El niño del naufragio CAPÍTULO 15 #2
62%

CAPÍTULO 15 #2

—Yo en esto me pierdo —dijo riéndose y en un tono exagerado—.

Para mí solo son garabatos de niño. Como si fuera griego, me da igual.

Algo de latín sé, no voy a decir que no, pero no tengo ni puta idea de lo que pone.

Una vez, un amigo mío, madrileño, me pidió que le explicara lo que significaba su apellido.

¡Y qué iba a saber yo lo que significaba!

Me inventé cualquier cosa y le sirvió para quedarse satisfecho —hizo una pausa y continuó—.

Otro día, la señorita Isabel me sacó un plato de cerámica que había comprado en Grecia, y me pidió que le dijera lo que ponía en él.

Casi lo tiro por la ventana del cabreo. Al final se lo escribí en la servilleta para que dejara de molestarme con lo mismo —soltó una carcajada—.

Pero bueno… paro ya, que me estoy yendo del asunto.

—Un poco sí, la verdad… —contestó el señor Benavent, sonriendo.

Al mirarlo, me di cuenta de que estaba feliz. Yo mismo lo sentía cuando estaba cerca del hombrecillo mudo, una especie de alegría.

—Esto sí que es un misterio —dijo el capitán sacudiéndose las ideas de la cabeza—.

¿Qué coño les pasó? Y esos garabatos… de un loco…

¡Ah! ¡Ya lo tengo! —gritó golpeando la mesa con los nudillos—.

Todos se volvieron locos de repente, igual que ese hombre, y se tiraron al mar.

Tal vez porque tenían sed… no, no, eso tampoco tendría sentido, porque dijiste que había provisiones de sobra a bordo.

¿Entonces qué? Bah, no voy a romperme más la cabeza con esto.

Solo estamos perdiendo el tiempo, dándole vueltas a lo mismo hasta marearnos.

No habían terminado de hablar cuando escuchamos pasos por el pasillo.

Eran muy distintos a los que haría un humano, pesados y arrastrados, y tan suaves como las almohadillas de las patas de un animal grande.

Ese sonido sonaba extraño teniendo en cuenta que estábamos en alta mar.

Una fuerte sacudida recorrió mis venas hasta llegar a la cabeza.

Al poco tiempo, la puerta del camarote se abrió con violencia. Los latidos de mi corazón se detuvieron.

Allí, parado junto al marco de la puerta, apareció algo monstruoso.

Era pequeño, cubierto de una capa viscosa semitransparente.

Sus brazos y piernas enormes eran desproporcionadas para su pequeño cuerpo.

Sus manos y sus pies estaban palmeados como las aletas de un pez, o las aletas de una mantarraya.

Su cabeza ovalada se formaba por una frente larga y unos ojos grandes de color negro que salían de sus órbitas.

Verlo fue como recibir un golpe en el esternón. Era la misma aparición que había visto de reojo las otras veces. No estaba seguro, pero tampoco tenía dudas.

No fue más que un momento. El monstruo se dio la vuelta y desapareció por el pasillo.

El señor Benavent se levantó de golpe e intercambió una mirada con el capitán, con los ojos desorbitados.

Un segundo después salieron corriendo hacia la puerta.

Yo fui detrás de ellos, y salimos al pasillo hasta llegar a cubierta.

Nuestros hombres corrían en corrillo de un lado a otro, gritando en voz alta, aterrados de lo que habían visto.

El contramaestre se acercó a nosotros y señaló hacia el costado de estribor.

—¡Se fue por allí! —gritó, temblando, a punto de tener un ataque de pánico—. ¡Ha desaparecido! ¡Que Dios nos proteja de ese demonio marino!

Corrimos hacia la borda. El mar estaba tranquilo, salvo por algunas olas plateadas por la luz lunar que sacudían el barco con suavidad. Todavía había bastante luz para ver si había algo nadando alrededor, pero no vimos nada.

—¿Estás seguro de que ha saltado al agua? —preguntó el señor Benavent al contramaestre, que, junto a todos los demás, se había acercado detrás de nosotros.

—Se ha tirado por la borda —dijo él—, estoy seguro. He escuchado el chapoteo del agua. Los demás también lo han escuchado, ¿verdad muchachos?

—¡Sí! —añadieron algunos de ellos, cuando vieron que los demás asentían y juraban haberlo visto también.

—No hay ninguna duda de que ha escapado —volvió a hablar el contramaestre—.

Ha vuelto al mar, de donde salió. Ya había oído historias de demonios marinos, pero nunca me las he creído…

hasta ahora. Aunque… parece hecho de carne y hueso.

No veo por qué debe ríamos preocuparnos —dijo, sacando pecho—.

Solo es una criatura del mar, un animal salvaje, como quieran llamarlo. Un tritón, si queréis llamarlo así.

El señor Benavent asintió en silencio, y uno de los hombres soltó una carcajada.

—¿De qué coño te ríes? —preguntó el contramaestre.

—Pues… —respondió el ayudante del carpintero, burlándose—, me río porque pensaba que, si las sirenas son igual de guapas que el tritón, no hay ningún peligro de que nos enamoremos.

Eso hizo que los demás se rieran, y provocó algunas otras bromas por el estilo. El señor Benavent agradeció haber cambiado de tema. Esto sirvió para levantar el ánimo de los hombres, y que no estuvieran pensando en la criatura.

Tuvo que tener cuidado de que el capitán —que se decía algo para sí mismo— no perdiera los estribos por aquella tontería, y los mandó a todos a que hicieran otras cosas .

CAPÍTULO 16

—Bueno… —dijo el capitán, recuperando el habla mientras nuestros hombres se separaban—, lo que vimos no es otra cosa que lo mismo que vieron esos pobres hombres que creyeron que había un fantasma a bordo.

El monstruo se escondía por ahí, y entraba y salía cuando quería.

Pero… por Dios, ¿quién podría creerse que en este mundo pudiera existir un engendro tan asqueroso?

—No hay dudas de que es el mismo —respondió el señor Benavent—.

José María ya había visto a esa criatura antes de que subiéramos a bordo.

Ha contado todas las veces que lo ha visto —dijo, mirándome—.

Espero que no estés tan asustado como el contramaestre.

El monstruo es tan real como cualquiera de nosotros.

Pero ya se ha ido. No creo que vuelva después del susto.

Igual se esperaba a que lo recibiéramos con los brazos abiertos —hizo una pausa y miró al capitán—.

¿Y si todo esto tiene algo que ver con esa criatura?

Ya lo habrás notado. La manía que tiene Salinas con el pescado no es normal.

Es una idea un poco descabellada, pero… ¿y si no?

—¡Nada de eso! —saltó el capitán, mientras se movía de un lado a otro, a punto de estallar—.

A partir de ahora ya no voy a considerar nada que no tenga sentido.

Lo digo muy en serio. No estoy entendiendo nada de lo que está pasando aquí.

Si los demonios pueden colarse en el barco, si los monstruos de las profundidades pueden pelearse por comernos, ¡que les jodan!

¡Estoy harto! ¡Y espérate, que eso no es todo!

No hay que olvidar que ahora las luces son capaces de atravesar paredes, y que los locos escriben cosas raras en libros…

¡Bah! Lo acepto, como tú quieras. Me rindo.

Ya me creo lo que sea. Pero el payaso de Salinas…

—añadió, bajando un poco la voz—. ¿De verdad crees que tiene algo que ver con esto? ¿Cómo puede ser?

—A ver… No estoy seguro —contestó el señor Benavent—. Pero es un poco raro que se obsesione tanto por el pescado —y em pezó a nombrar una por una todas las veces que recordaba que Salinas se había empeñado en traer pescado.

Su insistencia me había parecido solo un capricho de marinero, pero viéndolo así, sonaba aún más siniestro y perturbador.

—Deberíamos hablar con él —replicó el capitán—.

Hacedle venir al camarote ahora mismo. Si esas sospechas son de verdad, y ha estado escondiendo a ese engendro aquí en el barco…

¡Le pienso obligar a cortarse cada miembro de su cuerpo él mismo, y luego se lo haré tragar crudo! ¡Quién se lo hubiera imaginado!

—Lo mejor es que nos aseguremos antes de nada —respondió el señor Benavent—. Pero antes podríamos preguntar a Aranda si ha visto a la criatura. Me parece raro que no haya venido.

—Cierto… ¿y por qué no lo ha hecho? —exclamó el capitán, dándose la vuelta—. ¡Yo mismo lo haré venir! ¡Eh, Aranda! ¡Ven aquí! —gritó caminando hacia la popa.

Aranda no se movió ni respondió a los gritos agudos del capitán.

Se quedó de pie en su sitio, con la boca abierta y honestamente pasmado hacia la nada.

El capitán lo volvió a llamar con un grito furioso e intimidatorio.

Al ver que este seguía sin hacer nada, se enfureció y corrió hacia él, apretando los puños a la altura de la cadera.

—¡Eres como una puta estatua, asqueroso reptil helado! ¿Nada te hace reaccionar? ¿Ni aun si cayera el cielo sobre nosotros?

Los marineros observaban el arrebato del capitán en silencio. El señor Benavent se dirigió hacia él para detenerlo.

—¿Qué estás haciendo? —le dijo—. ¿Crees que es momento para hacer tonterías? Todos nuestros hombres ya están bastante nerviosos.

Las palabras del señor Benavent hicieron recuperar la cordura del capitán, o la poca que quedaba de ella.

Sin embargo, Aranda seguía de pie junto a la borda, inmóvil, con una postura rígida.

Me recordó a aquella noche en que los hombres se asustaron por la visión del supuesto fantasma.

Su rostro pálido bajo la luz de la luna pasaría por el de un espectro.

Al acercarnos, giró la cabeza en muchas direcciones, rápido, como si hubiera visto algo flotando en el aire. Sus ojos vidriosos y sin vida brillaban con un resplandor cercano a la fiebre.

El primero en hablar fue el señor Benavent.

—¿Qué te ocurre, Aranda? —le preguntó—. No pareces tú mismo. El capitán te ha llamado un par de veces.

—No sirve de nada —interrumpió el capitán, apretando los dientes—. Está muy raro. Parece que no puede oír nada.