Él no debió enamorarse de ella
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PRÓLOGO
El hombre que estaba frente a mí llevaba tres minutos muerto.
Yo llevaba cinco mirándolo.
No lloraba.
No gritaba.
Ni siquiera temblaba.
Solo observaba la sangre extenderse lentamente sobre el suelo blanco mientras intentaba recordar exactamente qué había ocurrido.
Pero había un problema.
No podía hacerlo.
O quizá sí podía.
Quizá simplemente no quería.
—¿Lo mataste? —preguntó una voz detrás de mí.
Cerré los ojos.
No necesitaba voltearme para saber quién era.
Él.
El único hombre que jamás debió encontrarme aquella noche.
El único hombre al que había jurado destruir.
Y, con el tiempo, el único hombre al que terminaría amando.
Abrí los ojos.
—No.
Él miró el cadáver.
Después me miró a mí.
—Entonces, ¿por qué tienes su sangre en las manos?
Bajé la mirada.
Mis dedos estaban cubiertos de rojo.
Sonreí apenas.
—Esa es la parte que todavía estoy tratando de recordar.