El niño del naufragio CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

El barco estaba atracado junto a la orilla.

No era muy pequeño, pero tampoco era uno de esos trasatlánticos modernos que había visto alguna vez por las bahías.

Era un velero de casco robusto de madera.

Había oído decir al señor Benavent que pesaba unas doscientas toneladas.

Su popa alta y en pendiente lo hacía algo anticuado para navegar por aguas profundas.

Gran parte de la zona superior había sido recortada, como toda la ornamentación tallada de la popa.

Le daba un aspecto viejo que recordaba al de los barcos piratas.

Lo que más me llamó la atención fue la talla sencilla pintada de blanco en la proa. Representaba a la Virgen del Carmen —me explicó después el señor Benavent— con un manto algo desteñido por el sol y la sal del mar. Entre los brazos llevaba a Jesús, casi irreconocible.

El señor Benavent también la observaba.

—Mírala bien —dijo, sin dejar de mirar—. Ella es la patrona de los marineros. El barco es fuerza, trabajo duro, lucha contra todo pronóstico… pero esa es la mirada tranquila de un alma que nos protege.

Subimos a bordo mientras él hablaba, y nos dirigimos a la parte delantera, a la proa. Al entrar, bajo la luz de la lámpara, vimos a dos marineros recostados en el suelo, uno a cada lado, con la cabeza apoyada contra los compartimentos.

—¿Así es como hacéis la guardia? —dijo el señor Benavent—. ¿Qué significa esto? —exclamó, agarrando a uno por el hombro y sacudiéndolo hacia delante y hacia atrás .

El marinero no reaccionó. De su barba húmeda por el sudor solo salió un gemido.

—Está borracho —añadió, sacudiéndolo con fuerza de nuevo.

Señaló con el dedo una botella que estaba sobre el compartimento, junto a una taza de metal abollada.

—Es ron —gruñó, al destaparla y olerla. Estaba llena en tres cuartas partes—. Es extraño... no han bebido lo suficiente como para acabar así.

Se giró hacia el otro marinero. Este no parecía estar tan mal. Abrió los ojos poco a poco, parpadeó, y finalmente se despertó. Trató de levantarse, pero no consiguió mantenerse en pie y cayó de culo.

—¿Qué demonios significa esto? —preguntó Benavent enfadado, cuando el hombre pudo comprenderle—. ¿Así es como haces guardia, grandísimo inútil?

—No estoy borracho —balbuceó el marinero corpulento sin vocalizar.

Repitió la frase una y otra vez mientras intentaba levantarse. Cuando casi consiguió ponerse de pie, sus rodillas cedieron y volvió a desplomarse sobre el compartimento.

—No sé qué nos pasa —dijo, mirando de reojo a su compañero, que ahora se movía y respiraba con dificultad—.

No bebimos más que un trago entre los dos, con agua.

Nunca nos había pasado. Cada noche tomamos una copita, señor, al cambiar la guardia.

Se lo juro por mi madre, que en paz descanse.

No fue nada más que eso, y como prueba, mire la botella. ¡Está casi llena!

—Es cierto —dijo Benavent, observándolo con atención—. ¿Dónde conseguiste esa botella de ron?

—Me la dio un vendedor ambulante, señor —respondió el corpulento—. Se acercó al barco ayer por la noche. El ron sabía bien, pero seguro que llevaba algo dentro. Nos ha dejado hechos polvo.

—¿Un vendedor? —repitió Benavent, acariciándose la barba—. ¿Cómo era? ¿Puedes describirlo ?

—No, señor… —dijo el marinero—. Parecía un hombre normal, no me fijé mucho. Era algo alto, tenía una barba como la de usted, y una voz ronca. Eso es todo lo que recuerdo.

Benavent dio unos pasos por la cubierta. Sus zapatos resonaron en la madera.

—Esto no me gusta nada —dijo, al fin, preocupado—.

Parece que han puesto algo al ron. Es posible que intenten robar el barco.

Y yo no puedo quedarme aquí. Debo volver a la granja esta noche, cuanto antes, pero no quiero dejarlos solos —miró al otro hombre que estaba en el suelo—.

Tu compañero parece respirar mejor. Vamos a ver si podemos despertarlo. Anda, trae agua para lavarle la cara.

El marinero corpulento se levantó del suelo tambaleándose, y fue hasta el extremo de la proa. Después de unos minutos regresó con un cuenco lleno de agua salada.

—Con su permiso, señor —dijo, apoyando las dos rodillas en el suelo—. Conozco un remedio casero que puede ayudar. Me lo hacía mi abuela cuando estaba mareado. Vamos a probar si funciona.

Levantó el cuenco a la altura de los labios, pegó un buen trago, y con la boca llena se inclinó hacia su compañero. En lugar de escupirlo, sopló con fuerza y dejó salir el agua en una fina bruma que cubrió los ojos y los oídos del marinero. Lo repitió dos veces más.

El hombre aspiró con fuerza y a los pocos minutos volvió en sí.

—¡Ahí lo tiene, señor! —dijo el corpulento, aliviado—. No hay nada mejor que los trucos de la abuela.

Sin embargo, el señor Benavent seguía dudando qué hacer.

—Sería lo mismo —comenzó a decir— si los hubieran encontrado dormidos.

Quiero decir, si ese vendedor quisiera robarnos el barco.

Y no sacarían nada, al menos algo que yo fuera a necesitar.

No creo que haya muchas probabilidades de que fuera un intento de robo, pero es un poco extraño. Vamos fuera a tomar un poco el aire.

Cuando salimos, el cielo ya había oscurecido.

El señor Benavent regresó dentro y pidió a uno de los marineros que trajera una lámpara de la cabina principal.

Dijo que la necesitaríamos para el camino de regreso a la granja.

El hombre corpulento subió con la lámpara de aceite y se la entregó al señor Benavent.

Él me la pasó a mí para que la llevara durante todo el camino.

Todavía no había salido de la cubierta cuando mis pies se clavaron en el suelo, y mi corazón dio un vuelco dentro del pecho.

Al mirar en dirección a la orilla de la playa, aquella aparición espantosa de mi madre pudriéndose que vi —o creí ver— en la ventana del molino, me estaba observando por encima del borde del barco. Duró lo mismo que un parpadeo.

Solté la lámpara, y cayó haciendo un ruido metálico contra la cubierta de madera. La luz se apagó, y el aceite se derramó haciendo una mancha oscura que la madera no tardó mucho en absorber.

—¡Es ella! —grité, agarrando el brazo del señor Benavent—. ¡He visto su cara! La vi en el molino antes de venir. ¡Ahora está aquí, sobre la borda!

—¿Qué quieres decir? —dijo él, caminando de un lado a otro en la oscuridad—. No hay nadie en el molino. Está cerrado. Seguro que es tu imaginación… pero escucha —exclamó, deteniéndose a escuchar mejor.

Alguien gritó desde el puerto, rompiendo el silencio del anochecer. No sabía si venía de un hombre en peligro o de la criatura que me buscaba. Luego lo acompañó el sonido de unos pasos corriendo. Fueron desde la orilla de la playa hacia la ciudad.

—¡Vamos, muchachos! —dijo el señor Benavent.

No esperó a encender la lámpara de nuevo.

Trepó por la borda y saltó a la orilla. Los otros marineros y yo le seguimos detrás—.

¡Abrid bien los ojos y no os dejéis ningún lugar por mirar!

—ordenó mientras corríamos hacia el sonido—.

Pero no os alejéis demasiado de mí. Y no tengáis miedo de caer, aquí no hay nada con lo que tropezar.

Fue tal y como él decía. Nuestros ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, pero no vimos nada.

Solo arena mojada y trocitos de conchas rotas a los pies.

Me alegré cuando, después de dar muchas vueltas por la playa y parte del puerto sin encontrar nada, el señor Benavent dijo que ya era suficiente y volvimos al barco.

Antes de volver a la granja, mandó a los dos marineros que estaban de guardia que fueran allí mañana por la mañana temprano para ayudarle a llevar unas cosas al barco.

—Ya pueden descansar tranquilos en el barco —añadió—. Seguro que no era nada. Y si alguien rondaba por aquí, ya no volverá después del susto. Eso sí, tiren esa botella de ron al mar.

—Sí, señor, eso haré —dijo el marinero corpulento—. ¡Que se hunda y se pierda!

Subió al barco mientras le susurraba algo al otro marinero. Pronto apareció junto a la borda con la botella en la mano.

—Si en este mar hay alguna virgen o algún espíritu sediento, aquí tiene algo para beber —dijo sonriente, y lanzó la botella al agua.

El otro marinero encendió la lámpara, cuyo cristal no se había roto al caer, y se la llevó al señor Benavent. Pocos minutos después, escuché otro sonido en la orilla, debajo del barco. Se lo dije al señor Benavent, pero él se rió.

—Bah, será una ola o algún pececillo. ¿Qué podría ser si no? —preguntó—. ¿Te imaginas que es un ladrón que se ha escondido bajo el agua? —dijo, riéndose de mí.

Aun así se acercó a la orilla y bajó la lámpara para iluminar la oscuridad de la que provenía el sonido.

—Vámonos —dijo, cansado, dejando de mirar las aguas negras.

No puse pegas. Empezaba a temblar de frío, y me puse a su lado para hacer marcha.

La noche era fría, y el viento soplaba en paralelo a la pradera, cortándome las mejillas.

Los dos estábamos cansados y hambrientos.

Sonreí cuando llegamos al fin a la granja.

Cerramos bien las puertas y las ventanas, y asamos un poco de carne para cenar.

El viento se había convertido en un vendaval violento alrededor de la casa cuando terminamos de cenar. Golpeaba las puertas y las contraventanas, o cambiaba de dirección, haciendo gemir la chimenea. Me estremecí ante el espectral sonido del viento.

El señor Benavent movió su silla junto al fuego, y yo lo imité. Luego le pedí que me contara alguna historia de sus viajes por el mar.

—No —dijo—. Deberías escuchar la historia del viento. ¡Silencio!

Se inclinó hacia adelante y miró las brasas. Habían perdido color, pero seguían brillantes y anaranjadas.

Entonces oí el sonido del que hablaba. La chimenea silbaba, intentando decirnos algo. Giraba en pequeños torbellinos relajantes, y fue muriéndose poco a poco, hasta volver de nuevo al sonido fantasmal.

—Es muy suave —dije sin pensar—. Me relaja mucho.

Él asintió despacio.