CAPÍTULO 2 #4
Tardé varios minutos en darme cuenta de que estaba tumbado en una cama.
Llevaba la misma ropa puesta. Mi cara era un cuadro de bultos grandes y morados, decorado con algunos cortes rojizos por encima de la ceja.
Intenté incorporarme con ayuda de la almohada, pero la habitación daba vueltas, y el pecho me dolía al respirar.
Entonces escuché algo. Las voces de los chicos al otro lado, cuchicheando o burlándose de mí, como lo habían hecho hasta ahora.
—Te lo juro —escuché decir a uno—. Estaba muerto, seguro. Lo vi por el ojo de la cerradura. Estaba tirado en el sofá, con una sábana blanca encima. Parecía… no sé… un cadáver. Me dio un escalofrío y…
Dejó de hablar, y el otro lo interrumpió .
—Cuéntamelo mañana mejor, que tengo sueño. Pero... ¿Se lo van a llevar a la cárcel? Me refiero al loco que lo mató. Al chico nuevo.
—Claro que sí, seguro que se lo llevan esposado. Oí al doctor decirle a Don Manuel que llevara una carta a la policía, o algo así.
—¿En serio? Entonces mañana tendremos día libre, seguro.
—¡Habla más bajo, gilipollas! ¡Que sí!, es verdad. Si te digo la verdad… pienso que lo que ha hecho es para flipar. Para lo delgado que está, ha peleado como un guerrero. Cómo nos dio, ¿eh? Te juro que tengo ganas de decirle algo para que se vaya lo antes posible.
—¡Ni de coña lo haría si fuera tú! —le cortó el otro—. Podrían llevarte a ti en vez de a él por ser cómplice.
—Eres un payaso. ¿Quién lo sabría, eh? ¡Quiero hacerlo! A ver qué pasa…
—Tú sí que eres payaso. Si lo pillan, todo el mundo sabrá que fuiste tú quien se chivó.
El otro no respondió. Hubo un silencio que no parecía terminar. Yo seguía tumbado, luchando por poder respirar sin sentir dolor. Me pregunté si podían oír cómo mi corazón golpeaba contra mi pecho. Sonaba tan fuerte que parecía que estuviera a punto de reventarme las costillas y salir corriendo.
Al rato, uno volvió a hablar.
—Oye… Enrique —dijo—, ¿tú crees que la carta era una denuncia?
—¡Que sí! —contestó Enrique, hablando más fuerte—. Pero ahora cállate. Quiero dormir. Mañana lo hablamos.
Desde otra cama, alguien medio dormido preguntó qué coño pasaba. Después se oyó un murmullo rápido, como cuchillos chocando entre sí. Luego, silencio. Solo se oía la respiración de los que dormían, y el de mi corazón intentando escapar.
Uno de ellos no podía dormir. Estaba inquieto, moviéndose, girando a un lado, al otro. Los muelles de la cama rechinaban al mínimo movimiento. Después de una hora —una hora larga, o más, según me pareció— llamó en voz baja al otro.
—¿Estás despierto?
No hubo respuesta. Volvió a intentarlo, pero nada.
El chico se sentó y dejó que sus piernas colgaran hasta tocar el suelo. Lo vi vestido con un camisón blanco, como un espectro flotando en mitad de la noche. Se acercó a la otra cama, lo observó de cerca, y luego vino hacia mí.
—¿Me oyes? —susurró junto a mi oído—. ¿Puedes levantarte y caminar? Habla bajo.
—Sí —dije.
—Entonces ven. No digas nada. Tienes que escapar de aquí. Intenta no hacer ruido.
Me levanté poco a poco para que los muelles de la cama no chirriaran, y lo seguí hasta la puerta.
El chico la abrió con cuidado. Aguantamos la respiración —sentí un pequeño pinchazo, todavía— y nos detuvimos a escuchar.
Nada. Bajamos las escaleras sin ver nada.
Apoyamos las manos en las paredes frías para no tropezar, mientras los escalones chasqueaban a nuestros pies.
Uno de ellos sonó tan fuerte que tuvimos que parar un momento, y rezar para que nadie se hubiera despertado.
Nadie lo hizo, solo el tic-tac del reloj de la galería principal.
Después de una pequeña caminata por los pasillos, llegamos al vestíbulo. El chico abrió una puerta. Yo le seguí por detrás, como su propia sombra.
—Aquí guardan las llaves de la puerta lateral —dijo, palpando la pared con la mano.
Sus manos tantearon hasta que se encontraron con la que buscaba, colgada de un clavo mal puesto. Volvió al pasillo, me llevó hasta la puerta lateral y la abrió con un pequeño chirrido, pero menos fuerte que el del escalón .
Me sentí feliz de haber salido de allí. No hubiera sido posible sin el chico, del que ni siquiera sabía su nombre. Quise decirle algo, darle las gracias, e incluso darle un fuerte abrazo. Pero no me dejó.
—Vete ya —dijo—. Rápido. Y no digas nada.
Me largué sin mirar de vuelta al chico. La noche era tan negra como la tinta, y las estrellas, aunque estaban allí arriba, no brillaban como solían hacerlo.
Me abrí paso a través de un lugar que desconocía, agarrándome de un árbol a otro para no tropezar.
El suelo estaba cubierto de hojas recién caídas, aún pegajosas.
Me giré cuando escuché el sonido de una respiración a mi espalda.
No había nadie. La avenida de los portones aparecía y desaparecía frente a mis ojos.
Corrí hacia ella, hasta que sentí que en cualquier momento mis piernas se separarían de mi cuerpo.
Finalmente conseguí salir, y dejé atrás aquel lugar del que pensaba que no iba a salir jamás.
Eché a andar por el camino de piedras, sin saber a dónde ir.
No sabía el camino que debía tomar para volver a los brazos de mi abuela, pero si lo hubiera encontrado, me hubiera mandado de vuelta.
Llegué hasta el prado, siguiendo unas rutas de tierra que habían abandonado hacía siglos.
No vi a nadie más cuando crucé un sendero largo, salvo una rata tan grande como la palma de mi mano, que se coló en la cuneta en cuanto me vio.
Luego pasé por un campo de plantaciones de trigo y cebada.
Cuando pasé cerca de un bosque, el chillido de una lechuza o un búho —prefería pensar que eran lechuzas, los búhos me daban un poco de repelús— me hizo pegar un salto.
Cuando se me pasó el miedo, empecé a sentir —primero como una pequeña llama de una vela y luego como un incendio— culpa.
La culpa fue la primera en juzgarme, en llamarme asesino.
No uno, sino un doble asesino. Doble condenado.
Solo un alma perdida que está destinada a arder en el infierno por siempre, como el cadáver fantasma de mi abuelo .
Los minutos pasaban, y la cosa fue empeorando. A veces me sorprendía a mí mismo hablando solo. A algo que no había, que no existía. Solo era yo.
Había leído un viejo libro de filosofía, «El mundo como voluntad y representación» , un ejemplar que estaba entre los libros de mi abuelo. De pronto me acordé de unos versos, como si alguien estuviera a mi lado leyéndolos palabra por palabra, sin dejarse ninguna.
Vivir es sufrir, y solo la muerte pone fin a la tortura. Pero aun así, el hombre se aferra a la vida como un náufrago al madero.
—¡Agarradla vosotros! —grité al aire—. ¡Yo no! ¡Yo no quiero un trozo de madera podrida!
Intenté rezar como lo hacíamos en casa, como me enseñó mi abuelo cuando las cosas iban mal.
Juro que lo intenté, pero las palabras no quisieron salir de mi boca.
El tormento creció, se hinchó como un globo, y se volvió cada vez más insoportable.
Y de repente, una especie de relámpago estalló dentro de mi cabeza.
Sentí como si mi cerebro se rompiera y se convirtiera en polvo. Estuve a punto de volverme loco.
Y creo que lo habría conseguido de verdad si no hubiera sido porque mi cuerpo se rindió antes, agotado. Todos mis sentidos se apagaron de golpe. Me desplomé sobre la hierba. Y caí en el sueño .
CAPÍTULO 4
Me desperté con el sol abofeteándome en la cara.
Ya se había hecho de día. Mi cabeza giraba, temblaba por dentro, como si alguien removiera mi gelatina cerebral con una cuchara.
Las punzadas constantes en el pecho al respirar todavía no habían desaparecido.
Tenía el cuerpo agarrotado, dolorido y algo destemplado, casi afiebrado.
Sin embargo, cuando conseguí la suficiente voluntad como para girar la cabeza, miré el paisaje en el que me había despertado. Sentí algo parecido a cuando a alguien le cae dinero del cielo.
El bosque, una gran isla verde encima de un mar de praderas salpicadas con flores de todos los colores. Algo hermoso, que se esfumó cuando recordé la razón por la que estaba allí tirado en mitad de la nada, con heridas por todo el cuerpo.
Estaba hambriento, y tenía los labios resecos. No había bebido nada durante horas. Pensé que se resolvería cuando encontrara una casa o una granja, pero no me atreví a meterme en ninguna, así que me metí dentro del bosque.
Me tumbé entre unos matorrales y dejé que mi cabeza se llenara de pensamientos desesperados e ideas estúpidas.
Me había quedado solo. Nadie me esperaba, ni siquiera mi abuela, la pobre vieja que me había llevado allí para no tener que volverme a ver.
En medio del silencio, una soga tiraba de mi cuello hasta estrujarlo. No sé si fue real o solo parte de una metáfora que se había creado en lo poco que quedaba de mi cordura. La soga dejó de tirar cuando me vino la idea de formar parte de esas personas que asesinaban por placer.
Siempre me había dado miedo encontrarme con uno de ellos y que, por ningún motivo, decidiera que ese tendría que ser el último día de mi vida, pero me sentía predestinado a hacerlo también .
Ya lo había hecho sin querer, y no me costaría hacerlo a propósito
—Si eso es para lo que he nacido —me dije a mí mismo—, lo haré mientras pueda.
Esperaría a que cayera la noche, y atacaría al primero al que me encontrase y que fuera solo. Le golpearía con cualquier cosa que viera en el suelo, y lo mataría, así, sin más. No tendría que ser tan difícil.
Soy consciente de que esas palabras eran solo la causa del peso que caía sobre mis hombros, de sentir que no formaba parte de nadie, y de algún modo, darme cuenta de que me estaba volviendo loco, pero hizo que me sintiera bien, a la vez lleno de rabia.
Cuando mis pensamientos comenzaban a coger forma, apareció alguien.