El Nombre Borrado (El secreto de la Catedral de Burgos: Tomo II) BLOQUE 3
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El documento que más impresionó a Adrián no fue el más jurídico.

Fue una carta breve dirigida por Alfonso a un pariente.

No sabían si conservaban el original o una copia posterior.

La frase central decía:

“No pretendo quitar a Diego lo que justamente le corresponda. Solo pido que la casa no olvide que mi padre fue quien nació para continuarla y que yo no dejé de ser su hijo porque otros gobernasen mientras era niño.”

Clara permaneció en silencio.

Aquello ofrecía una imagen más compleja del conflicto.

Alfonso no intentaba borrar a Diego.

Reconocía que podían corresponderle funciones o derechos legítimos.

Lo que rechazaba era que la posición de Diego eliminara la suya.

La memoria posterior había simplificado una situación en la que ambas cosas podían coexistir.

La carta continuaba:

“Si mi padre no puede hablar, hablen los papeles.”

Adrián se quedó mirando la frase.

Cinco siglos después, los papeles seguían haciendo exactamente eso.

Fragmentados.

Recopiados.

Reclasificados.

Pero todavía capaces de contradecir una historia demasiado simple.

Martín encontró una referencia final:

“Remito copia de la relación que mi madre guardó desde mi menor edad.”

Inés reaparecía como custodia documental.

Había conservado una relación durante la infancia de Alfonso y aquella copia seguía siendo utilizada por su hijo adulto.

No podían identificar aún qué documento era.

Podía tratarse de una relación sobre la administración o de una pieza genealógica.

Quizá otra clase de resumen.

Lo seguro era que Inés había preservado documentación que después alimentaba la reclamación de Alfonso.

La petición principal contenía además una última frase:

“Y si se me niega el traslado entero, quede razón de que lo pedí.”

Eso explicaba por qué la petición había sobrevivido aunque el documento que buscaba todavía no apareciera.

Alfonso quería dejar constancia para el futuro.

Aunque no consiguiera la copia completa, quería que quedara registrado que la había solicitado.

La ausencia del protocolo no borraba su protesta.

Elena recibió una llamada antes de marcharse.

Cuando regresó, informó que Aguirre ya no trabajaba para la sociedad que había declarado representar.

Había dejado esa empresa ocho meses atrás.

Las solicitudes más recientes, por tanto, habían sido realizadas por cuenta propia o para otro cliente.

Aguirre no había revelado para quién trabajaba.

Eso no demostraba una conducta criminal.

Sí planteaba un patrón parecido al que habían visto con Llorca: especialistas que adquirían un conocimiento documental muy específico dentro de encargos profesionales y podían seguir utilizando ese conocimiento después de terminada la relación contractual.

Martín volvió entonces a una cuestión que todavía no encajaba.

Si Alfonso había reclamado durante tanto tiempo, debía buscarse alguna respuesta posterior.

No necesariamente una gran sentencia.

Podía haber un acuerdo.

También una resolución parcial.

Quizá la muerte de Alfonso hubiera interrumpido el conflicto antes de que existiera una conclusión clara.

Pero algo tenía que explicar por qué décadas después la continuidad vinculada con Diego aparecía mucho más consolidada.

La pregunta ya no era si Alfonso había reclamado.

Eso estaba demostrado.

La cuestión era qué ocurrió después de sus protestas.

Adrián recogió la carta.

Si mi padre no puede hablar, hablen los papeles.

Pensó en la inscripción cubierta.

En las genealogías donde Fernando desaparecía.

En los inventarios divididos.

En el protocolo todavía no localizado.

Fernando había perdido su lugar dentro de la memoria dominante.

Alfonso había intentado recuperarlo mediante documentos.

Clara se puso el abrigo.

—¿Qué sigue?

Adrián miró dos genealogías abiertas sobre la mesa.

Una conservaba a Fernando.

La otra no.

—Buscar la primera producida después de estas reclamaciones.

Martín entendió.

Necesitaban comprobar si la protesta de Alfonso había alterado la manera de representar la familia o si, por el contrario, la reducción había continuado como si aquella oposición nunca hubiese existido.

Adrián cerró la carpeta.

Ya sabía qué había pedido Alfonso.

No el lugar de Diego.

El suyo.

Y con él, el de Fernando.