CAPÍTULO 6 #4
La conversación era sobre temas náuticos que todavía no comprendía ni me interesaban.
El capitán era quien hablaba casi todo el rato.
El hombre delgado solo abría la boca cuando se le dirigía la palabra, y respondía con dos o tres palabras, murmurándolas en voz baja, mientras sus ojos giraban sin parar del capitán al señor Benavent, y de vuelta.
Me quedé embobado mirando su rostro extraño.
Cuanto más tiempo pasaba sin apartar la vista, más raro se volvía.
De pronto, sus ojos giratorios lanzaron destellos luminosos y giraron hacia mí.
Me sobresalté sin saber muy bien qué hacer.
El banco en el que estaba tumbado crujió a mi espalda.
El señor Benavent escuchó el ruido y se giró también hacia mí.
Al ver que ya estaba despierto, me llamó para que me acercara a la mesa. Me dejó un sitio a su lado.
Ramón Sánchez —así era como se llamaba el capitán— se levantó de su silla y me tendió la mano de forma exagerada. Se la estreché con fuerza.
—Encantado de conocerte, joven —dijo, sacudiendo mi mano de arriba a abajo sin parar—.
No es la primera vez que tengo a un chico a bordo.
Hace unos años, un buen amigo me trajo a su hijo para que viajara conmigo hasta Italia.
Tenía más o menos tu edad. Su sueño era ver el mundo. Era un muchacho valiente.
Le respondí lo mejor que pude, aunque sin saber dónde quería llegar con eso.
Sonaba más a teatro que a una conversación entre dos personas que acaban de conocerse.
Mientras tanto, los ojos del hombre flaco seguían moviéndose de un lado a otro.
Ese vaivén mezclado con la luz del farol convirtió mi cabeza en una fiesta de luces hipnóticas y destellos de colores.
El capitán me lo presentó. Era el primer oficial, el señor Aranda, Héctor Aranda.
Se levantó de la silla torpemente e inclinó la cabeza a modo de saludo. Me miró de arriba a abajo con cara de asco y se volvió a sentar.
Sentí alivio cuando volvieron a su conversación. Aproveché que estaban a lo suyo para ponerme un poco de leche en el vaso y agarrar un trozo de pan sin sentir vergüenza.
Al poco rato, el capitán comentó que la marea ya había bajado lo suficiente y que ya era hora de zarpar. Todos se levantaron para ir a cubierta, y yo los seguí por detrás con el trozo de pan seco en la boca todavía.
El barco ya se había separado del muelle y cruzaba las primeras olas.
El capitán estaba de pie junto a la barandilla de popa.
Les ordenaba a los hombres que levantaran el ancla.
El contramaestre sopló el silbato y toda la tripulación corrió hacia el cabrestante.
Se colocaron detrás de las barras de metal de puntillas, y comenzaron a girar, tirando todos hacia la misma dirección.
Cantaban una canción animada —que yo nunca había oído— mientras el cable tenso se recogía.
Algunos otros se quedaron en cubierta ajustando las velas.
El señor Aranda estaba de pie en la proa dándoles instrucciones de lo que tenían que hacer.
La brisa marina corría en todas las direcciones, suficiente para mover el velero con muy poco esfuerzo. Sin darnos cuenta ya nos habíamos alejado del puerto.
Miré hacia la costa, y esperé a ver algo que reconociese.
Pero desde allí solo pude ver las grúas del puerto y más barcos —mucho más modernos— atracados en el muelle.
A lo lejos solo reconocí el campanario del colegio en el que me había convertido en asesino por segunda vez.
No vi nada que me recordara a la casa de mi abuela en Cullera.
Estaba demasiado lejos como para siquiera imaginarla.
De pronto la vista se me nubló de lágrimas.
Finalmente llegamos al mar abierto. El barco se movía por el Mediterráneo, meciéndose suavemente por encima de las olas tranquilas. El alegre sonido que producían los hombres ajustando las velas y hablando entre ellos llegaba entrecortado por el viento.
Estar en alta mar me asombraba. Me había pasado tardes enteras sentado en la playa de Cullera, mirando cómo los barcos desplegaban sus alas como enormes pájaros sobre el agua.
Y ahora estaba subido en uno. No era la primera vez que lo hacía, pero lo hice con la misma ilusión que tiene un niño cuando sube por primera vez.
Si se sabe mirar bien, las cosas de este mundo se pueden convertir en un juego. Lo que es real y la ficción se pueden unir en un solo punto. Algunos muestran el niño que llevamos dentro, y en otros, el hombre que somos capaces de ser.
Uno puede pasarse la vida diciéndose a sí mismo que la existencia es lógica, y cuerda.
Sobre todo cuerda. Y creo que es así. He tenido suficiente tiempo en la granja para pensar en ello.
Sin embargo, a veces se abre una diminuta grieta que no se ve, y por ella se cuela lo que es inexplicable.
Pensar en lo que me esperaba desde que subí al barco me envolvió en una burbuja, donde la razón se había disuelto con algo que tampoco habría podido explicar.
Todos mis males y tristezas se quedaron fuera de ella, flotando a la deriva, lejos de mí, esperando a convertirse en una mezcla homogénea de algas marinas y plancton.
Si hubiera necesitado distraerme con algo, lo hubiera hecho gracias al temperamento del capitán —muy distinto al que había mostrado en el camarote.
Se hizo evidente al cuarto día de navegación, cuando nos dimos cuenta de que estábamos más cerca de la orilla de lo que habíamos planeado.
Eso hizo que el capitán se enfadara. Tampoco se calmó cuando vio que otro barco detrás de nosotros estaba en la misma situación.
Lo irritó aún más. Se paseó de un extremo a otro de la cubierta como un animal sin conciencia, soltando insultos en el aire.
No pude dejar de preguntarme cuánto tiempo tenía que pasar hasta que perdiera el control y volviera a la orilla nadando.
A veces lo veía golpearse las manos entre sí, patear el suelo, arrojar su sombrero y correr como un loco ante cualquier provocación.
Admito que me pareció gracioso ver a un hombre de su tamaño y de su edad comportándose como un niño teniendo una rabieta.
Ninguno de los hombres de la tripulación se atrevió a reírse.
Había un hombre al que no parecían importarle en absoluto los ataques de irritación del capitán. Curiosamente, el capitán siempre evitaba tener un encuentro con él. La única vez que lo hizo fue más por accidente que por intención. Era capaz de tranquilizar al capitán solo con su presencia.
Lo vi con mis propios ojos. El capitán se enfadó una vez con el carpintero —era muy lento, y lo sacaba de quicio—.
Al cruzar la mirada con Pascual Roca, mientras sostenía el catalejo, vi cómo el capitán se quedó quieto, vaciló, y sus brazos cayeron sin fuerza hacia abajo.
Dijo algo en voz baja, se dio la vuelta y se alejó sin decir nada.
Pascual Roca era un marinero viejo. No era muy alto ni fuerte, pero su barba —larga y blanca— le daba un aire imponente. Tampoco lo había visto mucho mezclándose con la tripulación. Aun así, todos lo respetaban.
Tenía una forma un tanto peculiar de hablar. Era sencillo y natural, pero muy educado con cualquier persona. Daba igual con quién hablara, fuera el señor Benavent, el capitán o el ayudante del carpintero.
Normalmente, como digo, se apartaba de la tripulación siempre que podía.
Se pasaba sus ratos libres leyendo la Biblia, como lo hacía mi abuelo, aunque de forma distinta.
Antes de empezar la guardia, o después de terminarla, era normal verlo agachado a un lado de la proa con el libro abierto sobre las piernas, la cabeza inclinada, y moviendo los labios en silencio.
Su dedo seguía las páginas palabra por palabra .
Pascual era un seguidor de la Biblia muy diferente a mi abuelo.
El viejo me parecía un hombre bueno y tranquilo, y me gustaba estar cerca de él, aunque se pasara horas encerrado —como en un calabozo— en su rincón de leer.
Cuando levantaba la vista, sus ojos resplandecían como zafiros dentro de las órbitas, como si llevara algo por decir dentro del silencio.
El capitán trataba muy bien al señor Benavent, y conmigo se portaba bien dentro de lo que cabía, aunque ya no era tan amable como el primer día.
Tampoco me sorprendió. Sin embargo, nunca le dirigía la palabra al señor Aranda si no era para darle órdenes, y lo trataba peor que a los demás marineros.
Claramente le tenía una manía contenida.
No me puedo explicar la capacidad del señor Aranda para soportar todos aquellos comentarios sin reaccionar. No le afectaba en absoluto, o eso hacía ver desde fuera. Con los otros hombres era igual de frío, y siempre estaba distante, fuera de lugar.
Por otra parte, todos los marineros odiaban su existencia.
Se apartaban de él cuando se acercaba, y solo le obedecían por obligación.
Cuando el capitán o el señor Benavent no estaban delante, hablaban de él sin disimular, frente a sus narices.
El contramaestre era el que más a menudo lo hacía.
Era el tipo de hombre que se podría comparar con un esqueleto sin carne.
Un nervio andante que no paraba de agitarse y moverse.
A Aranda no parecían importarle tampoco los comentarios de los otros hombres sobre él. Estoy seguro de que si se hubieran metido con su madre delante de él habría seguido con su vida.
Me dio la sensación de que por sus venas corría agua en vez de sangre, o tal vez estuviera vacío por dentro, como un muerto después de ser diseccionado. Quizá fuera eso lo que sacaba de quicio al capitán.
Solo había dos cosas que conseguían que corriera sangre a través de su cuerpo.
Una de ellas era su extraño pasatiempo de pasarse horas construyendo maquetas de barcos.
Las figuras de la proa las tallaba a mano con madera.
Eran tan extrañas e interesantes —no sabría expresarlo de otra manera— que tenían la capacidad de poner los pelos de punta a cualquiera que las viera. Muchas veces no me atrevía a mirarlas.
No representaban escudos ni hombres ni mujeres ni figuras mitológicas típicas que pudieran usarse en un barco —al menos, ninguna que yo conociera—. Eran cosas deformes, pero conseguían tener algo de real, lo que las hacía aún más inquietantes.
Nunca conseguí caerle bien, pero nos teníamos un cierto respeto, que casi se podría considerar amistad.
Desde que lo vi por primera vez en el desayuno, sentí una fuerte repulsión hacia él.
No sabría decir por qué. Sus ojos rápidos y brillantes como chispas negras me ponían nervioso cada vez que le miraba a la cara.
Pero en realidad no era más que un niño grande. Y como cualquier niño, odiaba la oscuridad. La vez que lo vi perder los nervios fue porque uno de los marineros se retrasó al traerle un farol al camarote, y se quedó a oscuras durante un rato. Lo oí llorar.
La otra cosa que lo diferenciaba de un muerto —pero de un modo extraño— era su gran facilidad para contar historias raras y de terror.
Aunque me duela decirlo, me parecían más interesantes y escalofriantes que las que me contaba el señor Benavent en el molino.
Tenían tan poco sentido que habría creído que eran improvisadas.
Durante todo ese tiempo —quiero decir, en las primeras semanas de nuestro viaje—, el señor Benavent se quedaba dentro de su camarote durante horas.
Cuando salía a cubierta, solía quedarse quieto y en silencio junto a la borda, metido en sus pensamientos. Miraba el mar, paseaba de proa a popa, y volvía a empezar con lo mismo, sin dejar de acariciarse la barba. Sus cejas se fruncían formando dos pequeñas colas peludas.