Capítulo 26 El oasis de la caldera
El aire de la mañana del cuarto día no traía consuelo, pero sí una luz limpia, color gris plomo, que despejaba la bruma rasante sobre el canal.
Irene avanzaba despacio, apoyando el peso de su cuerpo sobre el hombro derecho de Mateo.
Cada paso sobre la grava volcánica le arrancaba un latido punzante en el empeine bandado con las tiras de la camisa del marinero, pero el frío seco de la piedra frenaba el ardor de la piel.
A su lado, Mateo caminaba en silencio, marcando un ritmo lento, con la mirada fija en el lomo de lava negra que cerraba la cala por el extremo norte.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella, cortando la monotonía del rugido del mar. Su voz sonaba áspera, rasgada por el humo de la noche.
—A quitarnos de encima lo que queda de la playa —respondió Mateo sin girar la cara. Su chaqueta de trabajo rozaba el costado de Irene con el crujido duro de la lana gastada y el salitre seco.
Rodearon la colada por una brecha estrecha donde la lava, enfriada siglos atrás en aristas filosas, requería una precisión ciega para no desgarrarse las manos.
Al cruzar el paso, el azote del viento del norte se apagó de golpe, como si una puerta de basalto hubiera cerrado el Atlántico a sus espaldas.
Frente a ellos se abría un nicho circular de roca volcánica, resguardado de las ráfagas.
En el centro, una poza cristalina de tinte turquesa oscuro recibía una filtración constante que manaba desde la base del acantilado.
Cortinas verticales de vapor blanco ascendían en el aire frío, disolviéndose sobre las paredes de piedra porosa.
El ambiente olía a agua dulce, a minerales puros y a un matiz sutil de azufre que atemperaba la atmósfera.
Irene se detuvo, fascinada por el siseo constante del vapor rascando la lava.
—Agua tibia —murmuró, sintiendo que la boca se le llenaba de una saliva limpia por primera vez en noventa y seis horas.
—Filtración geotérmica —dijo Mateo, soltándola con cuidado para que se apoyara en un bloque plano de basalto.— El agua nace en la caldera alta y baja limpia hasta el mar.
El marinero no esperó. Se llevó las manos al cuello, se quitó la chaqueta rígida de lana y la dejó caer sobre la piedra seca.
Después se desabrochó las botas pesadas, deformadas por el agua salada, y se quitó el pantalón de trabajo hasta quedar únicamente con el torso desnudo, marcado por el hollín del fuego nocturno, la sal pegada a los hombros y las cicatrices viejas que le cruzaban las costillas.
Se internó en la poza sin vacilar. El agua le cubrió hasta la cintura y un suspiro denso, contenido durante días de tensión y piedra fría, se le escapó de los labios agrietados.
Irene lo miró desde la orilla. La duda duró apenas dos pulsaciones.
Miró su propio abrigo de lana, deshilachado, cubierto de barro denso y mugre de carbón.
Miró sus manos cortadas, sus uñas negras y la tela de su ropa pegajosa de sudor viejo y salitre que le lija la piel a cada movimiento.
En Madrid, la desnudez era un acto privado, medido, rodeado de cremas caras y espejos iluminados.
Aquí, a la intemperie, quitarse la ropa era una necesidad animal de despojarse de una piel muerta que le pesaba demasiado.
Con dedos torpes y temblorosos, se desabrochó los botones del abrigo.
Desató las tiras de la camisa de Mateo que le sujetaban el pie, dejando la herida del empeine expuesta al aire frío, limpia y en proceso de cicatrización.
Se despojó de la camisa rota y cayó al suelo sobre su ropa sucia, quedando expuesta en su fragilidad física.
Avanzó a gatas sobre el borde plano de basalto y deslizó las piernas en la poza.
El contacto con el agua tibia fue un impacto lírico, casi doloroso.
El calor envolvente penetró de golpe en los músculos agarrotados por el frío de la madrugada, destensando la cadena de nervios que le mantenía la mandíbula apretada desde el accidente.
Se sumergió hasta los hombros, soltando un gemido ahogado que resonó entre las paredes del nicho.
—No te frotes el pie herido —advirtió Mateo desde el otro lado de la poza, con la voz suavizada por el vapor.— Deja que el agua mineral limpie la costra sin romperla.
Irene se echó hacia atrás, apoyando la nuca en la roca fría del borde mientras el agua tibia le cubría el pecho. El salitre pegajoso de cuatro días de marejada comenzó a disolverse, dejando su piel limpia, expuesta al aire sin filtros. Al abrir los ojos, vio a Mateo a un metro de distancia.
El marinero se estaba lavando la cara con ambas manos, quitándose el hollín de la frente y la barba de tres días. Cuando se aclaró los ojos y la miró, no había en sus pupilas ni rastro de la brusquedad ni del juicio huraño del primer día.
Rodeados por las cortinas de vapor blanco, desnudos de ropa limpia, de títulos, de rencores y de la armadura que ambos habían vestido en sus vidas anteriores, se reconocieron por primera vez como iguales.
No había una ejecutiva de Madrid ni un marinero traumatizado de las Azores; solo dos anatomías magulladas por la vida que habían encontrado un oasis fuera del tiempo.
—Tienes carbón detrás de la oreja —dijo Mateo, rompiendo el silencio con una voz grave, baja, desprovista de distancia.
Se acercó despacio a través del agua turquesa. La masa tibia del manantial ondulaba entre sus cuerpos. Mateo extendió la mano derecha y, con la yema del pulgar rugoso, marcada por las cicatrices de las redes, le rozó la piel fina del cuello, detrás del lóbulo.
Irene no se apartó.
El contacto del pulgar de Mateo, húmedo y tibio, le envió un chispazo eléctrico que le aceleró el pulso en la base de la garganta. Sostuvo la mirada del marinero, viendo el reflejo del agua danzar en sus pupilas oscuras.
—Déjame el pelo —susurró ella, en una entrega involuntaria.
Mateo hundió ambas manos en la marea oscura del pelo enmarañado de Irene.
Con una paciencia metódica, usando solo la presión suave de sus yemas callosas, comenzó a deshacer los nudos de sal y arena de carbón que le amarraban la nuca.
Cada pase de sus dedos por el cuero cabelludo de la mujer aflojaba un nudo interno, una rigidez acumulada durante años de reuniones, pantallas y soledades de moqueta.
Irene cerró los ojos, dejando que la fuerza de Mateo la sostuviera en el agua. El roce continuo de la piel limpia, el calor de la filtración geotérmica y la cercanía de sus torsos casi rozándose crearon una tensión plácida, envolvente, cargada de un erotismo contenido que prescindía de la prisa.
—Cuando salgamos de este estanque, la ropa va a seguir estando sucia —murmuró ella con los ojos cerrados, sintiendo el aliento de Mateo a milímetros de sus labios.
—La ropa sí —raspó Mateo junto a su frente, sin detener el movimiento pausado de sus manos en su pelo—. Pero la piel ya no va a llevar el barro de la playa, Irene.
Irene abrió los ojos y lo miró.
En mitad del vapor blanco que ascendía hacia el cielo gris de Faial, la certeza de que el mundo exterior terminaría por encontrarlos se sintió lejana, casi irreal frente a la verdad desnudada de la cala.