Quiero saber si cantas cuando estás sola.
—No canto.
—Mentira.
—No demasiado.
Su boca casi se suavizó.
Tessa tocó la cicatriz de su garganta.
—Yo también quiero la luz del día.
Rowan le agarró la muñeca y apoyó los labios sobre el pulso.
El beso fue contenido.
Tessa sintió esa contención en todas partes.
—¿Sigue siendo sí? —preguntó él.
—Sí.
—¿Para qué?
Ella sonrió ligeramente.
—Quieres detalles.
—Necesito claridad.
—Quiero que me beses.
—¿Dónde?
—Primero en la boca.
Rowan obedeció.
Sin posesión repentina.
Sin desesperación disfrazada de pasión.
Su boca se posó sobre la de ella con una paciencia que volvió el primer contacto más íntimo de lo que habría sido el hambre. Tessa se abrió a él. La mano de Rowan llegó a su nuca, con los dedos descansando suavemente bajo el cabello.
La besó hasta que la ira de Tessa cambió de temperatura.
No desapareció.
Se calentó.
Se volvió lo bastante fluida para moverse alrededor de la ternura.
Tessa deslizó las manos por su pecho.
Rowan se estremeció cerca del vendaje.
Ella se detuvo.
—¿Dolor?
—Sí.
—¿Necesitas sentarte?
—No.
—¿Orgullo?
—Sí.
Tessa lo empujó hacia una de las sillas.
Él se dejó.
Rowan se sentó.
Tessa permaneció entre sus rodillas.
Por una vez, aquella postura la hacía más alta que él. Las manos de Rowan descansaban sobre sus muslos. No la tocaba.
Ella se quitó el jersey por la cabeza.
La atención de Rowan siguió cada centímetro.
Debajo llevaba una camiseta negra de tirantes del armario de Nadia. Catherine la había encontrado en un cajón sellado antes de la cena. El tejido era sencillo, suave y lo bastante ceñido para revelar cómo se elevaba la respiración de Tessa.
Rowan miró los moratones de sus brazos.
La mandíbula se le tensó.
Tessa le sujetó la barbilla.
—Quédate aquí.
Su mirada regresó a ella.
—Estoy aquí.
—Nada de perseguir fantasmas.
—Lo intento.
Ella lo besó.
Las manos de Rowan llegaron a sus caderas.
Se detuvieron allí.
Tessa percibió la pregunta en aquella quietud.
—Sí.
Él la acercó.
Tessa se acomodó a horcajadas sobre su regazo, con cuidado de no rozarle las costillas. Rowan soltó el aire cuando el peso de ella descendió contra su cuerpo.
Tessa sintió su deseo de inmediato.
Él también.
Ninguno fingió lo contrario.
Su boca recorrió la mandíbula de Tessa.
—¿Sigue siendo sí?
—Sí.
Los labios de Rowan tocaron el punto bajo su oreja.
—Sí.
La curva de su garganta.
—Sí.
Al llegar a la cicatriz cerca de su clavícula, se detuvo.
Tessa abrió los ojos.
Rowan miró la línea pálida.
—¿Puedo?
—Sí.
La besó.
Sin reverencia.
Sin intentar borrarla.
Solo calor contra una herida antigua.
Los dedos de Tessa se hundieron en su cabello.
—Otra vez.
Él obedeció.
Después su boca descendió.
El tirante de la camiseta se deslizó bajo sus dedos. Rowan la miró.
Tessa asintió.
Él se lo bajó por el hombro.
Después el otro.
La tela se aflojó.
La mirada de Rowan la recorrió con un hambre que no la hizo sentirse devorada.
Vista.
Eso era más peligroso.
Tessa se quitó la camiseta por la cabeza y la dejó caer junto a la camisa de él.
Las manos de Rowan se cerraron con más fuerza sobre su cintura.
—Me estás mirando.
—Sí.
—Di algo.
—Estoy eligiendo el silencio en lugar de varias frases insuficientes.
—Cobarde.
—Sí.
Tessa tomó una de sus manos y se la colocó sobre el pecho.
Rowan inhaló con brusquedad.
Su palma era áspera por las cicatrices antiguas y la piedra reciente. Tessa la cubrió con la suya y guio la presión.
—¿Así?
—Sí.
—¿Más?
—Sí.
Él obedeció.
El cuerpo de Tessa respondió antes de que el orgullo pudiera intervenir. Echó la cabeza hacia atrás. La boca de Rowan tocó el centro de su pecho y después la parte inferior de su seno.
Tessa cerró los ojos.
La mano de Rowan se movió despacio, aprendiendo en lugar de reclamar.
Cuando el pulgar rozó el pezón, ella se estremeció.
Rowan se detuvo.
—¿Bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Hazlo otra vez.
Lo hizo.
Las uñas de Tessa rozaron su hombro.
El cuerpo de Rowan se tensó.
Ella retiró la mano.
—No.
Rowan la cogió y la devolvió a su piel.
—El dolor no siempre significa que pares.
—Entonces dime qué lo significa.
—Presión aguda en el lado izquierdo. Para cualquier otra cosa, pregunta.
Tessa volvió a tocarlo, con más suavidad.
Rowan la besó hasta que la habitación perdió su aire de lugar sin estrenar.
Ella se movió sobre su regazo.
De él escapó un sonido grave.
El pulso de Tessa se aceleró.
—Eso me gusta.
—¿Qué?
—Cuando te cuesta mantener el control.
Su mirada se oscureció.
—Cuidado.
—¿Advertencia o invitación?
—Información.
Tessa volvió a moverse.
Las manos de Rowan se cerraron alrededor de sus caderas.
No con fuerza suficiente para dejar marcas.
Sí para mostrar el esfuerzo que le costaba no hacerlo.
—Estás enfadada conmigo —dijo.
—Sí.
—Y aun así quieres esto.
—Sí.
—¿Por qué?
Él buscó algo en su rostro.
Tessa continuó.
—Porque la ira no es ausencia.
La presión de sus manos se suavizó.
—Porque puedo estar furiosa y seguir amándote. Porque puedo desearte y seguir diciéndote cuándo te equivocas.
El agarre de Rowan cedió.
—Puede que sea lo primero sano que hace cualquiera de los dos.
—No lo estropees sonando sorprendido.
Rowan la besó.
Esta vez el hambre entró abiertamente.
Tessa la recibió.
La boca de él se profundizó sobre la suya. Ella sintió el borde áspero de su respiración, la tensión de los muslos bajo su cuerpo y cómo la contención se desgastaba sin transformarse en descuido.
Tessa le abrió el cinturón.
Rowan la agarró de la mano.
—Espera.
—¿Qué?
—Protección.
Tessa miró hacia la puerta.
—Mi implante sigue vigente.
—Sí.
—Conoces mis análisis.
—Sí.
—Yo conozco los tuyos.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué?
Él apartó la mirada.
Tessa lo comprendió.
No era el riesgo.
Era el control.
Otro lugar donde detenerse y preguntar.
Le tocó la mejilla.
—Puedes decir que no.
—No quiero hacerlo.
—Puedes desearme y aun así detenerte.
—Lo sé.
—¿Lo necesitas?
Rowan volvió a mirarla.
—No.
Tessa le abrió el cinturón.
Su respiración cambió.
Primero lo tocó a través de los pantalones.
Rowan cerró los ojos.
—Mírame.
Los abrió.
La inversión hizo que el corazón de Tessa latiera más deprisa.
Lo liberó despacio.
La visión de su contención se convirtió en su propio tipo de calor. Él no empujó contra su mano. No la dirigió. La observó con la mandíbula apretada mientras ella aprendía el peso y la forma de su deseo.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Más?
—Sí.
Tessa lo acarició una vez.
Rowan echó la cabeza hacia atrás.
Ella sonrió.
—Ahí.
—¿Qué?
—Das menos miedo con la garganta expuesta.
La mirada de Rowan regresó.
—Nunca doy menos miedo.
—Tu ego ha sobrevivido admirablemente.
Su mano se deslizó entre los muslos de Tessa.
Se detuvo sobre la tela de sus pantalones.
—¿Puedo?
—Sí.
Él abrió los cierres.
Tessa se puso en pie el tiempo suficiente para quitarse los pantalones y la ropa interior. Rowan la observó sin intentar alcanzarla.
Aquella contención debería haberla hecho sentirse observada.
En cambio, era como mantener abierta la elección.
Regresó a su regazo.
La piel desnuda encontró piel desnuda.
Ambos inhalaron.
La frente de Rowan tocó la suya.
—Tessa.
—Sí.
—Dímelo antes.
—¿Antes de qué?
—Antes de que entre en ti.
El calor se hizo más intenso.
Ella se movió y lo sintió contra sí.
—Ahora.
Las manos de Rowan se colocaron para sostenerla.
Sin forzar.
Tessa se elevó, lo guio y descendió despacio.
La primera presión le arrancó el aliento.
Rowan se quedó inmóvil.
—¿Paramos?
—No.
—¿Más despacio?
—Sí.
Él no se movió.
Tessa controló el descenso.
La intimidad del momento llegaba más allá del placer. Observó el rostro de Rowan mientras su cuerpo lo recibía, vio el esfuerzo en los músculos de su mandíbula y la ternura que intentaba ocultar bajo la concentración.
Cuando lo hubo aceptado por completo, descansó contra su pecho.
Los brazos de Rowan la rodearon.
Sin apretar.
Esperando.
—Estás temblando —murmuró.
—Tú también.
—¿Dolor?
—No.
—¿Miedo?
—Un poco.
Su cuerpo se puso rígido.
Tessa le sujetó el rostro.
—No de ti.
—¿De qué?
—De lo mucho que importa esto.
Rowan la miró como si ella hubiera depositado algo frágil en sus manos.
—No sé qué hacer con eso.
—Quédate.
Él cerró los ojos.
—Eso sí lo entiendo.
Tessa se movió.
Despacio al principio.
El ángulo les arrancó un sonido a ambos. Rowan le sostuvo las caderas y la ayudó sin tomar el control. El ritmo surgió mediante ajustes, no mediante órdenes.
Tessa aprendió la profundidad que le cortaba la respiración.
Rowan aprendió el ritmo que le aflojaba la tensión de los hombros.
Cada pocos instantes, sus ojos buscaban los de ella.
No para comprobar si soportaba aquello.
Para saber si seguía allí.
—Sí —susurró Tessa.
Él la besó.
Tessa se movió más deprisa.
El placer se acumuló abajo, insistente, intensificado por la silla bajo ellos, las manos de Rowan en su cintura y la certeza de que en aquella habitación no había testigos.
Ningún padre.
Ningún Vale.
Ningún pasado que exigiera interpretación.
Solo las decisiones que seguían tomando.
La boca de Rowan llegó hasta su pecho.
Tessa jadeó.
Sus manos se cerraron en el cabello de él.
—Otra vez.
Rowan obedeció.
El placer ascendió.
No de golpe.
Por capas.
Cada movimiento se añadía a algo en lo que su cuerpo ya había decidido confiar.
La respiración de Rowan perdió su ritmo medido.
Tessa sintió cómo su control se hacía más tenue.
—No te vayas —susurró.
—No lo haré.
—Ni siquiera aquí.
Él levantó la mirada.
La comprensión le cruzó el rostro.
Había estado manteniendo una parte de sí mismo apartada.
Conservando la distancia suficiente para sobrevivir si el momento se convertía en pérdida.
Tessa tocó su cicatriz.
—Acércate.
Rowan la apretó contra él.
El cambio lo llevó más hondo.
Tessa gritó.
Él se detuvo al instante.
—Bien —dijo ella sin aliento—. Otra vez.
El siguiente movimiento hizo que el placer se rompiera dentro de ella.
Tessa se aferró a sus hombros, con cuidado de las heridas, mientras su cuerpo se cerraba a su alrededor. Rowan pronunció su nombre una vez, áspero y bajo, como si le costara más que cualquier confesión.
Tessa apretó la boca contra la suya.
Sintió que él la seguía.
Sus brazos solo se cerraron con fuerza cuando ella lo acercó más.
Durante varios segundos, ninguno se movió.
Sus respiraciones llenaron la habitación.
Rowan apoyó la frente contra el hombro de Tessa.
Ella lo sostuvo.
No porque necesitara protección.
Porque la ternura también era algo que podía elegir dar.