CAPÍTULO 11 #8
Algunas embarcaciones cargaban y descargaban mercancía junto a la orilla. Un hombre bajito y otro hombre negro carenaban un barco grande —es decir, estaban purgando las lapas y otras incrustaciones con fuego—. El humo subía en bocanadas blancas en el aire claro.
Cuando llegó la hora, el contramaestre sopló el silbato. Toda la tripulación se reunió alrededor del bote largo. Pronto se alejaron remando con los toneles de agua vacíos.
Poco después del mediodía, apareció el barco del capitán acercándose.
Fui corriendo a avisar al señor Benavent.
La puerta de su camarote estaba abierta de par en par.
Lo encontré sentado en su escritorio. Estaba rodeado de papeles, y en su mano sujetaba una pluma.
Cuando se dio cuenta de que estaba bajo el marco de la puerta, levantó la vista hacia mí.
Me miró seriamente. Pensé que estaba enfadado conmigo, hasta que un momento después, descubrí que solo estaba metido dentro de sus pensamientos. Sentí alivio.
Después de avisarle de que el capitán estaba a punto de llegar, aproveché para contarle también lo que había pasado con Francisco Salinas, el contramaestre y cómo había reaccionado Aranda.
No le hizo gracia que sospechara de ellos —de que Aranda y Salinas estaban compinchados de alguna forma—. Su reacción fue exactamente lo que me temía. Me escuchó sin interrumpirme, pero su mirada bastó para saber que no estaba fingiendo.
—Bien —dijo cuando terminé—, has hecho bien en decírmelo. Ahora quiero que estés atento a cualquier cosa que veas, pero no quiero que hables con nadie del tema.
Un rato después sonó la campana de la hora de la cena. Nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa. El capitán cortó un poco de carne y nos contó cómo había ido la visita con el Gobernador. Nos contó lo grande y bonita que era su casa, y todos los halagos que había recibido por su parte.
—Me recibió en su casa como si fuera un almirante de la armada —dijo con orgullo e hizo una pausa.
Me dio la sensación de que había dejado de hablar para que el señor Benavent también le hiciera un cumplido.
—No me extraña —dijo—. Ya has tratado con personas importantes más de una vez. Es normal que se te haya pegado algo de ellos.
—¿Lo dices en serio? —preguntó el capitán, dejando de comer y adelantándose en la silla, sonrojado.
—Lo digo muy en serio —respondió el señor Benavent—.
Al fin y al cabo siempre tendemos a parecernos a las personas que admiramos —al ver que el capitán lo miraba, dudando, continuó—.
¿Estabas diciendo que la casa del Gobernador era enorme, no?
¿Y por dentro? Escuché hace tiempo que a los portugueses de estas zonas les gusta tener casas grandes, pero que no se preocupan mucho por el interior .
—Tenía algunos cuadros muy caros, eso sí… —respondió el capitán, escuetamente; y pareció ensimismarse mientras comía.
Las palabras del señor Benavent le habían dejado algo en qué pensar .
CAPÍTULO 11
El señor Benavent me llevó a tierra después de cenar, como me había prometido. No voy a perder mucho tiempo describiendo todo lo que vi allí —ni lo recuerdo todo exactamente—. Solo contaré las cosas que considero importantes y lo que se me quedó en la cabeza.
Lo primero de todo, la ciudad de Natal me pareció mucho más grande de lo que pensaba al verla desde el barco.
Las calles principales eran amplias y estaban muy bien cuidadas; la mayoría de las casas tenía entre dos y tres pisos, construidas en piedra maciza, con muros gruesos y pesados; los techos estaban cubiertos por un revestimiento de tejas curvas, y algunas tenían balcones.
Los edificios más importantes eran visibles desde cualquier parte de la ciudad. Entre ellos se encontraba —como nos había contado el capitán— la casa del Gobernador portugués. También había muchas iglesias y conventos de monjas. El sonido de sus campanas resonaba en toda la ciudad.
Las torres más altas dejaban caer sombras eclesiásticas sobre los pequeños adoquines de las calles. Los frailes —algunos encapuchados, y vestidos con ropas negras, marrones y blancas— paseaban entre la gente como cadáveres.
El cuerpo de orden público recorría las calles con su uniforme de lino marrón caqui. Era común verlos apostando en las plazas o en algunos lugares escondidos.
La mayoría de personas que trabajaban en los pequeños comercios locales y en la calle eran negros o de piel muy oscura.
Cargaban mercancías hacia y desde el puerto a mano o con carretillas oxidadas, atendían a otros mercaderes y trabajaban como estibadores en el puerto.
Algunos de ellos acompañaban a sus dueños blancos, mientras estos se paraban en mitad de la calle a hablar y a fumar junto a otros hombres blancos.
Daban una bocanada de humo gris de vez en cuando .
Dos hombres corpulentos conversaban mientras se apoyaban en las barandillas de un balcón bajo. Tomaban café.
Había jardines tanto dentro como a las afueras de la ciudad. Estaban llenos de plantaciones de árboles frutales —especialmente naranjos y limoneros—, flores, hierbas y algunas hortalizas. Reconocí algunas de ellas —coles, nabos y cebollas.
El señor Benavent me explicó que el sasafrás, la raíz de serpiente y las castañas de Pará eran plantas que se usaban como remedio natural para curar algunas enfermedades.
Algunos árboles tenían formas curiosas. Uno tenía hojas grandes, anchas y planas. Me recordó a uno de los cuadros que tenía colgado mi abuelo en el salón de la casa de Cullera. Era una escena del jardín del Edén.
En los jardines había todo tipo de aves —tórtolas, palomas y un loro de colores vistosos que chillaba desde una de las ramas más altas—.
—¿Ves esto? —dijo el señor Benavent, moviendo el dedo hacia uno de los árboles—. En otra época del año habrías visto muchas más frutas. Son muy difíciles de encontrar en cualquier otra parte del mundo.
Aún quedaban algunas en algunos puestos del mercadillo.
Aprovechamos para probarlas. Una de ellas era de color verde y formaba una esfera casi perfecta.
Tenía el tamaño de una naranja pequeña. La otra era rojiza, y parecía una cereza, pero más plana y con los bordes acabados en punta.
Las dos eran refrescantes y tenían muy buen sabor, pero luego dejaban un punto ácido en la lengua.
El paseo principal era el lugar más transitado de la ciudad. Era una calle larga llena de farolas de aceite. La luz anaranjada que emitían daba de lleno en el mosaico de piedras que se formaba en el suelo.
Nos encontramos con dos de nuestros hombres hablando con dos mujeres negras ligeras de ropa.
En cuanto nos vieron, aceleraron el paso, empujándolas hacia delante para llevárselas con ellos.
Intentamos seguirlos, pero nos dieron esquinazo en una calle secundaria del gran paseo.
No los volvimos a ver hasta la vuelta al barco.
El señor Benavent se sintió bastante incómodo. Más tarde le pregunté por qué había reaccionado de aquella manera, pero me dijo que me lo contaría en otro momento. Y así hizo horas después.
Me contó que esos marineros solo buscaban tener relaciones sexuales por placer propio, y que no había nada de cariño ni respeto de por medio.
Y que eso solo les iba a dañar el cuerpo y el alma.
Según él, era como dejar que el óxido se introdujera en el cuerpo y contaminara todo lo que debería ser limpio y sano.
El comerciante con quien el capitán había hablado le había prometido llevar las provisiones al muelle una hora antes del anochecer, antes de que la tripulación regresara al barco.
Recorrimos una gran parte de la ciudad. Nos paramos en un puestecito gestionado por negros a descansar. Probamos los dulces típicos de la zona y el chocolate puro.
—Creo que ya va siendo hora de irse, hijo —dijo el señor Benavent, acabándose su taza de cacao. Su bigote se había teñido de marrón—. Debería estar allí para controlar la carga.
De camino al barco se nos cruzó una procesión católica. Todas las campanas de la iglesia empezaron a sonar cuando se pusieron en fila. Los chicos del coro entonaron al tono de la música. A lo lejos, unos perros callejeros respondieron al cántico con un alboroto de ladridos.
—Vaya espectáculo —dije cuando ya habían pasado por delante.
—Así es —dijo él, secamente—, ha estado muy bien, sin ninguna duda.
—No parece que te haya gustado mucho —le pregunté—. Pero aun así te has quitado el sombrero cuando han pasado por delante. ¿Por qué lo has hecho ?
—Porque esta gente pone todo su respeto y fe en estas exhibiciones —contestó—. Qué menos que darles una muestra de respeto hacia sus creencias y su cultura.
Mientras seguía hablando, pasamos junto a una tienda donde había monos domesticados, loros de diferentes colores, periquitos pequeños y amarillos, y otras aves que nunca había visto.
Le tiré de la chaqueta al señor Benavent para que parara.
Le pedí que me comprara un loro. El señor Benavent se lo pensó un momento.
—Escoge uno, anda —dijo, revolviéndome el pelo con su enorme mano.
Me llamó la atención uno de color azul, pero finalmente me decidí por el más pequeño de todos. Las plumas de su vientre y sus alas eran tan verdes como los jardines, y su cabeza amarilla recordaba el sol de verano.
El vendedor negro me lo entregó en una jaula grande dorada. El señor Benavent le dejó un par de monedas de plata sobre la mesa.
Cuando nos alejamos del puesto, el pájaro empezó a gritar. No dejaba de repetir « me dê batatas » una y otra vez. Su voz aguda nos hizo reír. Le pregunté si él sabía lo que significaba.
—Parece portugués… —dijo—. Creo que dice algo sobre patatas. Hasta los loros han aprendido a hablar.
Nuestros botes estaban en una playa de arena, cerca de una colina empinada. Una grúa con un enorme brazo de madera, cuerdas y poleas subía y bajaba cajas de mercancía. La habíamos usado de referencia para saber dónde habíamos dejado los botes.
La mayoría de nuestros hombres ya habían llegado. El contramaestre sopló impaciente su silbato. Algunos que estaban bajando la pendiente se apuraron para llegar a tiempo.
Las provisiones —que venían en cajas— ya estaban repartidas entre el bote grande y el bote auxiliar. A la tripulación le llamó la atención mi loro. Un grupo de hombres se acercó a mirarlo de cerca. Uno de los marineros que había huido con la mujer negra se acercó también .
—Me arrepiento de no haber comprado uno yo también. Hubiera dado todo lo que tenía encima para tenerlo entre mis manos.
—Bueno, ¿y por qué no lo has hecho? —le pregunté.
—Mmm… —dijo él, rascándose la cabeza—. Tenía miedo de que al capitán no le hiciera gracia que subiera un ave parlanchina a bordo de nuestro barco.
Los últimos en subir al bote fuimos el señor Benavent y yo. Me hizo una seña con la mano para que me sentara junto a él en la proa. Le hice caso. Cuando me senté, apoyé la jaula entre mis piernas. El loro no dejaba de moverse, inquieto.
— ¡Me dê batatas! ¡Me dê batatas! —gritó el pájaro mientras empujaban el bote para sacarlo de la arena.
De camino al barco, una fuerte ventisca me arrancó la jaula de entre las piernas y cayó al agua. La jaula se hundió, junto al pájaro.
Estuve a punto de llorar, pero entonces el señor Benavent me dijo que me compraría otro cuando volviéramos.