Capítulo 29 El pacto de la orilla
La luz de poniente teñía la playa de arena volcánica de un tono ocre denso, casi bermellón.
Tras la tormenta de la tarde, la orilla había quedado lisa como una plancha de carbón pulido, reflejando el cielo raso y las últimas nubes deshilachadas que se retiraban hacia el oeste.
El viento del norte había amainado hasta convertirse en una brisa mansa, salobre, que apenas movía la hilera de algas secas depositadas por la pleamar.
El mar, vencido y pacificado, producía un siseo rítmico, pausado, al extender la espuma blanca sobre los pies descalzos de Irene.
Avanzaban despacio, a la par, marcando dos hileras paralelas de pisadas profundas sobre la arena húmeda.
Irene caminaba sin calzado, apoyando la planta del pie derecho con precaución. La herida del empeine, limpia de salitre e infección tras la purificación de la cueva, mostraba una costra oscura, seca y tirante que apenas le arrancaba un tirón soportable al andar.
Llevaba la camisa de trabajo suelta sobre los hombros, secada al aire marino, y el pelo oscuro, aún áspero por la sal pero libre de nudos, le caía a los lados del rostro.
A su lado, Mateo caminaba en silencio, con la mirada fija en el horizonte donde el sol empezaba a tocar la línea del océano. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón de trabajo gastado y los hombros relajados por primera vez en cinco días.
—Mañana hará buen tiempo —dijo el marinero. Su voz brotó sin aspereza, integrándose de forma natural en el rumor del oleaje.
—El tiempo no importa demasiado aquí —respondió Irene, sin girar la cara.
Se detuvieron a escasos metros de la orilla, allí donde la lámina de agua marina resbalaba sobre la piedra negra antes de retirarse.
Irene miró el reflejo de sus siluetas recortadas contra la luz dorada del atardecer.
No quedaba rastro de la mujer que noventa y seis horas antes maldecía la falta de cobertura satelital sobre la cubierta del barco.
La rigidez de la mandíbula, la urgencia en la mirada y la necesidad enfermiza de validación externa se habían disuelto en el barro, la sal y la piel.
Mateo sacó la mano derecha del bolsillo. Sus dedos, marcados por las cicatrices de los aparejos, el óxido y las rozaduras del basalto, buscaron los de Irene.
Los entrelazó despacio, uno a uno, ejerciendo una presión firme, sorda y consciente.
Irene respondió al contacto cerrando los dedos cortados alrededor de los suyos, sintiendo la textura áspera y tibia de la palma del marinero contra la suya.
—En Madrid tengo tres contratos pendientes de firma —dijo ella, con un hilo de voz que no buscaba dramatismo, sino la sobriedad de un inventario inútil.— Una junta extraordinaria el lunes. Un piso acristalado donde nadie me espera.
—En Horta me espera la Capitanía para quitarme la licencia de patrón —raspó Mateo, apretando la mano de la ejecutiva.— Y una losa con el nombre de Tiago en el cementerio de Rabo de Peixe.
Irene ladeó la cabeza y lo miró de frente. La luz de poniente iluminaba las cicatrices de la frente del marinero y el matiz ámbar de sus ojos oscuros.
—Nada de eso ha cruzado la brecha de lava, Mateo —murmuró ella.
—Nada —asintió él.
Sin necesidad de firmar documentos, sin promesas adornadas ni vocabulario refinado, el pacto quedó formulado entre las palmas de sus manos entrelazadas.
Mientras permanecieran en los límites de esa cala de arena negra, el mundo exterior había dejado de existir.
No había puestos ejecutivos, ni deudas de honor, ni culpas por barcos hundidos en la noche.
Habían construido un oasis privado, una zona de exclusión donde solo sobrevivían dos seres humanos despojados de la mentira del éxito y del refugio del aislamiento cobarde.
Caminaron un par de metros más hacia el saliente de rocas, dejando que la marea mansa les lavara los tobillos.
Sin embargo, bajo la tregua del atardecer, el silencio de ambos guardaba el mismo terror sordo.
Ninguno lo mencionó en voz alta para no romper el hechizo del poniente, pero ambos sabían que los restos del barco descansaban destrozados a un kilómetro al sur.
Sabían que el frente borrascoso se había despejado por completo y que, tarde o temprano, la civilización desplegaría sus antenas, sus motores y sus patrulleras sobre el canal para reclamar lo que quedaba de sus vidas.
De pronto, un eco sordo, casi imperceptible, rasgó la monotonía del mar.
No fue un trueno ni el golpe de una ola contra la cueva. Fue la vibración grave y distante de un motor de aviación peinando el cuadrante norte a alta cota.
Irene no miró al cielo, pero el pulso se le aceleró en la base de la garganta. Sintió que la mano de Mateo se tensaba alrededor de sus dedos, cerrando el puño con una fuerza casi dolorosa que parecía querer anclarla a la arena volcánica.
—El mar no regala las playas para siempre, Irene —murmuró Mateo, con la vista fija en el disco solar que terminaba de hundirse en el agua.
Irene dio un paso más hacia él, pegando su hombro al suyo, sintiendo el calor bruto del cuerpo del marinero cortando la brisa helada que empezaba a subir de la orilla.
—Entonces no miremos al cielo —respondió ella, apretando la mano del hombre con la misma rabiosa desesperación.
Permanecieron inmóviles sobre la arena negra mientras la luz dorada cedía paso a las primeras sombras del violeta nocturno, aferrados el uno al otro en su santuario invisible, esperando el inevitable choque con el ruido del mundo.