El murmullo del árbol (Del Olmo y Saavedra 1) El murmullo del árbol
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El murmullo del árbol

T odo el equipo está de vacaciones.

Se las merecen.

Todos, menos Saavedra y yo. Nosotros también las merecemos pero, como instructor y secretaria del caso, tenemos que terminar todo el papeleo para llevarlo ante la jueza Torres.

Estamos reunidos en mi despacho.

—¿Sabes que Interpol ya ha cursado orden de captura para la Maturana, para Atilio y para Gallardo, no? —le digo.

—A Atilio me creo que le cojan, pero a los otros…

—¿Confirmamos que los dos juntos son Aire o ella sola, y él es un pelele?

—Ella es Aire, donde está el amor. —Sonríe como con miedo, dudando de si mi reacción será buena o no.

Busco en el móvil la canción. La pongo y la escuchamos alternando miradas a la pantalla y a nuestros ojos.

Y sonreímos. Al terminar, se produce un silencio, y agacha la cabeza.

Lleva unas deportivas de esas que son carísimas, que le quedan estupendas con el vaquero y con la camiseta roja que se ha puesto.

—¿La científica o la lingüista han aportado algo? —pregunta.

—La científica ha cotejado el papel y la tinta con lo que encontraron en su casa, y también con el de su redacción.

Hay coincidencia con el del periódico, aunque esto no es concluyente, es un indicio.

La lingüista lo atribuye, como ya era de suponer, al juego de palabras entre el título de la canción y el apodo que le hemos puesto.

Está convencida de que ella esperaba que le pusiéramos dicho apodo y que se hace llamar a sí misma «Aire».

También opina que ha elegido esa estrofa de la canción en concreto porque con lo de «El susurro del árbol» quiere decir algo, como si la naturaleza se quejara, susurrara o murmurara.

«Whisper», en inglés también quiere decir «murmurar».

—Si fuera así… ¿por qué ha escrito «el susurro del árbol» en lugar de «el murmullo…?

—Ni idea y, si una lingüista forense de su reputación no lo sabe, solo nos queda preguntárselo a Matilde.

La subinspectora junta los labios, y los mueve hacia su lado derecho. Después de unos segundos de cávila, reanuda la charla:

—El murmullo del árbol —mueve la cabeza de arriba abajo —. El olmo es un árbol.

—¡Hostia!

—Joder; el nivel de «retorcimiento» roza la psicopatía.

Si es verdad que Aire, al usar la dichosa canción, ha querido jugar no solo con nuestro pasado sino también con mi apellido, sí que podría hablarse de psicopatía. Pero no digo nada y miro hacia el suelo. No estoy preparado para pensar en eso.

—¿Y me vas a contar qué significa esa canción para vosotros? —pregunta Olga sin darme tregua.

Me tomo una pausa. Ella espera a que yo siga sin interrumpir.

—Lo de Ibiza. Digamos que allí pasaron cosas, cosas de alcoba.

—Menudo eufemismo carca, Del Olmo.

—Joder, Olga; no me es fácil hablar de ello, y mucho menos ahora, después…

—Está bien, está bien, sigue por favor —interrumpe ella con la mano en alto, pidiendo perdón.

—Hubo una fiesta como de los setenta, digamos. Fue en el viaje fin de carrera en 1996. Pues esa canción estuvo presente tanto en la propia fiesta como en la fiesta que nos montamos en la habitación después.

—¿Fiesta al cuadrado?

Me vuelvo a tomar mi tiempo antes de responder.

—Digamos que no estuvimos solos.

Olga abre los ojos y, para disimular su azoramiento, gira su cabeza.

—Vaya, vaya —dice—. La verdad es que tiene todo el sentido del mundo. Encuentra una canción que le viene bien a su alter ego sádico, al apodo que ella misma nos ha conducido a ponerla; y encima esa canción forma parte de vuestro pasado. Está claro que la usa para jugar contigo.

—Con nosotros —incido—. Me lo apruebas como teoría, ¿no, mindhunter ?

—Anda ya. —Ella sonríe y me hace un gesto con la mano diciéndome que «me pire»—. Y espera, ¡joder!, ahora que recuerdo, ¿no te acuerdas de que mencionó la canción cuando te preguntó si me llevabas al cine?

—Sí que me acuerdo, sí, y en aquel momento me puse nervioso pero, como tú comprenderás, me fue imposible relacionar nada. Solo pensaba que me estaba vacilando.

Olga asiente. Yo suspiro.

—Por cierto, me han confirmado que ella filtró la noticia —informo.

—¿En serio?

—Sí, he presionado mucho a Jorge para que cante.

—No sé qué decir —confiesa Olga.

—Nada, ¿qué vas a decir?

—¿Qué hay de Hipólito? —La subinspectora vuelve a la carga para despistar el sangrante tema de Matilde.

—No hay forma de probar que él vigilaba y su hermano le prendía fuego a Pereira, pero, por su confesión, yo creo que le caerá la permanente revisable.

—¿Por su confesión?, ¿seguro? —Se sorprende ella.

—Ya sabes lo de mirar a Dios, y todo eso —contesto resignado.

—¿Y a los hermanos?

—No tenemos pruebas concluyentes contra ellos, e Hipólito no los va a incriminar. No obstante, hay que vigilarlos.

—Desde luego.

—¿Lo tenemos ya todo, subinspectora?

—Yo creo que sí.

—Venga, remata la faena, que yo me tengo que ir a casa con mi santa esposa y con mis hijos. Cuando termines, te vas a la tuya y no vuelvas hasta dentro de una semana, ¿entendido?

—Entendido, jefe, pero escucha. Esto lo puedo rematar en casa. Tardo una hora como mucho.

—Pues largo, venga.

—No.

—¿Cómo que no? —contesto con sorpresa.

Ella señala mi silla de ruedas con su barbilla. Vuelve a mirarme a los ojos y repite la operación mirando mis piernas.

—¿Qué?

—Joder, Del Olmo. Ya lo sabes.

—¿En serio? —protesto.

—Y tanto; ahora sí que ha llegado el momento —pronuncia la palabra «momento» con todo el dramatismo que una policía de Homicidios puede darle.

Inclino mi cabeza hacia abajo y pongo mi mano derecha detrás de mi oreja derecha en el típico gesto para escuchar mejor.

—Que dice mi silla de ruedas que, para contarte su historia, quiere que la lleves a un bar a tomar una cerveza.

Olga sonríe.

Se levanta, coge su abrigo y abre la puerta del despacho. Me invita a salir.

Yo aprieto el botón de avance de la silla, salgo del despacho y me dirijo con mi compañera hasta el ascensor.

Hoy sí que me acompaña en lugar de bajar las escaleras.

—Además, tenemos que terminar nuestro informe no oficial del caso —dice con una media sonrisa—. Espero que no lo uses para tu primer guion.

Olga es la única persona en el mundo a la que la he contado que, cuando me retire, quiero escribir un guion cinematográfico.

La única. Ella accedió a guardar silencio a cambio de dejarla participar y colaborar en la documentación previa que ha de hacerse.

Por supuesto que era la respuesta que yo esperaba de su parte.

Por ello redactamos, entre los dos, una versión paralela de los casos que investigamos, una versión bastante dramatizada y con la verosimilitud justa.

Entramos al ascensor y, antes de que se cierre la puerta, la miro y sonrío.

Todo policía que tenga a Olga Saavedra como compañera tiene motivos para sonreír.