El mundo entre nosotros Northwood
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Northwood

Una semana después

Ya ni siquiera reconocía el reflejo que me devolvía la ventanilla del avión.

Mi cara no era mi cara. Sí, las ojeras estaban ahí, más grandes que nunca.

Y mi pelo despeinado y alborotado. También estaba mi boca, pero llevaba mucho tiempo sin verla sonreír.

Ni recordaba cuándo había sido la última vez que lo había hecho de verdad.

Y mi mirada… Mi mirada era precisamente el problema de que no me reconociera.

Porque era triste.

Demasiado triste.

Demasiado vacía.

—Señoras y señores, en unos minutos iniciaremos el descenso hacia Heathrow, Londres —anunció una voz por los altavoces del avión—. Les rogamos que regresen a sus asientos, abrochen sus cinturones de seguridad y coloquen los respaldos en posición vertical.

Revisé que tenía el cinturón de seguridad abrochado, aunque era absurdo, ya que no me lo había quitado en todo el vuelo. No había hecho otra cosa que dormir. Llevaba casi una semana sin

hacerlo. Mi cuerpo necesitaba algo de descanso y, cuando uno vuela, parece que entra en una especie de paréntesis. Mi mente decidió que era el mejor momento para dormir al fin. No soñé nada, pero me desperté llorando.

—La temperatura actual en el destino es de doce grados y el tiempo es parcialmente nublado.

Por supuesto que, cuando volviera a Inglaterra, iba a estar nublado. Lo raro era que no estuviera lloviendo o cayendo el diluvio del siglo, como siempre.

Londres.

Ya había dejado de ser mi ciudad favorita. Mi mente se empeñaba en recordar mis momentos allí, pero yo hacía todo el esfuerzo del mundo por acallar esos recuerdos. No quería recordarlo. «Joder, no. Ahora no».

—Esperamos que hayan disfrutado del vuelo. Gracias por volar con nosotros.

El avión dio un par de sacudidas e, instintivamente, me agarré a los reposabrazos.

Como si eso fuera a solucionar algo en caso de accidente.

Era mi tercera vez viajando en avión y, la verdad, pensaba que iba a ser mucho más divertida, y que mis razones para volar iban a ser otras totalmente diferentes.

Después de aterrizar, aún me quedaría casi una hora y media de trayecto hasta Northwood.

«Northwood…».

Me dolía el cuerpo físicamente cuando pensaba en ello.

Era como si cientos de agujas me pincharan los pulmones y el corazón.

Todas a la vez. Nunca había pensado que pudiera sentir tanto dolor sin ninguna herida visible.

No me había roto la pierna. No tenía una intoxicación alimentaria.

Mi dolor era mucho más profundo. Mucho más difícil de solucionar.

Porque no había tiritas que contuvieran la hemorragia.

No había medicamentos que me quitaran la fiebre.

Yo lo único que quería era que Tom estuviera vivo.

—¿Te encuentras bien?

Levanté la cabeza y vi a una azafata mirándome con una mezcla de curiosidad y pena.

Ni siquiera me había dado cuenta de que ya se había bajado todo el mundo del avión.

Yo era el último. Me picaban los ojos de llorar.

¿Cuánto tiempo llevaba así, con la cabeza agachada casi entre las piernas, y las manos cubriéndome la cara?

—Sí, sí… —conseguí decir, limpiándome las lágrimas con la manga de mi sudadera. La azafata, con una sonrisa sincera, pero cargada de preocupación, me ofreció un paquete de pañuelos.

—¿Necesitas hablar con alguien? ¿Seguro que estás bien?

—No hace falta, no. Estoy bien. Solo ha sido… nada. —Cogí los pañuelos, sacando uno para sonarme la nariz con fuerza.

Me levanté del asiento sin siquiera revisar si me dejaba algo atrás.

La azafata se hizo a un lado para dejarme pasar.

Le agradecí su preocupación con un movimiento de cabeza y abrí el compartimento superior para coger mi mochila.

Estaba sentado en una de las últimas filas.

Por delante tenía todo el pasillo del avión totalmente desierto.

Sonaba un hilo musical de fondo, pero tampoco le presté mucha atención.

Solo quería salir de allí lo antes posible.

¿O prefería quedarme y regresar a Madrid sin siquiera… ?

—¡Perdona, chico! ¡Eh, chico!

Me di la vuelta y la azafata venía hacia mí, andando lo más rápido posible. Porque correr entre los asientos era muy difícil. Llevaba algo en la mano.

—Te dejabas esto. —Me dio una bolsa de papel casi transparente—. Es tuyo, ¿no?

—Ay, gracias. Muchas gracias. No-no me había dado cuenta. Gracias.

Al volver a tocar la bolsa con las manos, estuve a punto de derrumbarme de nuevo. Las rodillas me empezaron a fallar y notaba cómo las lágrimas estaban a punto de volver a salir. Tuve

que hacer un esfuerzo enorme para contenerme. ¿Por qué? ¿Qué más me daba que una completa desconocida me viera llorar? ¿Realmente tenía que fingir cuando lo único que quería era ponerme a gritar hasta quedarme sin voz?

—Acompáñame, te daré una botella de agua.

—No hace falta, en serio.

Pero no me escuchó. Se dio la vuelta, camino del fondo del avión.

Dudé si aprovechar y marcharme o seguirla, y al final opté por lo segundo, resignado.

La seguí, cabizbajo, luchando por mantener la compostura.

Rebuscó en un par de cubículos y sacó una botella de agua.

Sonriente, tratando de darme un poco de calidez con su mirada, me la entregó.

—Llora si lo necesitas.

—Gracias —conseguí decir. Cogí la botella de agua, la abrí y me la bebí casi de un trago.

¿Puede que llevara sin beber desde que me había despertado esa mañana?

Puede ser. Tampoco tenía hambre. No había comido nada desde el día anterior al mediodía.

Tenía el estómago completamente cerrado y empezaba a notar cómo me faltaban fuerzas.

Necesitaba comer algo. Cualquier cosa para seguir engañando a mi cuerpo un poco más.

—¿Ha ido bien el viaje? —Creo que iba a pasarme la mano por la espalda, pero se arrepintió en el último momento y se la llevó a la cara, tratando de disimular. Quería hacerme sentir bien. Aunque daba igual lo que hiciera. Yo no me iba a sentir bien nunca más.

—Solo he dormido… —admití.

Nos quedamos en silencio durante unos segundos bastante incómodos, hasta que ella decidió tomar la iniciativa.

Señaló con su mano hacia delante, para indicarme que ya podía irme.

Así que me di la vuelta y obedecí, andando torpemente entre los asientos, apoyándome de cuando en cuando en los respaldos.

—¿Es tu primera vez en Londres? —me preguntó, y escuchar la palabra «Londres» me atravesó el corazón como una flecha.

—No —musité. Claro que no era mi primera vez. Pero quizá ese viaje fuera la última. Fui tan cortante que la azafata entendió que no quería hablar más del tema.

Llegué al principio del avión, donde había otros dos auxiliares de vuelo. Ni siquiera los miré. Me dieron las gracias por volar con ellos y me desearon que pasara una buena estancia en Londres. Otra vez. Me limité a decir un «gracias» casi inaudible y por fin salí de allí.

Todo se volvía cada vez más real. Al menos dentro del avión estaba como en un limbo temporal. Eso ya se había acabado. Ahora me tocaba enfrentarme a la realidad, enfrentarme a lo que había venido a hacer a Inglaterra: volver a Northwood.

Tardé más de lo que esperaba en pasar el control de pasaportes y encontrar la zona del metro.

Y eso que antes de ir había hablado con Angie.

Se había ofrecido para ir a buscarme al aeropuerto, pero le dije que no, que no hacía falta.

No le dije en qué vuelo llegaba, porque, si no, habría sido capaz de aparecer en Heathrow de todos modos.

No lo necesitaba. Quería hacerlo yo solo.

No sabía la razón, pero sentía que tenía que ser así.

Aunque a mis padres les dije que me vendría a buscar para que no se preocuparan.

Una vez comprada la tarjeta de transporte, busqué la línea Picadilly, que me llevaría hasta King’s Cross.

Y ahí sabía que tenía que coger la Metropolitan hasta Northwood Station.

Iba a ser un trayecto largo y aburrido, pero era el más barato…

y, la verdad, así iba retrasando más y más mi llegada.

Tenía que luchar contra mi mente para seguir hacia delante, porque, si hubiera hecho caso a mi cabeza, me habría dado la vuelta para subir de nuevo al avión.

Me compré un sándwich insultantemente caro y entré en el metro.

Miré mi móvil por primera vez desde que había aterrizado y escribí a mi padre para avisarlo de que había llegado bien.

Sano y salvo. Si nohubiera sido entre semana, me habría acompañado.

Lo sé. Aunque él no podía entender por lo que estaba pasando. No había conocido a Tom. Ni North­wood.

También escribí a Debbie. «Llegaré en una hora y media».

Me contestó con una sonrisa. Aunque estaba seguro de que esa sonrisa, por su­puesto, no era real.

Era algo amargo y duro. Después de aquella llamada…

sentí la necesidad de ir a Northwood a verla, a acompañarla.

Éramos familia, ¿no? Además, necesitaba despedirme de Tom.

Porque aún me dolía en el alma no haber podido hacerlo de verdad.

Porque nuestra última vez hablando fue con él tumbado en la cama del hospital, diciéndome que me llamaría por la noche. Pero no pudo hacerlo.

«Me vendrá bien compañía», me respondió Debbie.

Mis padres hablaron con ella por teléfono.

Querían asegurarse de que yo no era una molestia.

Que podía quedarme en su casa unos días.

Debbie insistió en que no había nada que necesitara más en ese momento que verme a mí, y he de decir que eso me emocionó.

Menos de una semana después, ya me estaba montando en el avión, justo coincidiendo con la noche de Guy Fawkes.