Capítulo 27 El beso de sal
La tregua del agua tibia duró lo que tardó el cielo en desplomarse sobre la costa de Faial.
Al salir de la poza geotérmica, el aire frío de la tarde golpeó sus cuerpos limpios con la violencia de un latigazo. Una lluvia fina, densa y helada comenzó a barrer la colada de lava negra, convirtiendo las rocas de basalto en espejos resbaladizos y oscuros.
Irene tiritaba en la orilla, tullida por el contraste térmico.
Intentaba cubrirse con la camisa desgarrada y la lana húmeda de su abrigo, pero sus dedos, torpes, lívidos y entumecidos por la ráfaga del canal, eran incapaces de acertar con los ojales gastados.
La tela mojada se le pegaba al pecho, y cada intento por cerrar la prenda terminaba en un espasmo de frustración que le hacía chocar los dientes.
—Deja —dijo Mateo, dando un paso hacia ella desde el agua.
El marinero no llevaba puesta la chaqueta de lana. Su torso desnudo, salpicado por las gotas de la lluvia incipiente que se mezclaban con el vapor de su piel tibia, emanaba un calor bruto, cargado de aroma a minerales y salitre.
Avanzó sobre la grava con la firmeza de quien no siente las aristas de la piedra.
Se hincó de rodillas frente a Irene sobre la lava fría.
Sus manos grandes, ásperas y llenas de cicatrices rugosas apartaron los dedos temblorosos de la ejecutiva.
Agarró los bordes de la tela rota de la camisa y comenzó a juntarlos sobre el abdomen de la mujer, uno a uno, con una parsimonia rigurosa, casi ritual.
Irene se quedó inmóvil, observando la calidez de los nudillos del marinero rozándole la piel del vientre a cada movimiento.
—Mis manos no responden —murmuró ella en un hilo de voz. No era una disculpa; era una claudicación ante la evidencia de su inutilidad física fuera del asfalto.
—El frío de este canal no perdona a nadie que tenga prisa —respondió Mateo sin levantar la cabeza, concentrado en abrochar el último botón de plástico gris.
Pero al terminar, no se retiró.
Mateo alzó los ojos. Sus rostros quedaron atrapados a menos de cinco centímetros de distancia.
La lluvia fina impactaba en sus frentes, resbalando por los pómulos de Irene y acumulándose en las pestañas oscuras del marinero.
En esa cercanía sofocante, rodeados por el vapor que moría bajo el agua helada que caía del cielo, el aire entre ambos se volvió una masa densa, eléctrica, imposible de respirar.
Irene sostuvo la mirada de Mateo, sintiendo el latido desbocado de su propia garganta rebotarle contra la clavícula.
Ya no había barreras físicas que los separaran.
No quedaba rastro del barro de la playa ni del estatus de Madrid, ni la excusa médica del pie infectado ni la estricta necesidad térmica de la madrugada.
Lo que quedaba era una contención acumulada durante noventa y seis horas de miradas cruzadas, roces involuntarios y confesiones de ruinas personales.
La urgencia animal de aferrarse al otro para no ser tragados por el vacío del Atlántico.
—Mateo... —dijo ella, y su respiración agitada se convirtió en un suspiro caliente que impactó directamente en los labios del hombre.
Incapaz de sostener la represión por un segundo más, Mateo perdió el control.
Le sujetó la nuca con una brusquedad limpia, hundiendo los dedos callosos en el pelo todavía húmedo de Irene para fijar su cabeza.
La apretó contra sí con una fuerza desesperada, mientras Irene, lanzando un gemido que se perdió en el rumor de la marejada, se aferró con las dos manos a los hombros desnudos del marinero, clavándole las uñas en la piel curtida.
Se besaron con una violencia áspera, hambrienta y sin delicadeza comercial.
Fue un contacto brutal, un choque de labios agrietados por el viento helado y el sol de la intemperie.
Un beso con un sabor intenso a sal, a agua de lluvia, a ceniza vieja y a la sed acumulada de dos seres que llevaban años muriéndose por dentro en sus prisiones de cristal y piedra.
Mateo la buscaba con la boca abierta, devorando la vulnerabilidad de Irene, presionando sus cuerpos hasta que el tórax del hombre aplastó las costillas contusionadas de la mujer contra la piedra de lava.
Irene no retrocedió un milímetro. Respondió con la misma rabia contenido, tirando de él hacia abajo, abriéndose al contacto de esa piel que olía a resina y mar profundo.
El beso no tenía nada de romántico en el sentido tradicional; era una colisión de supervivientes, una liberación salvaje y desgarradora de todo lo que habían callado en la penumbra del refugio.
Mientras las gotas de lluvia helada les lavaban las mejillas y el agua de la poza se enfriaba detrás de ellos, el roce continuo de sus lenguas y la presión de sus manos mutaron la alianza de supervivencia en un vínculo irreversible.
Mateo desprendió la boca por un milímetro, buscando aire, pero manteniendo sus frentes pegadas. Ambos respiraban en bocanadas cortas y violentas, enviando densas nubes de vapor blanco al aire gris de la tarde.
—Si hacemos esto, Irene... —raspó Mateo, con la voz rota por el esfuerzo y los ojos inyectados en un deseo oscuro y absoluto—... ya no hay vuelta atrás. Cuando ese mar te lleve de vuelta a tu ciudad, no vas a poder borrar esto.
Irene extendió una mano temblorosa, le agarró la mandíbula rígida con los dedos cortados y lo tiró de nuevo hacia su boca con una desesperación feroz.
—Que le jodan a mi ciudad —susurró contra sus labios agrietados, antes de volver a hundirse en el beso mientras la lluvia de Faial empezaba a arreciar sobre la caldera de basalto.