BLOQUE 3
Beatriz exigía otro método.
Después de su matrimonio, el apellido Valderrama dejaba de ocupar el centro de muchos documentos vinculados con su nueva casa.
Era normal.
Y precisamente por eso una rama femenina podía perder visibilidad con enorme facilidad aunque continuara existiendo.
Adrián encontró su rastro en una escritura de dote.
Entre los bienes entregados por Inés aparecía una fórmula relevante:
“Parte de los derechos que a la dicha Beatriz pudieren corresponder de la casa de su padre.”
El matrimonio no implicaba una renuncia automática.
El documento contemplaba todavía la posibilidad de que Beatriz tuviera derechos vinculados con la casa de Fernando.
No podía determinarse desde esa frase cuál era su alcance.
Sí demostraba que seguía siendo considerada parte del mundo patrimonial de su padre.
Muchos años después, otra escritura la identificaba como:
“Beatriz de Valderrama, hija que fue de Fernando de Valderrama.”
Ya era viuda.
Seguía viva mucho después de la reorganización de la casa.
Y continuaba siendo identificada por su filiación.
La ausencia en una genealogía general se volvía cada vez más difícil de explicar por desconocimiento.
La explicación funcional seguía siendo mucho más plausible.
Una genealogía preparada para el patronato podía no necesitar incluirla.
El problema surgía cuando aquel documento terminaba utilizándose para representar a toda la familia.
Martín envió otra nota:
“No busques solo descendientes. Busca testigos. Si una rama se pretende extinguida, los documentos de terceros son mejores que los producidos por la propia rama.”
Era la estrategia correcta.
No bastaba con utilizar papeles conservados por Inés, Alfonso o Beatriz.
Necesitaban fuentes donde nadie tuviera interés en defender la continuidad de Fernando.
Aparecieron varias.
Un comerciante reconocía una deuda con Alfonso.
Un notario certificaba un poder otorgado por Beatriz.
Un arrendatario mencionaba tierras de “los herederos de Fernando”.
Un testigo de Valladolid hablaba de “la casa de doña Inés y sus hijos.”
Ninguno de aquellos documentos pretendía construir una genealogía.
Y todos confirmaban la misma realidad.
La rama existía.
Alfonso y Beatriz no dependían ya de una única tradición familiar para ser demostrados.
Su presencia aparecía en fuentes de finalidades distintas.
La siguiente pista surgió en un inventario relacionado con el entorno de la rama de Diego.
Una entrada decía:
“Otra genealogía de la casa, diferente de la que sirve al patronato.”
Adrián dejó de leer.
Hasta entonces habían supuesto que la genealogía funcional del patronato podía haberse convertido en versión general simplemente porque otra tradición había dejado de circular.
Aquel inventario demostraba algo más incómodo.
Dentro del propio entorno dominante se distinguían conscientemente dos genealogías.
Una servía al patronato.
Otra era descrita como genealogía de la casa.
La nota era apenas unos años posterior a Juan de Olmedo.
Eso significaba que la diferencia entre ambas funciones todavía era conocida.
La segunda genealogía había sido prestada para copia.
No constaba su devolución.
La anotación conservaba un apellido:
Castañeda.
Podía relacionarse con la familia de Inés.
No era suficiente para afirmarlo sin más.
Pero la posibilidad merecía seguirse.
Si aquella genealogía distinta había terminado nuevamente en el entorno de los Castañeda, podía conservar una representación más amplia de la rama de Fernando.
Adrián ordenó mentalmente lo que ya podía sostener.
Alfonso sobrevivió a la minoría y reclamó derechos como adulto. Tuvo al menos una hija, Leonor.
Beatriz alcanzó la edad adulta, se casó y continuó vinculada patrimonialmente con la casa de Fernando mucho después de la reorganización.
Fuentes independientes confirmaban la existencia de ambos.
No había base para considerar extinguida la línea en el momento en que empezaba a desaparecer de determinadas genealogías.
El problema ya no era demostrar que Fernando había tenido hijos.
Era entender cuándo dejaron de contar dentro de una versión particular de la familia.
Adrián volvió a leer:
“Otra genealogía de la casa, diferente de la que sirve al patronato.”
Durante generaciones, algunos árboles habían creado la impresión de que Fernando no había dejado una descendencia duradera.
Ahora los nombres regresaban.
No como hipótesis.
Como personas documentadas mediante bienes, contratos y reclamaciones.
Y, dentro del mismo entorno donde aquella reducción había terminado consolidándose, acababa de aparecer la prueba de algo todavía más importante.
Había existido otra genealogía.
Una distinta de la utilizada por el patronato.
Y alguien se la había llevado.