El mundo entre nosotros Capítulo 46
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Capítulo 46

Cuando me bajé en la estación de Northwood, había empezado a llover.

No llevaba paraguas. Se me había olvidado por completo.

Como si no hubiera aprendido nada durante el mes que estuve allí.

Por suerte, no estaba diluviando como acostumbraba a pasar siempre que caían un par de gotas.

Era una lluvia fina y difusa. Por delante tenía un paseo de unos veinte minutos, así que tendría que ir resguardándome bajo los árboles del camino.

Me coloqué bien la mochila en la espalda, me puse la capucha de mi sudadera y salí a respirar aire puro por primera vez desde que había llegado al aeropuerto esa mañana.

Había un montón de carteles anunciando las celebraciones del día de Guy Fawkes. Esa noche era la Bonfire Night,

en la que tirarían fuegos artificiales, habría conciertos y un montón de actividades.

Tom llevaba contándomelo semanas, emocionado.

Cuando era pequeño, era su día favorito del año.

Y ahora que habíamos hablado de que yo iba a intentar ir con él, no podía tener más ganas de que llegara.

«Haremos el paseo, ¿verdad?», me dijo cuando le conté mi idea.

«Claro. Me encantaría», respondí yo. Un recorrido que llevaba años sin poder hacer.

Pero ese iba a ser el año. Íbamos a ir los dos juntos.

Si se cansaba, yo lo ayudaría a seguir y conseguiríamos llegar al punto más alto de Northwood.

Ese era el plan. Sin embargo, al parecer, los

planes en la vida no siempre salen como uno espera.

Hay pocas cosas irreversibles en el mundo.

Una de ellas es… la muerte. No vuelves de ahí, y los que se quedan atrás sufren tu pérdida durante toda su vida.

Te conviertes en un lugar al que no puede volver nadie.

Dejas de estar. No me gustaba pensar en esas cosas e intentaba siempre acallar esos pensamientos, porque me imaginaba a Tom, asustado en la cama del hospital, sin poder despedirse de nadie.

Mientras andaba por las calles de Northwood, recordaba cada sitio, cada esquina, cada lugar donde había sido feliz.

Pasé junto al Northbloom, repleto de gente a esas horas del día.

Había cola y los que esperaban fuera se refugiaban bajo sus paraguas o las sombrillas de la terraza.

Junto al escaparate había una pizarra donde se podía leer Fawkes Knots

.

Me acerqué y pude ver que el mostrador estaba repleto de Northwood knots

, pero con una cobertura naranja brillante. ¿Serían especiales de la noche de Guy Fawkes? Pensé en hacer la cola para comprar un par y llevarle a Debbie, pero había demasiada gente y ya llegaba bastante tarde. No quería hacerle esperar más. Así que me alejé del escaparate para continuar mi camino.

También pasé por delante del St. Mary’s.

Aunque yo pensaba que sería un día de fiesta, el cinco de noviembre había clase en Northwood.

Ya era casi la hora de salir cuando vi aparecer ese edificio tan impresionante recortado en el horizonte.

Había algunos alumnos haciendo corrillos bajo los árboles, sorprendidos por la lluvia.

Aun así, estaba todo bastante vacío. Y, aunque seguía sin llover muy fuerte, ya empezaban a formarse charcos en la hierba.

Por un momento pensé en entrar también, en saludar al profesor Whitmore o charlar con el director Ashcombe.

Pero ¿qué iba a decirles? No tenía tanta confianza con ellos.

Y entrar en el edificio, recorrer los pasillos…

iba a ser duro. Ya lo iba a ser bastante en casa de Debbie como para tener que torturarme también allí. Además, ¿y si me encontraba con

Vanessa? ¿O con Antonia? No les había dicho nada de mi visita.

Iban a flipar si me veían. No. Aún necesitaba aclimatarme un poco y decidir qué iba a hacer, aunque, a cada paso que daba, menos idea tenía.

Tenía que obligarme continuamente a seguir avanzando.

Si rompía la concentración un solo segundo, mis pies irían por libre y echarían a correr en la dirección opuesta…

y volverían esos pensamientos de los que tanto trataba de huir.

Eché un último vistazo al colegio con los ojos llorosos y seguí mi camino.

Crucé la carretera y la lluvia empezó a caer con mucha más fuerza.

Los árboles cada vez me servían menos de refugio.

No me iba a quedar otra que echar a correr, aunque, por suerte, mi destino ya no estaba tan lejos.

Me mentalicé durante unos segundos y, tras asegurar que todos los bolsillos de mi mochila estaban bien cerrados, salí de mi escondite natural y corrí en dirección a casa de Debbie, con el agua calándome hasta los huesos desde el primer paso que di.

Era difícil a esas alturas distinguir las gotas de lluvia de mis propias lágrimas, pero prefería llorar todo lo posible antes de ver a la madre de Tom.

Porque uno de los dos iba a tener que estar entero y estaba seguro de que ese papel me iba a tocar a mí si…

—¡Mierda! —grité al tropezar con un baldosín suelto de la acera.

Resbalé un par de metros hacia delante y, sin poder mantener el equilibrio, me caí de bruces en el suelo, golpeándome los codos, los brazos, las rodillas y la barbilla—.

¡Joder! —bramé. Por suerte, nadie me escuchó, porque el ruido de la lluvia se tragaba cualquier sonido.

La sangre de mis rodillas traspasó los pantalones vaqueros y se mezcló con el agua de los charcos.

Mi teléfono móvil había salido disparado y estaba a varios metros de distancia.

Estaba a punto de perder los nervios. Tuve que apretar mucho los puños y la mandíbula para aguantarme las ganas de pegar patadas y puñetazos a todo lo que tuviera por delante.

Me puse en pie, dolorido, más en el orgullo que en las piernas, y recogí el móvil, que tenía la pantalla rota y estaba empapado.

Genial. Lo sequé como pude con el interior de mi sudadera (lo único que tenía relativamente seco) y comprobé que aún funcionaba.

Menos mal. Lo que me faltaba ya era quedarme incomunicado el primer día.

El resto del camino hasta casa de Debbie lo hice andando de nuevo.

Nada de correr. No había salido nada bien la idea, así que mejor ir a un ritmo tranquilo.

Total, ya daba igual mojarme un poco más…

Cuando vi la casa de Tom, juro que el corazón se me paró un segundo.

Era mi último recuerdo de Northwood, también el primero.

Y ahora volvía a estar frente a ella, una vez más.

Totalmente destrozado. La casa seguía igual, con las luces encendidas y el humo saliendo por la chimenea como si no hubiera pasado el tiempo, como si todo se hubiera quedado congelado en ese último día de abril.

Los nervios volvieron de golpe conforme me acercaba a la entrada.

Ni siquiera me había parado a pensar en lo que le iba a decir a Debbie cuando la viera.

«¿Cómo se daba el pésame en inglés?». No me lo había preparado.

Pensaba que, cuando llegara ante ella y la tuviera delante, me saldrían las palabras solas, pero no estaba ya tan seguro…

La puerta se abrió. No recordaba haber llamado al timbre.

Ni siquiera había llegado hasta el felpudo.

Pero ahí estaba, con la mochila ya colgando de un solo hombro, la capucha pegada a la cabeza y toda mi ropa chorreando agua.

La luz del interior me cegó durante un par de segundos y pude entrever una figura en el umbral.

Ojalá esa figura hubiera sido Tom…

Debbie estaba mucho más delgada, con el pelo enmarañado y cara de llevar días sin dormir. Sin embargo, había intentado disimularlo ma­quillándose más de la cuenta, poniéndose pintalabios y bañándose, literalmente, en perfume. Los dos nos

quedamos unos segundos inmóviles, sin saber cómo reaccionar. Dos personas profundamente heridas, una frente a la otra, conteniendo la tristeza.

No hizo falta decir ni una sola palabra. Debbie me miró de arriba abajo, como si no creyese que estuviera allí delante por fin. Entonces, se acercó y me abrazó, apretándome contra su cuerpo, dándome todo el calor que me faltaba.

— Oh, Mateo… you

’ re soaked! Come inside, please. Get warm. What happened? Are you alright?

—me dijo al separarnos, rodeándome con sus brazos para hacerme entrar en casa.

Se notaba el calor de la chimenea encendida. Olía a madera quemada, a ceniza y pastel. Seguramente habría estado cocinando toda la mañana. Me ayudó a quitarme la mochila de la espalda y la dejó con cuidado en la pequeña alfombra de la entrada, repleta de zapatos y botas para la lluvia.

— C’mon. Take off your clothes!

Estás… estás muy mojado.

— It’s raining a lot. And I fell on the street, so… —

le expliqué, sacudiendo los brazos.

— Let’s go upstairs, love.

Debbie me acompañó hasta las escaleras sin decir nada más.

Abrió la puerta del baño y me dijo que fuera encendiendo el agua, que en esos meses fríos tardaba más en calentarse.

Después de dejarme para que me arreglara un poco, la vi andando hacia el final del pasillo, hacia el cuarto de Tom.

Salió a los pocos segundos con una camiseta, unos pantalones y unos calzoncillos perfectamente doblados.

— There’re towels up there. —

Señaló el toallero con la mirada—. Here. Clean clothes. Have a shower. I’ll wait downstairs, ok? —

Y con una sonrisa cálida, pero triste, cerró lentamente la puerta del baño para darme intimidad.

Empecé a quitarme la ropa. Fue bastante difícil porque la tenía pegada al cuerpo por culpa del agua. Cuando ya estaba a

punto de meterme en la ducha, escuché unos golpecitos suaves en la puerta. Como si alguien tratara de entrar.

—¿Debbie? —pregunté, pero nadie contestó. Abrí la puerta con cuidado y vi una mancha gris colándose entre mis piernas. Era Terrible. Maulló, como si quisiera saludarme, y se restregó un poco contra mis pies—. Hola, Terrible. Cuánto tiempo, ¿verdad?