CAPÍTULO 15 #3
Los dos se quedaron mirando fijamente a Aranda. Movió la cabeza de un lado a otro, nervioso, y empezó a decir frases cortas sin sentido. Su voz temblaba, y su mirada se dirigía hacia algo que nosotros no podíamos ver.
Se quedó en silencio durante un largo rato y después volvió a hablar. Esta vez parecía que estuviera envuelto en una especie de pesadilla de la que no podía salir. Su rostro se contrajo y se llenó de tantas arrugas que daba miedo mirarlo, y empezó a decir frases sueltas de nuevo.
No duró mucho. De repente cayó de nuevo en el silencio, dejó de agitarse y cerró los ojos. Luego suspiró profundamente y nos miró confundido. Se pasó la mano por la frente como haría alguien después de despertarse sudado de un mal sueño.
El señor Benavent intentó decirle algo, pero prefirió quedarse callado. Se formó un gran alboroto detrás de nosotros. Todos nos giramos hacia esa dirección. Los hombres se habían amontonado a un lado de babor, gritando y señalando hacia el mar.
Seguí la dirección de los dedos con la mirada. A lo lejos, algo se movía en el agua. Aquello que se desplazaba a gran velocidad era la misma criatura que había saltado al mar.
El capitán me gritó que corriera a buscar su pistola —colgada de un clavo del camarote— y se echó la culpa de no haberla cogido antes.
Corrí a cogerla lo más rápido que pude, pero al volver, ya no se veía la cabeza de aquella cosa.
Los marineros se asomaron por la borda de ambos lados del barco, en silencio, esperando a que aquella criatura volviera a aparecer.
El ayudante del carpintero discutía con Salinas en la escotilla. Acababa de subir, cojeando, y tambaleándose por la borrachera. Cuando se dio cuenta de que todos estábamos asomados al mar, nos miró.
—¡Si alguien toca a Bin juro por mi madre que le arranco las tripas! —gritó—. ¡Como si fuera el capitán quien lo hace! ¡Yo me lo cargo!
Los demás se rieron.
—¿Bin? —dijo el ayudante, con las manos en la cintura.
Comenzó a reírse también, sin apartar la vista de la navaja que Salinas tenía en la mano—.
Bin está bien. Es muy buen tipo el bicho, ¡te lo prometo!
—se giró hacia dos hombres que estaban cerca—.
¿Queréis saber cómo se llama el engendro ese? Este borracho os lo puede decir.
Tenía miedo de hacer esperar al capitán. Me marché y no oí más. Tenía pensado contarle al señor Benavent lo que había oído. Que hablase de la criatura nos iba a sacar de muchas sospechas.
Encontré a ambos discutiendo sobre si tenían o no que abrir fuego contra la criatura. El señor Benavent no quería malgastar munición si no era necesario, y solo usarla si la criatura volvía a subir al barco.
Cuando llegué con la pistola, el capitán me la quitó de las manos, y me regañó por haber tardado tanto en traerla. Después, arrepintiéndose por haberme regañado, se apartó hacia el otro lado de la cubierta.
De pronto, el ayudante del carpintero gimió herido y contrariado; bajó la mano y se dejó caer de espaldas al suelo, jadeando.
Tenía una cierta idea de lo que había pasado.
El señor Benavent se acercó al ayudante del carpintero y le ayudó a levantarse.
Chorros de sangre caían de las comisuras de sus labios.
En un momento vi caer algo blanco de entre ellas.
Quisimos preguntarle qué le había pasado, pero estaba demasiado conmocionado todavía como para responder.
Tuve que esperar para contarle al señor Benavent lo que había oído antes.
Ese payaso de Salinas estaba dando vueltas por la cubierta, un poco recuperado de la borrachera.
Se había separado rápidamente del ayudante del carpintero después de haberle pegado un puñetazo en la boca.
Los hombres de alrededor se burlaban de él mientras cambiaba de un lado a otro del barco, mirando el mar en todas direcciones, y mirando de reojo para comprobar si alguien lo estaba vigilando.
Nadie le estaba haciendo demasiado caso, aparte de las burlas y los insultos.
El contramaestre era el único que lo miraba de vez en cuando mientras fumaba junto al palo mayor.
Salinas se fue a proa después de un rato sin encontrar lo que estaba buscando.
Cuando el señor Benavent subió a cubierta, miró a su alrededor y me preguntó si sabía dónde estaba Salinas. Le dije que lo había visto dirigiéndose a proa, y me mandó a buscarlo para que fuera a su camarote a hablar con él.
—Lo voy a interrogar como Dios manda —le dijo el capitán mientras yo me marchaba—. Voy a hacerle comer su propia mierda para que nos cuente algo.
Lo encontré tirado encima de su baúl. Tenía una botella de alcohol en la mano, y la meneaba hacia delante y hacia atrás como un juguete.
Dejó de hacer eso en cuanto me vio. Su cara se contrajo en mil arrugas que acababan en la punta de su cabeza vacía. Su mirada se volvió algo sombría y estirada, y la sonrisa de borracho se le apagó hasta hacer desaparecer gran parte de sus labios.
—¿Ahora qué quieren de mí? —gritó cuando le dije que el señor Benavent le había ordenado ir a su camarote—.
¿No pueden dejar tranquilo a un pobre marinero?
Me da vueltas la cabeza. Vete y dile que no me encuentro nada bien para ir.
Anda, vete —añadió volviéndose a quejar—, y te doy una cosa que te gustará.
Tengo cosas muy raras. Mucho mejores que nada de lo que hayas visto jamás.
Te regalo la que más te guste si vas y le dices al señor Benavent que estoy muy enfermo.
De verdad —se pasó la mano por la frente—.
Creo que me estoy muriendo. Me encuentro muy mal.
—No voy a hacerlo —le respondí—. Lo que te pasa es que estás borracho. Será mejor que vengas conmigo, si no, se enfadarán. Ya te están esperando. Tanto el capitán como el señor Benavent.
—¿Qué? ¿También el capitán? —exclamó, acompañándolo de una palabrota y dándose golpes en la cabeza con los nudillos de su gran mano, expulsando todos los males que el alcohol le había provocado.
Después de un rato dándoles recuerdos a la familia de ambos, se incorporó y me siguió hasta el camarote, sin dejar de murmurar y quejarse para sus adentros de que se encontraba mal.
Al entrar por la puerta, el señor Benavent lo miró seriamente y le hizo un gesto con el dedo para que se acercara a él.
A Salinas no le gustó nada. Se quedó delante de él sin moverse, frente a la ventana del camarote que daba a popa.
Sus ojos sin vida parpadearon un par de veces antes de morderse el labio y tambalearse levemente hacia un lado.
—¿Qué queréis de mí? —dijo el pobre desgraciado. La mirada del señor Benavent, iluminada por el reflejo de la luna, atravesó los ojos de Salinas—. Tengo la cabeza como un tiovivo. Todo me da vueltas —balbuceó—. Gira y gira… y no puedo parar.
—No sé por qué, pero no me sorprende que estés así —respondió el señor Benavent, mirándolo por encima del hombro—. Ya sabes el motivo por el que estás así.
—No me hagas decirlo… —dijo Salinas con un tono ronco—, a no ser que fuera un nombre poco adecuado para hombres como vosotros .
—Ron —dijo el señor Benavent—. Ese es su nombre. Pero da igual. Si no puedes mantenerte en pie, siéntate.
El capitán iba a meter mano en la conversación, pero al fijarse en la expresión del señor Benavent no lo hizo.
—Muchas gracias —murmuró Salinas, y arrastró una silla hasta quedar frente a él.
—Salinas. Supongo que… —dijo el señor Benavent con sarcasmo, después de que Salinas se sentara en la silla— que tu gran amiguito, tu querido compañero, te haya dejado de repente debe de haberte dolido mucho.
¿Se te ocurre alguna razón por la que ahora ya no quiera estar contigo?
¿Habéis discutido, o algo relacionado con la gran cantidad de pescado que has ido acumulando?
El rostro de Salinas se descompuso. Se quedó mirando al señor Benavent sin saber qué decir. El capitán le dio un empujón.
—¡Vamos, hombre! —tronó el capitán, solapando el silencio que se había creado en el camarote—. ¿Vas a quedarte ahí como un palo? ¿No has oído la pregunta? ¿Qué tienes que decir, eh?
El marinero se levantó con esfuerzo de la silla, jadeando y tambaleándose hacia la derecha, pero consiguió mantenerse de pie.
—La verdad es que no sé de qué me hablas —dijo Salinas con la voz áspera y malhumorada—.
Yo no tengo ningún «amiguito» especial, que yo recuerde.
Bueno… solo Julio, pero no somos amigos íntimos, ni pasamos tanto tiempo juntos para decir que lo somos.
No sé si me entiendes. Y no es que él se haya alejado de mí.
Como ya te he dicho, no somos cercanos. Solo fuimos compañeros de barco, por así decirlo.
Y eso que dices del pescado… no sé de lo que hablas.
Es verdad que me gusta bastante, pero no sé qué tiene que ver con todo esto.
—¡Ya está bien! —lo interrumpió de pronto el señor Benavent—.
No intentes irte por otro lado con tus gilipolleces.
Sabes a qué me refiero con tu «compañero», o lo que sea eso; a cómo lo has escondido en el barco y lo has ido alimentando con pescado.
¡Dilo ya, coño! ¡Confiésalo! Más vale que lo hagas, porque como no nos cuentes cómo y cuándo encontraste a esa criatura, y por qué la subiste a bordo… te arrepentirás de haber nacido.
Se interrumpió a él mismo y miró hacia el capitán. Resoplaba con impaciencia, esperando una respuesta. El señor Benavent lo calmó un poco y continuó con el interrogatorio.
—Te lo advierto, Salinas. Si me mientes o te callas algo, lo lamentarás. Pero si eres bueno y cooperas te será más fácil. Piénsatelo bien antes de responder.
El capitán lo observó sorprendido, sin apartar la vista de Salinas. Al igual que yo, no esperaba encontrarse con un señor Benavent tan amenazador. El marinero estuvo callado durante un rato, balanceándose sobre la silla, peleándose en su cabeza por encontrar una respuesta que no sonara estúpida.