El nombre que quedó CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

CENIZAS SObrE EL AGUA

El sendero ferroviario se estrechó al dejar atrás Black Hollow.

A un lado, el río se apretaba contra una pared de piedra oscura. Al otro, el terreno ascendía bruscamente hacia el bosque. El musgo cubría las viejas traviesas y volvía inseguro cada paso.

Rowan no redujo la velocidad hasta que el molino desapareció tras la curva.

A Tessa le ardían los pulmones.

El hombro le palpitaba por culpa de la valla.

—Para.

—Todavía no.

—No puedo…

—Cuatrocientos metros más.

—Eso dijiste hace diez minutos.

—Esta vez lo digo en serio.

El sendero entró en un túnel de ramas colgantes.

Rowan la hizo pasar bajo ellas y se agachó cerca de la orilla.

Tessa se inclinó hacia delante, luchando por recuperar el aliento.

Él escuchó.

No había pasos.

Ni voces.

Solo agua y viento.

—Nos siguió desde Alder Ridge —dijo ella.

—Probablemente.

—Entonces sabía lo de Walter.

—O vigilaba la carretera.

—¿Por qué no nos atacó?

—Estaba solo.

—No lo sabes.

—No.

Tessa se enderezó.

Rowan había palidecido.

Una mancha oscura se extendía bajo su abrigo, cerca de las costillas.

—Se te ha vuelto a abrir la herida.

—Puede esperar.

—No.

—Tessa.

Ella sacó el botiquín de su bolsa.

—Siéntate.

Rowan miró hacia el sendero.

—Si nos alcanza…

—Le dispararé.

Las palabras salieron con facilidad.

Demasiada.

Rowan la estudió y luego se sentó en un tronco caído.

Tessa se arrodilló frente a él.

Le abrió el abrigo y le levantó la camisa.

La venda estaba empapada.

La sangre brotaba de una estrecha abertura en el costado, donde un cristal roto lo había cortado durante el accidente. La herida no era profunda, pero correr y trepar habían vuelto a abrirla.

—Necesitas puntos.

—Necesito tiras adhesivas.

—Necesitas las dos cosas.

—Haz lo que puedas.

Tessa limpió la herida.

Los músculos de Rowan se tensaron bajo sus dedos.

—¿Te duele?

—No.

—Mientes.

—Sí.

Ella alzó la vista.

La mirada de él descansaba sobre su rostro.

No sobre sus manos.

Ni sobre el sendero.

Sobre ella.

Aquella atención la inquietó más que la sangre.

—¿Por qué ha dicho Gideon que era tu cumpleaños? —preguntó.

—Porque lo es.

—¿No lo celebras?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¿Por qué?

Rowan miró hacia el río.

—Los cumpleaños presuponen que uno se alegra de haber sobrevivido otro año.

Tessa colocó una tira sobre la herida.

—¿Tú no?

—Unos años más que otros.

—¿Y este?

Los ojos de Rowan regresaron a los suyos.

Ella no tenía ni idea de qué veía.

Fuera lo que fuese, hizo que su expresión se volviera más cautelosa.

—Todavía no lo he decidido.

Tessa colocó otra tira.

—Yo me alegro de que hayas sobrevivido.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

La garganta de Rowan se movió.

Ella terminó de vendarlo y le bajó la camisa.

Sus dedos rozaron la superficie dura de su abdomen.

El contacto fue accidental.

Ninguno de los dos lo trató así.

Tessa retiró la mano primero.

Rowan se puso en pie.

—Tenemos que abandonar el sendero antes de que llegue al río.

—¿El retiro natural?

—Sí.

—¿Confías en la camarera?

—No.

—Pero confías en su mapa.

—Las carreteras y los senderos mienten con menos frecuencia que las personas.

Caminaron.

Después de varios kilómetros, el camino se apartó del río y se unió a una antigua pista de mantenimiento. Un letrero desgastado señalaba hacia Willow Glen.

Las nubes se acumularon sobre las montañas.

La luz adquirió un tono metálico.

Tessa miraba constantemente hacia atrás.

No apareció ninguna gorra gris.

Aun así, se sentía observada.

El bosque cambió a medida que ganaban altura. Los abedules dieron paso a los abetos, y en las sombras bajo los árboles caídos quedaban manchas de nieve antigua. El aire olía a corteza húmeda y piedra fría.

Rowan llevaba las dos bolsas.

Tessa protestó dos veces.

Él la ignoró dos veces.

En la tercera pendiente pronunciada, la pierna le falló.

Ella agarró la correa de la bolsa pequeña.

—Dámela.

—No.

—Estás cojeando.

—Tú solo tienes un brazo.

—También tengo paciencia, pero estás poniéndola a prueba.

Él le entregó la bolsa ligera.

—¿Contenta?

—Profundamente.

Llegaron a una carretera poco después de las dos.

Un autobús lanzadera pintado con hojas verdes estaba detenido junto al inicio de un sendero, con las puertas traseras abiertas mientras el conductor apilaba sillas de camping plegadas en el interior.

Tres excursionistas esperaban a su lado.

Rowan se detuvo entre los árboles.

El autobús llevaba el emblema de Willow Glen que aparecía en el folleto.

Tessa lo miró.

—¿Demasiado público?

—Lo público puede ocultarnos.

—Eso contradice todo lo que has dicho.

—Todo cambia cuando alguien ya conoce tu posición.

Rowan se quitó la gorra, se pasó una mano por el cabello y volvió a ponérsela en otro ángulo.

Tessa se metió el cabello dentro del abrigo.

—¿Qué somos? —preguntó.

—Una pareja que ha perdido a su grupo.

—¿Casados?

—No.

La respuesta salió demasiado deprisa.

Ella lo miró.

Rowan mantuvo los ojos en el autobús.

—Prometidos —dijo.

—Eso parece más complicado.

—La gente hace menos preguntas cuando cree que estás organizando una boda.

—La gente no hace más que preguntar sobre bodas.

—Pareces tener experiencia.

—He estado prometida dos veces.

Rowan se volvió.

—¿Qué?

—No oficialmente.

—¿Qué significa eso?

—Mi padre organizó presentaciones.

—¿Con quién?

—Con hombres de familias a las que quería tener cerca.

Una fría quietud apareció en el rostro de Rowan.

—¿Cuántos años tenías?

—Veintiuno la primera vez.

—¿Y la segunda?

—Veintitrés.

—¿Qué pasó?

—Dije que no.

—¿Y bastó?

—Al final.

La mano de Rowan se cerró alrededor de la correa de la bolsa.

Tessa casi pudo ver las preguntas detrás de sus ojos.

Qué había exigido aquel «al final».

Quién había pagado por su negativa.

Dio un paso hacia la carretera.

—Vamos.

El conductor levantó la vista cuando se acercaron.

Era joven, llevaba barba y un chaleco polar con el emblema del retiro.

—¿Venís de Black Hollow?

—Nuestro coche se averió —dijo Tessa.

El conductor miró las bolsas, el cabestrillo y el rostro amoratado de Rowan.

—Vaya avería.

—Carretera mojada —dijo Rowan—. Ganó el quitamiedos.

—¿Tenéis reserva en Willow?

—No.

El conductor hizo una mueca.

—Puede que las cabañas estén llenas.

—¿La zona de acampada? —preguntó Rowan.

—Las parcelas de arriba están abiertas. No hay servicios, salvo agua. La pasarela del lado oeste se la llevó la corriente, así que tendréis que tomar el sendero de la cresta.

—¿A qué distancia?

—Desde las piscinas inferiores, unas tres horas. Tal vez cuatro.

Rowan miró las nubes.

—¿Tormenta?

—Probablemente esta noche.

El conductor señaló el autobús.

—Puedo llevaros hasta el albergue. Allí os venderán equipo si no lleváis suficiente.

Rowan se apartó con Tessa.

—No podemos quedarnos en el albergue —dijo en voz baja.

—El hombre espera que sigamos avanzando.

—Espera que busquemos transporte.

—Entonces iremos donde no puedan llegar los coches.

—A la zona de acampada superior.

—Exacto.

Tessa miró el autobús.

—¿Y si alguien me reconoce?

—Mantén la cabeza baja.

—Lo dices como si mi cara se volviera invisible al agachar el cuello.

—Estás amoratada. En las fotografías no.

—Qué reconfortante.

Rowan miró hacia la carretera.

No se acercaba ningún vehículo.

—Sube al autobús.

Lo hicieron.

El interior olía a lana mojada y limpiador de pino. Tessa se sentó cerca de la ventanilla trasera. Rowan ocupó el asiento del pasillo, con las rodillas casi tocando el respaldo de delante.

Los demás excursionistas no les prestaron atención.

Uno dormía con auriculares. Otro revisaba fotografías. El tercero discutía en silencio con alguien por mensajes.

Desconocidos corrientes.

Tessa los envidió.

El autobús siguió el río durante varios kilómetros antes de tomar una carretera privada. Aparecieron señales de madera entre los árboles.

ARROYO TERMAL

ALBERGUE

SENDEROS SUPERIORES

El retiro ocupaba un valle protegido donde el vapor se deslizaba entre edificios de cedro. Un río ancho corría por uno de los lados, con sus orillas unidas por pasarelas arqueadas. Visitantes envueltos en albornoces cruzaban entre piscinas excavadas en la ladera.

Tessa contempló la escena.

—¿La gente paga por sentarse al aire libre dentro de agua caliente?

—Al parecer.

—¿Por qué?

—La gente paga por pasar frío después.

El autobús se detuvo junto a un gran albergue.

Rowan la ayudó a bajar antes que los excursionistas.

Frente al edificio de recepción había una tienda de equipo.

En el escaparate se veían mochilas, impermeables, faroles y tiendas enrolladas.

Rowan contó el dinero de su bolsillo.

Tessa vio su expresión.

—¿Cuánto?

—No es suficiente.

—¿Para qué?

—Para todo.

Entraron.

Una campanilla tintineó sobre sus cabezas.

El propietario estaba sentado detrás del mostrador reparando una bota. Tenía la cabeza afeitada, una barba gris y larga y unas lentes de aumento sujetas sobre las gafas.

Miró el cabestrillo de Tessa.

—¿Sendero superior?

Rowan asintió.

—Mal hombro para eso.

—Puede caminar.

—Puedo hablar —dijo Tessa.

El propietario sonrió.

—Bien. Hace más entretenidos los tramos cuesta arriba.

Rowan escogió la tienda más pequeña, un hornillo compacto, cerillas impermeables, dos tazas metálicas, paquetes de comida, un farol, cuerda, ponchos de lluvia y una única esterilla.

Tessa la levantó.

—¿Una?

—Peso.

—Frío.

—Peso.

Ella añadió una manta térmica.

Rowan volvió a dejarla.

Tessa la devolvió al montón.

El propietario los observó con interés.

—¿Estáis casados? —preguntó.

—No —dijo Rowan.

—Todavía no —dijo Tessa al mismo tiempo.

Las cejas del propietario se alzaron.

Rowan la miró.

—¿Qué? —murmuró ella—. Estamos prometidos.

—Esa historia ha durado cuatro minutos.

—Era tu historia.

El propietario sumó los artículos.

El total superaba el dinero de Rowan.

Él retiró la tienda.

Tessa volvió a ponerla.

Él retiró el hornillo.

Ella lo devolvió al montón.

—Necesitamos comida más que tazas de metal —dijo él.

—Necesitamos refugio más que carne seca.

—Hay salientes por el sendero.

—¿Piensas encontrar uno durante una tormenta?

El propietario se aclaró la garganta.

—Tengo equipo devuelto en la trastienda. Usado, pero en buen estado.

La atención de Rowan cambió.

—¿Barato?

—A mitad de precio. La tienda huele a eucalipto porque el último dueño la guardó con sales de baño.

—Bien.

El hombre desapareció tras una cortina.

Tessa se abrió el abrigo y sacó tres barritas de proteínas de un bolsillo interior.

Rowan la miró fijamente.

—¿De dónde han salido?

—Del Copper Kettle.

—¿Has robado en un restaurante mientras la cara de tu padre salía en televisión?

—Estaban en una cesta al lado de la caja.

—Eso no significa que fueran gratis.

—Había un cartel.

—¿Qué decía?

—Energía para el camino.

—No decía que cogieras tres.

—No especificaba.

Rowan cerró los ojos un instante.

—No puedes seguir robando cosas solo porque el lenguaje deja margen a la interpretación.

—Estoy aprendiendo flexibilidad de ti.

El propietario regresó con una tienda para dos personas descolorida y una esterilla enrollada.

Añadió ambas por una fracción del precio original.

Rowan pagó.

El hombre colocó un mapa del sendero sobre el mostrador.

—La zona de acampada superior está aquí. Pero, si queréis intimidad, tomad el desvío norte antes del mojón doce. Hay un viejo puesto de vigilancia contra incendios sobre unas piscinas naturales.

—¿Es accesible? —preguntó Rowan.

—En su mayor parte. El último tramo pasa por un paso estrecho entre dos rocas.

La expresión de Rowan cambió.

Tessa lo vio.

El propietario no.

—¿Cuánto de estrecho? —preguntó Rowan.

—Depende de lo que consideres estrecho.

—¿Cabría yo?

El hombre lo examinó.

—De lado.

La mandíbula de Rowan se tensó.

—¿Hay otra ruta?

—Más larga. La cresta quedó dañada en primavera. Yo no iría por allí después de que llueva.

Tessa tocó el mapa.

—¿Qué hay al otro lado del paso?

—Una terraza abierta. El servicio forestal la utilizaba como zona de acampada hace años. Una chimenea de piedra, agua y dos piscinas calientes. Nada lujoso.

—¿Es probable que haya alguien?

—Con este tiempo, no.

Rowan cogió el mapa.

Fuera, las primeras gotas de lluvia tocaron el techo del albergue.

Tessa se ajustó la bolsa al hombro.

—No tienes por qué tomar el sendero estrecho.

—Es la posición más segura.

—Para ti no.

Sus ojos saltaron hacia los de ella.

—Te vi en el molino —dijo Tessa—. Viste la gorra gris. Puedes dejar de fingir que nada te asusta.

—Nos vamos antes de que empeore la lluvia.

—Rowan.

Él se acercó.

Bajó la voz.

—El hombre que nos ha seguido sabe que hemos entrado en este valle. Los terrenos inferiores tienen una sola carretera y decenas de testigos. La terraza superior tiene un único acceso, agua y altura. Sabré manejar el paso.

El control que había en él se había vuelto quebradizo.

Tessa quiso discutir.

En vez de hacerlo, le tocó la muñeca.

—No tienes por qué manejarlo solo.

Durante un instante, él miró su mano.

Luego cogió la mochila más pesada y se volvió hacia el sendero.