BLOQUE 3
La nota más importante no estaba en una genealogía.
Aparecía en el reverso de una carta, aprovechando un espacio vacío.
Decía:
“La sangre de Fernando no se extinguió, aunque no se le dé asiento en el libro de la casa.”
Adrián quedó inmóvil.
Martín volvió a leerla.
El soporte y la escritura permitían situarla dentro del período general que estaban reconstruyendo, aunque no podían establecer una fecha exacta.
La expresión libro de la casa podía referirse a una genealogía o a otro registro familiar.
Eso todavía estaba abierto.
Pero el sentido de la frase era inequívoco en un aspecto.
La descendencia seguía existiendo.
El libro no la incorporaba.
Aquello no demostraba que el registro fuera ilegítimo ni que hubiese fraude.
Sí demostraba que alguien contemporáneo al proceso consideraba que la ausencia de una línea dentro de ese libro no equivalía a su extinción.
Era una conciencia explícita de la diferencia entre realidad familiar y representación documental.
Dentro del mismo conjunto apareció otra frase:
“No se borre en memoria lo que se ha separado en gobierno.”
Clara levantó la vista.
La advertencia era clara.
Una separación administrativa podía acabar produciendo una separación en la memoria familiar.
Otra vez aparecían los mismos conceptos.
Gobierno.
Memoria.
Pertenencia.
No como categorías inventadas siglos después por los investigadores.
Como preocupaciones documentadas en la propia época.
La tentación de atribuir aquellas notas a Gonzalo de Aranda era evidente.
Él estaba situado en el centro de la disputa y sus protocolos podían contener las actuaciones principales.
Pero no podían construir la autoría alrededor de una coincidencia conveniente.
Primero necesitaban comparar escrituras.
Elena recibió las imágenes y formuló la consecuencia práctica.
El protocolo del folio dieciocho era todavía más importante.
Si regulaba principalmente administración o patronato, no podía utilizarse automáticamente para sostener que la descendencia hubiera desaparecido.
Y si extinguía determinados derechos, habría que precisar exactamente cuáles.
Incluso en ese supuesto, el parentesco seguiría siendo otra cuestión.
Por primera vez, podían separar con absoluta claridad dos preguntas.
La primera era jurídica:
¿Qué derechos conservaba la línea de Fernando?
La segunda era genealógica:
¿Continuó existiendo esa línea?
La segunda ya tenía respuesta.
Sí.
La primera permanecía abierta.
La investigación contemporánea volvió a cruzarse con ellos.
El archivo informó que alguien había pedido una copia de la hoja donde aparecía “La sangre de Fernando no se extinguió” apenas dos días antes.
No había usado una identidad falsa.
La solicitud pertenecía a Víctor Aguirre, el gestor documental que ya había aparecido en las búsquedas de la rama apartada.
Aguirre decía trabajar para una sociedad privada y no quería revelar al cliente sin autorización contractual.
Había pedido el reverso completo de la carta.
La razón declarada era identificar la mano.
Estaba buscando al autor de las notas.
Exactamente igual que ellos.
La presión cambiaba.
Ya no estaban simplemente consultando las mismas fuentes.
Había una competencia activa por atribuir aquellas anotaciones.
Martín volvió a comparar las escrituras.
No pudo identificar al autor.
Sí consiguió establecer que, con alta probabilidad, una misma mano había escrito tres notas:
“Los de Fernando son de nuestra sangre.”
“No se niegue parentesco por no tener parte en el gobierno.”
“No se borre en memoria lo que se ha separado en gobierno.”
Aquella persona había seguido el problema durante un período relativamente prolongado.
Podía ser un notario.
También un familiar o un administrador.
No había base para decidirlo todavía.
La respuesta parcial apareció en un registro de firmas.
No era una identificación definitiva.
Pero las notas compartían determinados rasgos con documentos atribuidos a Gonzalo de Aranda.
La compatibilidad era suficiente para justificar una comparación seria con originales fechados.
No para atribuirle las frases.
Eso convertía a Aranda en una figura todavía más relevante.
No porque pudieran presentarlo como defensor de Fernando.
No sabían nada semejante.
Era importante porque había trabajado en el centro documental de la disputa, registrando actuaciones relacionadas con la casa y recibiendo documentación procedente de ambos lados.
Y ahora su escritura podía ser compatible con unas notas que advertían precisamente contra la confusión entre gobierno y parentesco.
Clara planteó que debían reconstruirlo.
Adrián mantuvo el orden correcto.
Primero los protocolos.
Después la persona.
Al final del día, Adrián volvió a las pequeñas anotaciones marginales.
No tenían la autoridad formal de una resolución ni la solemnidad de una genealogía.
Eran frases breves, a veces casi invisibles.
Pero conservaban algo que los documentos principales habían ido perdiendo.
Una resistencia a la simplificación.
Los de Fernando son de nuestra sangre.
Durante años, una versión había privilegiado quién gobernaba.
Otra memoria había insistido en quién pertenecía.
La primera terminó ocupando los documentos centrales.
La segunda sobrevivió en cartas y márgenes.
Un margen no tenía necesariamente más autoridad que una página completa.
Pero a veces conservaba la pregunta que la página había dejado de formular.