El niño del naufragio CAPÍTULO 2 #3
4%

CAPÍTULO 2 #3

Caminaban rápido, mientras hablaban y reían entre ellos. Me pregunté cómo podían estar de tan buen humor en un lugar tan deprimente como era el colegio.

Tenía miedo de que me fueran a pegar como lo hacía mi abuelo. Cuando se acercaron, el chico más grande me miró, y los otros que lo acompañaban hicieron lo mismo.

—¡Oye, tú! —dijo el chico más grande, mirándome por encima del hombro—. ¿Quién eres?

—Soy… soy —dije mientras temblaba—, el nuevo alumno.

—¡Ohhhh! ¡El nuevo alumno! —dijo el grandullón, riéndose—. ¡Ja! ¿Y qué vas a hacer aquí? ¿Estudiar o llorar como una nenaza?

Se puso los puños encima de los ojos y fingió llorar exageradamente. Deseé con toda mi alma que se sacara un ojo con sus dedos gordos como morcillas haciendo eso. Los otros chicos se rieron a carcajadas. Supe enseguida que el nieto del vecino me había vendido al mismísimo diablo.

Algo dentro de mí se rompió en miles de trocitos. Las lágrimas comenzaron a quemarme los ojos, pero no podía moverme. El aire se volvió tan denso como el osmio de repente. Mi mano buscó algo inconscientemente, y agarró la manilla de la puerta, subiéndola y bajándola con fuerza .

Los chicos salieron corriendo como ratas y se escondieron detrás de un arbusto de laurel. Sabían con quién me iba a encontrar en la entrada principal.

La puerta se abrió de golpe. Era una monja.

Una mujer mayor con cara de tener pocos amigos.

Vestía con una túnica larga de color negro, y de su cabeza colgaba un velo, acompañado de una cofia blanca sobre el rostro.

Me miró desde arriba, como si yo fuera una cucaracha y estuviera a punto de pisotearme en su alfombra.

—Bueno, bueno... —dijo, con voz áspera—. Esto sí que es un buen recibimiento. ¿Qué te pasa, chaval? ¿Qué es eso de maltratar la manilla de esa forma? ¿Quién te ha educado de esa forma?

—Lo siento —murmuré mientras miraba la hormiga que subía por mi zapato—. No sabía... No quería…

—Claro que no querías —gruñó, y me empujó hacia dentro, diciendo algo entre dientes—. Niños... siempre igual. Como si no tuviéramos ya suficientes problemas…

Me llevó por el vestíbulo hasta una sala grande muy luminosa y silenciosa. Una pizarra enorme dominaba el espacio de la pared y un montón de pupitres se alineaban perfectamente. Todo olía a alcohol isopropílico y a papel de pared antiguo.

—No tardará mucho en llegar el maestro —dijo, y se marchó sin más.

Me quedé allí clavado, en medio de la semipenumbra que se creaba entre la puerta y la sala.

Miré sin mirar del todo el busto esculpido que había en una estantería.

Tenía una expresión bonachona, con el pelo rizado, barba, y una nariz gruesa y respingona.

Ver aquella cara me dio algo parecido a consuelo.

Pensé que podía representar al mismísimo Jesús de Nazaret, el hombre que aparecía tantas veces en la Biblia de mi abuelo —más tarde me enteré de que no era él—.

Cuando empezaba a sentirme tranquilo y el corazón me dejó de latir con fuerza, la puerta se abrió otra vez .

Entró un hombre alto, algo viejo y bien vestido.

Caminaba encorvado levemente hacia delante.

Lo hacía bruscamente, como lo haría un cangrejo.

Tenía el pelo rizado y una barba blanca como el busto que había visto, pero su cara era totalmente diferente.

Era flaca, seca y parecía estar de malhumor.

Nada que ver con la expresión amable del busto.

Su nariz era carnosa y grande, y tampoco se parecía en lo más mínimo.

El alivio que me había dado la cabeza de mármol desapareció. Me quedé quieto, mirándolo, sin saber qué hacer.

—¿Bueno, chico? ¿Bueno, señorito? ¿Se te ha comido la lengua el gato o qué? Deberías haberte preparado algo antes de venir. Dime, ¿qué has hecho desde que llegaste aquí?

Tragué saliva y levanté la mano hacia el busto.

—¿Eres… tú? —balbuceé.

Su cara se enrojeció de pronto, como si le hubieran echado un cubo de agua hirviendo. Me di cuenta de que el pelo rizado que tenía sobre la cabeza no era suyo, sino una peluca.

—¿Yo? —dijo, con una sonrisa encorvada que llegaba hasta los ojos, y empezó a caminar de un lado a otro del salón.

Encendió un puro y le dio una calada, dejando que el humo se le escapara mientras señalaba el busto con el dedo—.

¿Mi busto, eh? —repitió—. Tienes buenos ojos en la cabeza, chico. ¿Crees de verdad que se parece a mí?

—En realidad… no mucho —dije, y me arrepentí al momento.

Su cara ensayó una mueca tan fea que me dieron ganas de desaparecer.

—¿No? —gruñó, frunciendo el ceño—. ¿No se parece a mí? Pero lo has confundido conmigo, ¿verdad?

—Sí —dije—. Lo siento mucho… Puede que sí que se parezca a usted.

—¡Claro que se parece! —gritó él, haciendo que diera un paso atrás—. No eres más que un tonto, chico. ¿Cómo si no lo habrías confundido conmigo? ¡Respóndeme a eso !

No supe qué decir. Bajé la mirada y esperé a que se respondiera a sí mismo. En cambio, arrastró una silla hasta la estantería donde estaba el busto, y se dejó caer, dando un largo soplido.

—¡Bah, bah! Verás el parecido pronto. Mira esta cara —dijo, dando golpecitos en su peluca rizada— y mira esa —señaló el busto con un dedo delgado—. ¡Así! ¿Lo ves, no?

—Empiezo a verlo —murmuré, incómodo.

—¡Claro que lo ves! —exclamó—. Es obvio que soy yo. Eres un grandísimo bobo. Ya he perdido suficiente tiempo contigo.

Se acomodó en la silla y dio otra calada al puro.

—Sé quién eres, chico —continuó, inflando el pecho como un pavo real—.

He recibido cartas de tu abuela. Has venido aquí para aprender, y no es poca cosa, créeme.

Estudiar en un colegio es importante, no solo en apariencia —señaló el busto con el dedo—, sino también en inteligencia.

Algunos se parecen al gran filósofo… ¡Platón!

Pronunció el nombre de forma exagerada, como si fuera lo más importante que había dicho en su vida. Giró los ojos y retorció la cara en una mueca tan perturbadora que parecía una máscara de madera.

Luego pulsó el timbre del aula. A los pocos minutos, la monja que me había recibido apareció en la puerta, rígida como una estatua.

—¡Llévatelo de mi vista ahora mismo! —bramó, golpeando el suelo con el pie—. Solo es un inútil más.

Cuando la mujer iba a marcharse conmigo, el maestro la llamó de nuevo.

—¡Espera! Dime, ¿quién fue ese gran sabio ilustre que enseñó a la juventud ateniense?

—El filósofo Platón —respondió ella, gritando las palabras como si anunciara la llegada del rey.

—También fue importante —dijo el maestro, asintiendo con la cabeza— el poeta Luis de Góngora, que no solo enseñó a los jóvenes, sino que escribió también « La Fábula de Polifemo y Galatea », un poema que relata la historia de Polifemo, hijo de Poseidón.

Muy importante en su época. Y volviendo a los clásicos, ¿por qué habría de mencionar el nombre de Lope de Vega? ¿O a Miguel de Cervantes?

Después de decir esas palabras, nos echó del aula.

Seguí a la monja por el vestíbulo. Bajamos unos escalones y entramos en un pasillo con muy poca iluminación que olía a humedad. Desde algún sitio no tan lejano llegaba un ruido de muchas voces, amortiguadas, como si viniera de detrás de una pared.

La monja abrió una puerta al final del pasillo y me empujó hacia dentro. Las voces estallaron un instante, y luego se apagaron.

Al principio pensé que había entrado en la cueva del oso, pero no.

Era un aula larga y con el techo bajo, iluminada solo por un par de lámparas de araña colgadas del techo.

Había muchos pupitres y bancos, pero no tantos ni estaban perfectamente alineados como en el aula en la que me había llevado la monja antes.

Entre ellos, se agrupaba un grupo de chicos.

Ahí estaba el grandullón con cara de bebé y cuerpo de gigante que se había burlado de mí antes.

—¡Vaya, vaya! —fue el primero en hablar—. Pero mira a quién tenemos por aquí. ¡Al pequeño llorón de mamá!

Todos se rieron de su comentario. Aquello me sentó como una ola golpeándome en la cara. Se acercaron a mí, burlándose, haciendo muecas de las que se hacen a los bebés para que dejen de llorar y mostrando sus dientes largos como carámbanos.

Mi cuerpo se había separado de mi mente, y lo que se me pasaba por la cabeza no eran exactamente pensamientos, sino una frase que parecía un conjuro mágico que solía leerle al abuelo, un verso de los Salmos.

Muchos perros me rodean.

No pude sacarme esa frase durante un buen rato, y por alguna razón, me dio fuerzas para continuar.

Los niños continuaron burlándose de mi aspecto y acosándome.

Me preguntaban cosas tan tontas que no valía la pena responder.

Pero cuando no lo hacía, me zarandeaban, me tiraban del pelo y me retorcían la nariz.

Estalló algo dentro de mí que hasta ahora desconocía.

Rabia. Empecé a soltar golpes a ciegas con toda mi fuerza —o al menos, con más fuerza de la que solía tener— hacia todas las direcciones.

Como ya he dicho antes, era un chico delgado, pero tenía más fuerza de la que podía aparentar.

Grité todos los versos de los que me acordé de los Salmos mientras me lanzaba contra ellos.

Dejé de pensar, y dejé que la rabia actuara por mí.

No sentí nada de dolor. La adrenalina subió y bajó por mis venas de niño.

Los otros se echaron hacia atrás, asustados, menos el grandullón.

Su cara redonda, sonriente, de bebé, flotaba delante de mí como si estuviera cubierta por una neblina roja.

Le lancé un puñetazo con todo lo que tenía. Mi puño se hundió contra su cara, y la niebla roja se volvió negra y oscura.

Cuando volví en mí, me encontraba rodeado de sombras que se movían con rapidez.

Mi mente se había convertido en un bloque de cemento duro y sin salida.

No sabía lo que había pasado, y tampoco me importaba.

Solo quería quedarme quieto y esperar a que la tierra me tragara —o el demonio me viniera a recoger, como dijo mi abuelo—.