Capítulo 45 #2
«Joder, Tom. ¿Por qué tenías que…? Uf», no era capaz ni de terminar esa frase en mi mente. ¿Cómo iba a aguantar cuando viera a Debbie, cuando viera al resto de la banda? No les había dicho nada aún de que estaba yendo a Northwood. No sabía si sería capaz de soportar verlos de nuevo.
La primera con la que hablé después de la llamada de Debbie fue con Vanessa. Era la que más entera estaba. Consiguió hacerme reír un par de veces durante la conversación, recordando momentos de cuando nos conocimos, hablando de la leyenda de los turlips. Gracias a ella supe cómo estaban los
demás. Antonia había tenido un ataque de ansiedad muy fuerte en cuanto le dieron la noticia y tuvieron que llevarla a urgencias.
Yo no había conseguido hablar con ella más allá de mensajes sueltos.
Podía entenderla. A pesar de que mi reacción fue un poco diferente.
En cuanto Debbie me dio la noticia, mi cerebro desconectó, justo después de sentir, en lo más profundo de mi ser, que ya nunca iba a volver a ser feliz.
Llevaba anestesiado desde entonces. Me había convertido en lo que tanto me llamaban: un zombi que se arrastraba por las esquinas y que no era capaz de pensar en nada.
Iwan fue el siguiente que me cogió el teléfono. Estaba enfadado. Estaba muy enfadado. No conmigo, por supuesto. Decía que estaba enfadado con Tom, por haberse ido antes de tiempo, sin avisar, sin dejarle despedirse. « It’s not fair»
, repetía una y otra vez. También estaba muy enfadado con Ryan, su cuervo, por no haberlo avisado. «¿Y qué habría cambiado?», le pregunté. « Everything, Mateo. If I
’ d known… I would
’ ve gone to see him. Just one last time».
Recordar esa conversación me ponía triste y me hacía darme cuenta de lo mucho que lo quería. Lo mucho que lo querían todos.
El único con el que no conseguí hablar fue Roy.
Le llamé y le escribí, pero nada. Ni una sola respuesta.
Vanessa me dijo que llevaba sin ir a clases desde que se había enterado.
No quería ver a nadie. No quería salir de casa.
Dios. Se me rompía el alma solo de pensarlo.
Nos había afectado tanto la… la… No. No lo iba a pensar.
No quería pensarlo, joder. No podía ser real.
Como decía Iwan, no era justo. No era nada justo.
El metro a esas horas iba bastante lleno, pero me las ingenié para conseguir un asiento.
Me coloqué la mochila encima de las piernas y guardé en el bolsillo delantero la bolsa de papel que había estado a punto de dejarme en el avión.
Se me había olvidado dársela a Tom cuando estuve en Northwood y la había
guardado para dársela en Madrid. Al final, sí que se la daría en Northwood…
A mi lado estaba sentada una señora sujetándose con fuerza a su bastón de madera, con la mirada perdida y la cabeza gacha.
Frente a mí había un grupo de chicos de mi edad que no dejaban de mirar sus teléfonos y reírse escandalosamente.
Saqué los auriculares del bolsillo de mi chaqueta y me los puse, pero, cuando iba a ponerme algo de música, me di cuenta de que no me apetecía realmente.
No tenía ganas de escuchar nada. Solo… el vacío que sentía.
Con el móvil en la mano, me quedé mirando el fondo de pantalla que tenía puesto: una foto con toda la banda, en uno de nuestros ensayos.
Desbloqueé el teléfono e, instintivamente, busqué el vídeo que nos hizo Andrew mi último día, mientras Tom y el resto tocaban «Kintsugi», la canción que me había compuesto como despedida.
They say broken things can
’ t be fixed.
Reproduje el vídeo entero en piloto automático. Casi como si fuera otra persona la que lo estuviera viendo. Totalmente disociado. Incapaz de sentir algo.
—« Pero si me rompo… que sea contigo
» —
terminó la canción, mirándome. La cámara giró, buscándome en el patio de butacas, con las lágrimas a punto de desbordarse de mis ojos—. That’s it! Wow!
Ha sido una pasada —decía Tom al final, echándose a reír mientras la cámara volvía a enfocarlo a él.
Ahí terminaba el vídeo. Una lágrima cayó contra la pantalla de mi teléfono móvil y fue en ese momento cuando fui consciente de que estaba llorando. Quizá había estado llorando todo el tiempo. Ni idea. ¿Cuántas lágrimas me quedaban? ¿Cómo podía alguien llorar tanto? ¿Cómo era físicamente posible?
Me bajé en la estación de King’s Cross para hacer el transbordo a la línea Metropolitan, pero, antes de subirme de nuevo al metro, fui a comprar más comida.
Había pasado tanto tiempo sin comer que mi estómago parecía querer recuperar el tiempo perdido y, claro, lo hacía sin ningún tipo de freno.
Compré otro sándwich, unas patatas fritas, una Coca-Cola y dos chocolatinas, me senté en un banco de la estación y lo único que hice fue comer.
Sin pensar en nada más. Sin prestar atención a nada.
Como si fuera un robot. Un bocado, tras otro, tras otro. Hasta que lo terminé todo.
No sabía si salir a dar una vuelta para que me diera el aire.
O coger el metro y llegar ya a Northwood.
O quedarme ahí, esperando a que alguien hiciera las cosas por mí, que tomara las decisiones que yo no era capaz de tomar y moviera mi cuerpo, porque yo no podía.
Tal vez debía llevar algo para Debbie. Un detalle, ya que iba a quedarme en su casa.
Era lo que se hacía en esos casos, ¿no? Aunque no tenía ni idea de qué.
Ya lo pensaría cuando llegara a Northwood.
No podía quedarme mucho más tiempo ahí sentado, dejando que el tiempo pasara.
Había avisado a Debbie de que llegaría en una hora y media.
No quería tenerla esperando. No quería llegar tarde.
Así que me levanté, tiré en una papelera cercana los restos de la comida y volví a entrar en el metro.
Eran doce paradas. Doce que fui contando una a una mentalmente según las íbamos pasando.
Una cuenta atrás para enfrentarme a la realidad de la que tanto quería escapar.
Esa realidad en la que Tom… en la que… Uf… En la que Tom estaba…
En la que Tom estaba muerto.