El niño del naufragio
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CAPÍTULO 1
Muy pocas personas saben quién soy realmente, así que empezaré desde el principio. ¿Quién iba a decir que nacer y pasar gran parte de mi infancia en alta mar me llevaría a conocer tantas cosas increíbles y extrañas?
Mi padre era el capitán de una pequeña embarcación con la que navegaba por el mar Mediterráneo, el océano Atlántico y las pequeñas islas que forman el Caribe.
Mi madre siempre lo acompañaba en sus travesías marinas, a pesar de no hacerle mucha gracia el océano.
Siempre había dicho que aquello no estaba hecho para ella y que no le gustaba la idea de que yo formara parte de esa vida.
Aun así, decidió callarse y seguir el camino en silencio.
Los pocos recuerdos que me quedan de mi padre —que, como contaré más adelante, fueron, por desgracia, muy cortos— coinciden exactamente con lo que mi abuela me contaba sobre él.
Era un hombre de gran corazón, fuerte como un roble, de carácter reflexivo y un poco melancólico por naturaleza.
Desde muy pequeño sintió una fuerte fascinación por todo lo relacionado con el mar y con lo que se adentraba en sus profundidades.
Según mi abuela, mi padre se pasaba largas horas del día sentado sobre las rocas, observando los barcos que pasaban frente al puerto donde vivían.
En aquella época, mis abuelos le regalaron un barco de juguete grande y elegante por su cumpleaños, sin poder imaginar —como me contó tiempo después— que con ello alimentarían el deseo de mi padre de tener un barco cuando fuera mayor.
Fue tanto así que, siendo todavía un muchacho de diez años, nada le satisfacía más que la idea de embarcarse y recorrer el mundo con su propio navío.
La pobre mujer intentó de cualquier manera disuadirlo de seguir ese camino, pero mi abuelo no solo lo apoyó en su decisión, sino que, en cuanto tuvo la edad suficiente, lo llevó con un capitán valenciano para que aprendiera el oficio.
Con él zarpó rumbo a Italia, y fue quien le enseñó todo lo que sabía .
No sé exactamente cuáles fueron las razones que llevaron a mi abuelo a animar a mi padre a hacerse marinero y a surcar las aguas.
Fueran buenas o malas sus intenciones, no soy nadie para juzgar su decisión, sobre todo teniendo en cuenta que con los años se volvió duro y arisco.
Fue justo en esa época cuando, después de perder a mis padres, fui a vivir con ellos a su casa, en Cullera.
Durante esos años, solo lo escuché mencionar a mi padre una vez, en una conversación entre mis abuelos. Ella le reprochaba haberlo mandado al mar.
—¿Qué dices? ¿Te vas a poner a quejarte del mar ahora?
No tienes ni puta idea —respondió él—. ¿Nunca leíste lo que dijo Eclesiastés?
«Todos los ríos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven a correr».
Anda… ¡cállate, mujer!, y deja de meterte en asuntos que no entiendes.
Citar un versículo de la Biblia no hace a nadie más religioso. Dejaré que mis lectores lleguen a su propia conclusión en el próximo capítulo sobre si mi abuelo lo era o no.
Los recuerdos que guardo de mi madre están rodeados de una dulce etapa con olor a infancia: un corto paraíso que solo se nos concede durante una pequeña parte de nuestra vida.
Su muerte me dejó totalmente destrozado durante muchos años y, a decir verdad, puede que sea algo que nunca llegue a superar.
Sentí un vacío profundo dentro de mí, que ni siquiera la ternura y bondad de mi abuela pudieron llenar con el tiempo.
Una madre es una madre, y así será por siempre.
He decidido contar esta pequeña etapa de mi vida principalmente por una experiencia que me ocurrió cuando tenía entre dos y tres años, si no recuerdo mal. Es el recuerdo más antiguo que conservo, cuando apenas era un renacuajo.
Fue solo un extraño aviso de lo que vendría después; de aquellas luces que vi en el mar durante mi viaje con el señor Benavent, como relataré más adelante .
Las primeras escenas que se nos presentan al nacer son oscuras, como los comienzos de la Creación. Y luego, una luz extraña y encantadora es la que nos hace abrir los ojos a la percepción del mundo tal y como lo conocemos.
Ocurrió de noche, durante uno de los viajes de mi padre —aunque no sé en qué lugar pasó exactamente—, cuando, mientras me llevaban en brazos desde la cama hasta la puerto de la cabina del barco —supongo que fue mi madre quien me llevaba—, y después de insistir una y otra vez para que mirara, vi en el agua unas luces enormes y resplandecientes.
Eran tan brillantes como el sol, tan suaves como la luna, y relucían en tonos azules y verdes, como el nácar de una ostra.
Cuando tenía siete años, el barco de mi padre naufragó después de partirse en dos durante una tempestad frente al estrecho de Gibraltar.
El mar se tragó a mi padre, a mi madre y a cada uno de los tripulantes.
Yo mismo los vi desaparecer entre las olas negras, mientras gritaban mi nombre, hasta que el agua los arrastró hacia sus profundidades.
Pero —porque Dios lo quiso así— a mí me escupió sano y salvo en la orilla de una playa que desconocía.
Todo esto ocurrió durante una noche, mientras todos dormíamos.
El recuerdo que tengo de aquello no es como un hecho real que se pueda confirmar con seguridad, sino más bien una escena revuelta, parecida a lo que se ve en un sueño.
Estaba llena de oscuridad, estruendos retumbantes, pisadas rápidas y voces que gritaban en todas direcciones, con estallidos tan repentinos como un trueno y ráfagas de viento violentas y terribles.
Quiero recordar la voz de mi madre en mi cabeza, llorando y lamentándose de lo ocurrido, y otras voces intentando consolarme mientras yo lloraba y rezaba para que todo se acabara.
Después, me recuerdo a mí mismo mojado y tendido boca arriba en la orilla, en medio de una oscuridad espesa, y la repentina luz anaranjada de una vela proyectando un haz sobre la arena húmeda.
Luego apareció el rostro difuminado y amable de un hombre inclinado hacia mí, vestido completamente de negro y con una capucha sobre la cabeza, como un sombrero extraño de ala ancha.
Me levantó entre sus brazos y me llevó un largo trecho a través de la penumbra, sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.
Viví con él muy poco tiempo, en una casa grande y hermosa que brillaba blanca en medio de un jardín verde lleno de flores y arbustos.
Había árboles con frutos que colgaban como globos rojos de las ramas, y otros con grandes flores amarillas y resplandecientes.
Lo mejor era oír el suave arrullo de las palomas, siempre presente en el aire cálido y soleado del atardecer.
El hombre que me rescató era un viejo sacerdote de Tarifa.
Se portó muy bien conmigo y me trató con cariño durante todo el tiempo que viví allí.
Cuando lloraba al pensar en mi madre —algo que ocurría a menudo durante los primeros años en que tuve que lidiar con ello—, me sentaba en su regazo y me hablaba con suavidad para que dejara de hacerlo.
Después me leía algunos párrafos de la Biblia, aunque muchas veces no entendía ni una palabra de lo que me decía.
En esa casa también vivía una mujer mayor que —supongo— se encargaba de todas las tareas y de cuidarme.
Siempre llevaba puestas unas gafas de montura redonda, y en el cinturón de su vestido negro colgaba una cuerda de bolitas marrones con una cruz de plata, que —como supe después— se llamaba rosario.
La piel de su rostro estaba marchita por graves quemaduras —nunca pregunté por qué— y arrugada como papel viejo.
Su cabello negro y gris, recogido en mechones, estaba rígidamente sujeto en un moño alto sobre la cabeza.
Algunas veces me llevaba a la iglesia —por no decir que eso significaba ir dos veces por semana—.
De aquellas escenas no recuerdo más que un borrón de cosas que me llamaban la atención.
Me sorprendía que el techo estuviera lleno de colores brillantes, casi mágicos y sacados de un libro de fantasía; la música potente del órgano y el aire perfumado de humo.
Los sacerdotes vestían solemnes y alegres ropajes largos, los niños cantaban formando un coro, las lámparas de colores parecían estrellas en un cielo oscuro, y las velas altas se apoyaban con delicadeza sobre el altar, cada una en su candelabro correspondiente.
El sacerdote investigó sobre mí mientras vivía en su casa.
Todavía no sé cómo ni por qué medios averiguó que tenía un abuelo que vivía en Cullera.
Tan pronto como lo descubrió —después de haber vivido con él unos meses—, me llevó a lomos de su mula —según recuerdo— a la ciudad de Algeciras y me dejó a bordo de un barco de mercancías que estaba listo para zarpar hacia Valencia.
Me dejó al cuidado del capitán, un hombre con el que tenía muy buena amistad tras conocerse desde hacía muchos años.
Le dio todo lo que iba a necesitar para que me llevara a la casa de mi abuelo.
Llegué hasta allí sin ningún problema, pero fue un viaje del que solo guardo algunos momentos sin importancia, como cuando lanzó una moneda al mar y me dijo que daba suerte.
No puedo decir que estar bajo el cuidado del capitán fuera una mala experiencia, pero fue muy distinto al del buen sacerdote que me había rescatado de la muerte.