El niño del naufragio CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Mis abuelos vivían en una casa de campo grande y elegante, a las afueras de Cullera, Valencia —o la ciudad del Turia, como me acostumbré a decir—.

Mi abuelo había sido escritor cuando era joven, pero ya se había retirado cuando lo conocí.

Todos los días —prácticamente durante todo el día— se sentaba en su sillón de cuero junto a la ventana del salón, con los pies —muy hinchados por el mal funcionamiento de sus riñones— apoyados en un taburete alto que cogía de la cocina.

Se quedaba quieto durante horas para no empeorar la hinchazón, y esperaba a que bajara y se fuera el dolor.

Fumaba los cigarrillos que preparaba él mismo muy despacio; agarraba la flor de manzanilla de un plato que estaba junto a una Biblia vieja, en su gran caja de tabaco en lata, encima de la mesa a su lado, y la colocaba sobre el cigarrillo.

Cada vez que sentía una punzada en la planta del pie, maldecía a toda su familia, envuelto en un montón de nubecillas grisáceas del humo del tabaco. Entre sus maldiciones y sus palabras malsonantes, leía la Biblia o rezaba amargamente por alguien que veía pasar por la calle caminando sin dolor.

El aire de la casa siempre estaba cargado con el humo del tabaco junto con el dulce aroma de las flores de manzanilla. También hacía mucho calor. Mi abuelo siempre dejaba el fuego de la chimenea encendido, incluso en los días más calurosos de verano.

Las paredes de madera del salón estaban pintadas en blanco hueso, y los cuadros eran representaciones de Dios de todas las maneras posibles, o réplicas de pinturas de artistas como Velázquez o Goya.

La estantería ocupaba dos cuartas partes del salón, y estaba repleta de volúmenes de astronomía, pero nunca vi a mi abuelo leer otra cosa que no fuera la Biblia .

Del borde de la chimenea colgaban cintas de algas negras secas y rizadas como decoración. El reloj de latón que estaba sobre el poyete de la chimenea hacía un sonido áspero al marcar la hora.

Allí dentro todo era oscuro y húmedo, pero no para mí.

La infancia lo ve todo demasiado puro como para entender lo que significa la tristeza.

Ve los lugares más terroríficos desde detrás de una especie de manta opaca que hace que lo bueno parezca aún más grande e importante —y más duro también—.

Todos solemos cometer el mismo error. Creemos que lo que pasa rápido se ve borroso, o que no es del todo cierto; pero la realidad es que ocurre justo lo contrario.

Se ven las líneas más definidas y compactas, como algo que casi se puede tocar, pero no llega a ser del todo material.

Algunos otros recuerdos de la casa de mis abuelos —me refiero a la cantidad de flores y frutos que habían en el jardín de mi abuelo; girasoles tan amarillentos como la miel y pequeñas bayas con una coloración azul oscuro como la de las uvas— vienen flotando sobre mis pensamientos y se dejan caer sobre todos mis sentidos de una forma que no se puede expresar solo con palabras.

No recuerdo a mi abuelo como algo triste, pero sí con miedo.

Solía contarme historietas sobre las cosas paranormales que había visto en la casa, y me pedía que le preguntara a la abuela si no le creía.

Mi abuela asentía sin decir nada. Esperaba a que se hiciera de noche para hacerlo; cuando estaba a punto de irme a dormir —al menos estaba arropado en una cama cómoda y solo para mí—, para convertir mis sueños en pesadillas llenas de imágenes espantosas sobre el coco o la mujer que silbaba.

En una tarde de finales de octubre, mi abuelo se convirtió en el mismísimo diablo mientras sufría uno de sus delirios punzantes de dolor.

Su cara se contrajo en un montón de arruguitas, y su frente alta y calva sobresalió y se deformó bajo la luz de la lámpara.

Sus ojos se volvieron estrechos y se encogieron hasta convertirse en pequeñas piedras duras.

Arrojó la lata de tabaco al suelo, que se abolló en una de las esquinas, y su voz pasó a ser aguda y rota.

Cuando había empezado a tener miedo de su aspecto terrorífico y por sus palabras —que no pienso escribir aquí—, mi abuela se metió de por medio de inmediato.

—¿Cómo puedes decir tales cosas delante del niño? —exclamó ella, ajustándose la pinza del pelo y entornando los ojos como solía hacer cuando algo no le gustaba—. Me daría vergüenza hablar así… Yo…

—¡Que te calles, coño! —la interrumpió él, levantando la voz, aunque también estaba un poco avergonzado—. ¡Vas a malcriar al niño! ¡Yo solo lo hago por su bien!

—El Señor nunca quiso que… El Señor es amoroso y misericordioso —comenzó a citar ella, poniéndose una mano sobre el pecho.

—¡Silencio! —volvió a interrumpir mi abuelo—.

¿He estado leyendo la Biblia por más de setenta años para que tú me cites algo sobre Dios ahora?

¿Yo siendo corregido por una mujer? ¿Recibir lecciones por alguien que está por debajo?

¡Lo que me faltaba por ver! José María, tráeme la Biblia y líame otro cigarrillo, ¿quieres?

Fui temblando hasta el armario donde guardaba el tabaco y los papeles, aunque sabía que la caja estaba vacía. Ese mismo día me había mandado a comprar más, pero lo fui retrasando hasta que solo quedaba para hacer uno más, y lo poco que quedaba terminó desparramado por el suelo.

Fingí buscar por todo el armario hasta que tuve el valor para decirle que ya no quedaba nada de tabaco. Cuando se lo dije, me gritó con rabia por no haber ido antes a comprar. Mientras se retorcía por el dolor de los pies hinchados, agarró la caja de tabaco y la estampó contra la pared de madera.

En aquel tiempo memoricé muchos versículos de la Biblia; tenía buena memoria, y aparte de leérsela cada dos por tres a mi abuelo —como contaré más tarde—, él solía empezar las mañanas con oraciones de la Biblia al azar.

Tras mirar arriba y abajo la misma página, mi abuelo leía en voz alta algunas pocas palabras que elegía en ese pequeño margen —nunca pasaba de hoja—, tuvieran sentido o no en la oración improvisada que recitaba después.

La pronunciaba con tono lento y grave, arrodillado en el suelo y con los codos apoyados en los reposabrazos del sillón.

Mi abuela y yo lo imitábamos. Ella se arrodillaba como podía sobre el cojín rojo que guardaba solo para ese momento.

Esa pequeña parte de religiosidad de mi abuelo me resultaba agradable —y lo sigue siendo dentro de mi recuerdo—, porque me hacía esperar con el apetito de un niño el delicioso olor del desayuno recién hecho.

La charla de mi abuelo durante el desayuno era bastante diferente a sus palabras de agradecimiento a Dios por la comida.

La mayoría de veces solo eran quejas hacia la cocinera —o mejor dicho, hacia mi pobre abuela—.

Ella no le hacía mucho caso —aunque estoy seguro de que por dentro le molestaba—, y eso hacía que mi abuelo se enfadara aún más.

Ella no sabía estarse quieta, ni cómo montar un escándalo que asustara a mi abuelo. Solo lo vi pasar una vez, y fue por culpa de una mujer —mi tía abuela, la hermana mayor de mi abuela— pequeña y que estaba en los huesos.

Mi abuelo dijo algo que le sentó mal en una visita a su casa, y ella le plantó cara sin pensárselo. Nunca le tuvo miedo, y después de eso, ya no tuvo ningún motivo para tenerlo.

La relación que tenía con mi abuelo consistía sobre todo en hacer todas las tareas que me pedía, hacerle los recados del campo y los pueblos cercanos.

Casi todas las tareas eran de ponerme a leer, principalmente la Biblia.

Cuando ya podía leer bien, alrededor de los once años, dejé a un lado escribir y las operaciones matemáticas que me ponía mi abuelo.

Solo leía la Biblia durante varias horas antes de almorzar, y una tarde a la semana si no había nada que hacer, mientras él fumaba sus cigarrillos y se quejaba de los dolores.

Si me equivocaba o no tenía clara una palabra, él se ponía nervioso —lo que hacía que aún leyera peor—.

Y cuanto más nervioso se ponía, más le temblaban las manos, le subía el calor a la cara y la inflamación de sus pies empeoraba, cosa que le volvía insoportable.

Siempre terminaba quitándome la Biblia de las manos y lanzándomela a la cabeza.

Por eso me gustaba salir a hacer los recados, porque podía estar muchas horas lejos de él, pero a veces tenía miedo de encontrarme con un ladrón por el camino y que me hiciera daño.

También odiaba que me enviara a la botica de la calle principal.

El boticario era un hombre mayor, con la cara redonda, achatada y sonriente, y sus ojos eran tan fieros como los de un tigre. Me daba mucho miedo.

Cuando hacía algo mal, mi abuelo me castigaba —que casi siempre era sin querer, porque nunca me atrevía a hacer algo que le molestara a propósito— azotándome con la hebilla de su cinturón.

Mientras lo hacía, él recitaba en voz lenta una lección de la Biblia, y cuando terminaba, los azotes también paraban; pero si estaba de mal humor, tanto la lectura como el dolor duraban más.

Sin embargo, mi abuela siempre fue buena conmigo, y a veces se entrometía con el abuelo para ayudarme, pero solo hacía que fuera peor el castigo. Después de una de sus palizas por culpa de ella, le supliqué que no se metiera más por mí, porque algún día de esos me iba a matar.

Antes del siguiente castigo, mi abuela me llevó a la cocina y me reforzó los pantalones con un trozo de lona; al principio me ayudó, pero cuando el abuelo se dio cuenta de que podía aguantar el dolor mejor —la lona soportaba los golpes más fuertes—, y descubrió que llevaba un trozo de lona por dentro, comenzó a pegarme con tanta fuerza que creía que me había roto los huesos.

Además, de alguna manera, mi abuelo se enteró de que tenía miedo de encontrarme con un ladrón por el camino mientras hacía los recados, y decidió mandarme lo más tarde posible para que tuviera que regresar después de que el cielo se oscureciera.