EL REGALO
Sentada en el suelo, hecha un ovillo, Marta vigila con terror la puerta del baño. Suda, las pupilas dilatadas, le tiemblan los labios: parece recitar una letanía sin fundamento, inaudible. Daniel insiste en que abra la puerta.
—Abre, tengo un regalo para ti.
—Vete —susurra sin fuerzas, incapaz de poder levantar más la voz.
—Es algo que te va a hacer mucha ilusión. Abre.
—Por favor, vete ya.
—Abre o será él quien lo haga.
La voz de Daniel es suave, dulce, no es una amenaza; es casi más una constatación.
Marta no responde. Espera en una tensión silenciosa. La angustia se agarra a su estómago cuando descubre que el cerrojo que ella misma ha echado se descorre por sí mismo, poco a poco, como si alguien invisible estuviera delante de ella abriendo la puerta.
—No.
No es un grito, ni siquiera es una queja. Es más bien el deseo inútil de que esa negación sirva como conjuro contra lo que está sucediendo, contra la imposibilidad de la realidad que está viviendo. El cerrojo se descorre por completo y la puerta se entreabre. Solo un resquicio.
Pero es suficiente.