El naufragio del silencio (Latidos en silencio nº 10) Capítulo 18 La cueva de niebla
44%

Capítulo 18 La cueva de niebla

El fuego que habían arrancado a las raíces secas chisporroteaba con un chasquido tenue, proyectando chispas anaranjadas contra la humedad del basalto. Sin embargo, la pequeña hoguera no bastaba para vencer al Atlántico.

La marea nocturna comenzó a empujar una masa espesa de niebla desde el canal.

La bruma, densa y helada, se arrastraba por la playa de arena negra como un animal silencioso, colándose por la boca de la cueva.

El espacio de refugio, una leve cornisa de piedra negra golpeada por la erosión, no medía más de tres metros cuadrados.

El techo de basalto rezumaba un goteo constante de agua fría que caía a pocos centímetros del borde de la lona plástica azul, levantando un aroma denso a tierra mojada, resina y sal estancada.

El viento cambió de rumbo, soplando de cara hacia la hendidura y reduciendo el margen de aire respirable a una franja mínima pegada a la roca.

Irene estaba acurrucada en la esquina más profunda de la pared, con las piernas pegadas al pecho y las manos cortadas metidas bajo las axilas para retener una brizna de calor. Su cuerpo, agotado por la marejada y la tensión continua de la desintoxicación digital, no lograban frenar la tiritona.

Los espasmos le sacudían la espalda con una violencia seca, haciendo que sus dientes chocarán con un repiqueteo metálico que retumbaba en la piedra.

Mateo permanecía sentado junto a la entrada del cobijo, atizando la brasa con una vara de madera flotada.

El marinero tenía el jersey de lana rancia empapado hasta los hombros, la cara cubierta de hollín y los ojos entornados por el cansancio acumulado.

—Si se queda pegada a esa pared, la humedad de la piedra le va a robar la poca sangre que le queda —dijo Mateo. Su voz brotó como un rasguño grave, opacado por el rumor de la niebla.

—Estoy... bien —articuló Irene.

La mentira se desintegró en un hilillo de aliento blanco que se congeló en el acto. Un nuevo temblor, más fuerte que el anterior, le dobló el cuello, arrancándole un gemido involuntario de dolor en las costillas contusionadas.

Mateo no discutió. Tiró la vara al fuego, se desplazó sobre el suelo de la cueva marcando el esfuerzo en su tobillo lesionado y se acomodó justo a su lado, pegando su costado al de ella.

El espacio era tan claustrofóbico que no había margen para la distancia. Quedaron alineados hombro con hombro, muslo con muslo.

El primer contacto hizo que Irene se erizara.

La espalda de Mateo era un muro ancho, duro y extrañamente cálido que cortaba la corriente que entraba por la derecha.

El marinero extendió la lona plástica azul —todavía húmeda y áspera por la sal— y la desplegó sobre las piernas de ambos, enganchando el borde inferior bajo las botas desgastadas para que la bruma no se la llevara.

—Pegue los brazos al cuerpo —ordenó él en un susurro raspado, mirando fijamente las ascuas que ardiendo lentamente.— El calor en esta playa no es un lujo, Irene. Es lo único que nos separa del suelo.

Irene cerró los ojos. La barrera social que en Madrid habría exigido metros de separación se había disuelto bajo el peso de la hipotermia latente. No había rastro de coquetería ni de erotismo consciente en ese acercamiento; era la física elemental de dos mamíferos acorralados por el frío.

Sentía el pulso de Mateo latiendo con un ritmo pesado, denso, a través de la lana pesada de sus chaquetas. El hombre olía a humo primitivo, a sal de mar y al frío cortante de la noche, un aroma brutalmente honesto que se le instaló en las fosas nasales.

A la media hora, el cansancio aplastó las últimas defensas de la ejecutiva. Su cabeza, vencida por el peso de la gravedad y la fatiga muscular, se ladeó despacio hasta quedar apoyada en el hueco del hombro de Mateo.

Irene se tensó un segundo, esperando una reacción hosca o un movimiento de rechazo por parte del marinero.

Mateo no se retiró. Con una lentitud estoica, acomodó la articulación del hombro para ofrecerle un punto de apoyo más firme y subió el extremo de la lona plástica hasta cubrirle la espalda a la altura del cuello, resguardándola de la llovizna fina que la niebla proyectaba hacia el interior de la cornisa.

—Duerma —dijo él cerca de su frente. Su aliento tibio le rozó la piel agrietada.— Yo mantengo el fuego encendido.

—No te dormiste ayer... —susurró ella, con la voz ahogada contra la lana áspera de su jersey.— Si te apagas tú, la hoguera se muere.

—Los hombres de mar sabemos velar a oscuras —respondió él. Sus dedos callosos rozaron sin querer la sien de Irene al ajustar el plástico, un toque rugoso pero extrañamente suave que le produjo un escalofrío.— Descanse, Irene. Nadie va a venir a molestarla aquí.

Irene dejó caer todo el peso de su cuerpo contra la estructura del hombre.

Bajo la luz dorada y vacilante del fuego, escuchando el siseo monótono del oleaje estrellándose contra las rocas y sintiendo el subir y bajar firme del pecho de Mateo a cada inhalación, la mujer que había manejado millones desde un despacho de cristal se entregó a un sueño pesado, privado de pantallas y de futuro, atrapada en la paz primitiva del aislamiento.

La niebla terminó de tragar la cala, pero dentro del nicho de basalto, la llama siguió ardiendo en silencio.