CAPÍTULO 14 #2
Eructé y grité cuando apenas estábamos a un kilómetro del barco. Mi cuerpo se llenó de escalofríos y calambres.
Hay cosas grandes y vacías que siempre me han puesto nervioso —casas abandonadas con las ventanas rotas, almacenes industriales y, sobre todo, los barcos que flotan a la deriva sin una sola señal de que haya alguien a bordo.
Ese tipo de cosas me hacía sentir como si alguien o algo estuviera esperando a que me quedara solo.
En este punto de la novela, mis lectores ya me habrán tachado de exagerado y de chiflado.
Me parecería normal si no tuviéramos en cuenta que nos dirigíamos a un barco en el que todos habían desaparecido por arte de magia.
Ver desde el pequeño bote aquel enorme barco, con sus altos mástiles y velas caídas en mitad del mar, no ayudó a calmar mis nervios.
Sin embargo, lo que sentía no era una simple sensación de vacío.
El silencio por sí solo me habría asustado.
Estaba seguro de que algo habitaba en el barco muerto, y no se podía ver ni tocar.
Ese algo se mezclaba con el aire caliente y sofocante.
Me acordé de los largos sermones de mi abuelo sobre el infierno.
Los recordé tan vívidamente que me preparé, inconscientemente, para ver la cubierta del barco abrirse en dos y escupir fuego desde sus entrañas.
Una cuerda larga y gruesa anudada colgaba desde la popa.
La usamos para amarrar nuestro bote y subir a bordo.
El señor Benavent nos pidió que nos quedáramos en cubierta y lo esperáramos sin tocar nada.
Se llevó a Salinas con él. Sus figuras grandes y robustas desaparecieron cuando bajaron por la escotilla .
Mis piernas no me permitieron quedarme quieto a esperar. Me paseé por la cubierta —siempre haciendo caso al señor Benavent de no tocar nada—, buscando algo que pudiera explicar el misterio de la desaparición de la tripulación.
Observándolo mejor, era un barco precioso —o más bien, lo había sido tiempo atrás—.
Habían arrancado gran parte de las tallas decorativas, más que en nuestro barco.
El color dorado de los pequeños detalles que se conservaban estaba desgastado; la humedad se había comido casi toda la pintura.
La superficie de la cubierta estaba llena de manchas de alquitrán.
Los espacios abiertos brillaban tanto como espejos, y hacían que las sombras que se formaban por las velas fueran sólidas y aún más oscuras.
El miedo duró un rato más dentro de mi cabeza. Comencé a pensar que el barco estaba maldito y que él mismo había sido quien había llevado a la tripulación a las profundidades.
Todos los que estábamos en aquel barco —incluido el señor Benavent y yo— estábamos expuestos al mismo final, algo que se escapaba a cualquier comprensión.
¿Qué otra explicación podía tener, si no? ¿Por qué toda la tripulación había desaparecido sin dejar rastro mientras todas sus cosas seguían intactas?
Deseaba que el señor Benavent volviera cuanto antes. Quería estar con él si le ocurría algo.
El sol se volvió insoportable. El cielo ardía como el hierro fundido, y el mar se revolvía con espesura, igual que el aceite.
Los rayos cálidos cayendo sobre mi cabeza me dieron sueño.
Una niebla pesada cayó sobre mis ojos, cubriéndolos de un color grisáceo hasta casi no ver nada claro.
Di un par de vueltas, girando sobre mí mismo, tambaleándome.
Intenté resistirme al sueño, pero caí redondo sobre un colchón que había cerca del palo mayor.
Entré en una oscuridad opaca. Mi cabeza se llenó de imágenes en blanco y negro de cosas extrañas y criaturas horribles. Tenía la misma sensación que se tiene antes de empezar una fiebre: una anestesia natural que recorrió cada uno de mis músculos para calmarlos.
De pronto, una barrera como de cristal difuminó cada una de las imágenes, haciéndome olvidarlas al instante.
Me desperté jadeando y moviendo las manos en el aire, como si quisiera coger algo que se me escapaba. El señor Benavent estaba de pie junto a mí. Se inclinó sobre mí para decirme algo.
—Tranquilo, no tengas miedo, solo ha sido una pesadilla.
—¿Una pesadilla? —pregunté en voz baja, todavía temblando.
—Puede que el sol te haya afectado —respondió—. Te daré algo del botiquín cuando volvamos al barco.
—¡Vámonos ya! —exclamé.
—Nos iremos muy pronto —dijo, con calma—. Pero aún tengo que hacer un par de cosas. Ven conmigo. Quiero enseñarte algo.
Lo seguí hasta el camarote principal. Se detuvo justo delante de la puerta, con la mano en el picaporte. Me asomé de puntillas por encima de su hombro y vi algo que no esperaba ver.
Sentado sobre una enorme silla de roble perfectamente tallada, junto a la mesa, había un hombre bajito y muy rechoncho. Su cara estaba un poco sonrosada y perfectamente afeitada. Vestía un elegante traje de color azul, muy parecido al del capitán.
Lo que estaba haciendo era tan extraño como el hecho de que estuviera en el mismo camarote que el señor Benavent había encontrado vacío antes. Ensartaba pequeñas cuentas de vidrio de colores en un cordón, como las que usan los niños pequeños para hacer pulseras y collares para sus madres.
No levantó la vista ni se volvió cuando entramos en el camarote. Mirarlo, ensartando una bolita detrás de otra, me relajó. El simple hecho de tenerlo cerca me alejó de todos los vapores que me asfixiaban desde que subimos al barco.
—¿Quién eres? —preguntó el señor Benavent. El hombrecillo no respondió. Tampoco pareció oírlo—. ¿Qué te pasa? —volvió a preguntar, pero siguió ensartando sus piezas acristaladas de colores—. ¡Eh! Te acabo de preguntar quién eres y qué haces en este barco. ¿Estás sordo?
El hombrecillo no respondió.
—Esto es muy extraño —añadió, al ver que seguía sin responder. Se acercó y le agarró del brazo—. Mira —dijo—, si estás fingiendo o haciendo teatro por algún motivo, te aseguro que conmigo no va a funcionar.
Al fin se movió de la silla. Lo hizo sin mirarnos en ningún momento, como si no estuviéramos allí con él. Se levantó muy despacio, cruzó el camarote con pasos muy cortos y abrió una pequeña puerta en la pared. De allí dentro sacó un libro. Luego volvió a la mesa y lo colocó abierto frente a él.
Era un manuscrito con pocas hojas, cubierto por una lona de vela amarillenta y desgastada.
Se sentó tan despacio como antes, y continuó incrustando piezas de cristal en la cuerda.
El libro estaba escrito en letra pequeña y ordenada, con muchos dibujos bien hechos. No comprendía nada de lo que ponía. El señor Benavent no dejó de mirar. Fui a preguntarle qué significaban todas aquellas palabras, pero no supo qué responder.
—Es increíble —murmuró, asombrado, y pasó algunas páginas, después de mojarse el pulgar con la punta de la lengua.
Pasó una página, luego otra, y luego volvió a hablar con nuestro extraño compañero. Intentó persuadirlo de que nos acompañase hasta nuestro barco.
—No entiendo nada —dijo el señor Benavent—. No sirve de nada hablarle. Está pasando de nosotros.
El hombrecillo no reaccionó a nada de lo que hacíamos. Luego de varios intentos agarrándole por los hombros y obligarlo a mirarnos sin éxito, nos cansamos. Solo sonreía y ensartaba piezas. Por un momento creí que no estaba en el mismo lugar que nosotros .
Mientras el señor Benavent leía el manuscrito, yo le eché un vistazo al camarote.
Era extremadamente hermoso comparado con el nuestro.
Las paredes estaban cubiertas con telas de muy buena calidad, bordadas y pintadas.
Estaban decoradas con espadas curvas, cimitarras, dagas y hachas de guerra, rodeadas con artes de escudos de oro.
Varias de ellas tenían empuñaduras con piedras preciosas incrustadas.
Frente a la ventana de popa había un cofre reforzado con tres bandas de hierro.
Estaba abierto, y dentro había una caja de madera, no mucho más pequeña que el cofre, trabajada con figuras de animales rodeados de árboles y arbustos.
Estaba casi llena de joyas de todo tipo, como anillos con diamantes, rubíes, esmeraldas y otros adornos caros.
Algunas de esas piedras preciosas estaban en bruto, sacadas directamente de alguna mina.
También había cuatro o cinco grandes bolsas de dinero, y algunas piezas de vajilla de lujo.
Jarrones de plata y una gran copa que parecía de oro puro.
El señor Benavent ya había mirado el cofre. Me dijo que tenía pensado llevarse la caja de madera a nuestro barco. La levantó y la envolvió con una tela de bordes dorados que había descolgado de la pared para que la tripulación no perdiera el alma por cogerla.
Sujetando el libro con un brazo, y la caja con el otro, volvió a dirigirse al hombrecillo.
—¿Vendrás con nosotros? ¿O prefieres quedarte aquí? Espero que aceptes nuestra hospitalidad a bordo.
No respondió tampoco, pero después de introducir otra pieza acristalada, guardó el resto en su pequeña caja, con toda la calma del mundo, la metió en el bolsillo de su elegante traje, se levantó y nos siguió hasta fuera. Su forma de caminar, tan lenta y rígida, me puso los pelos de punta.
Nuestros hombres se sorprendieron de que estuviéramos acompañados de alguien más cuando salimos a cubierta. Y no era para menos .
El señor Benavent les ordenó que bajaran al bote lo más rápido posible. Los seguimos detrás, cargando con algunas cosas que habíamos encontrado.
Sentarme junto al hombrecillo me alegró, al igual que lo había hecho antes cuando me encontré con él en el camarote. El sol comenzaba a caer. El cielo se volvió un mural de tonos rojos y naranjas, y mi mente voló hacia un lugar que no era del todo real, como el resplandor del oeste.