El multimillonario ex mejor amigo de papá James #2
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James #2

Sin embargo, lo dice con una sonrisa educada, una sonrisa tan inocente que me desconcierta y me tensa los músculos del vientre.

—¿Quién ha dicho nada de sexo? Será solo de nombre.

Cruza los brazos, lo que le levanta los pechos y resalta ese escote delicioso que me dan ganas de lamer.

—Si voy a ser tu prometida falsa, necesitaré un anillo de compromiso con diamante, ¿no?

Es traviesa como ella sola.

—Supongo.

—Y tú, como eres un multimillonario de éxito, no comprarías una imitación barata.

No para la mujer con la que eliges casarte —ahora veo el brillo diabólico en sus ojos.

Me está manipulando, y joder si no se le da bien.

No puedo hacer otra cosa que echarme atrás o poner algo más sobre la mesa—.

Así que consígueme un anillo, y me lo quedo.

—Sales cara como acompañante.

—Mejor que una puta barata. Si quieres algo fácil, pon un anuncio en Craigslist.

Se da la vuelta y llega hasta la puerta antes de que me levante.

Cruzo la habitación y estampo la mano contra la puerta para mantenerla cerrada. Su cuerpo está casi pegado al mío. Siento el calor que emana de ella.

—Soy tu jefe, Claire. Espero que me trates como tal.

Se gira lentamente y me mira con ojos cautelosos, la espalda pegada a la puerta. Me cuesta un esfuerzo enorme mantener la mano en la puerta y no rodearle el cuello con ella, solo para recordarle quién manda aquí. Niña malcriada y consentida.

—Te compraré el maldito anillo, pero vas a hacer de prometida a la perfección. Solo tendrás ojos para mí.

—¿O qué? —sisea.

Me trago la lujuria, como si eso fuera a ablandarme la polla. Quiero mostrarle el castigo, no decírselo. Respiro hondo, inhalo su perfume floral y vuelvo a mirarla a los ojos.

—No quieres saberlo, pero empezará por devolver el anillo modesto.

Me sostiene la mirada un momento más. Prácticamente puedo sentir cómo hierve por dentro.

—¿Cuándo es la fiesta... Sr. Douglass?

—Mañana por la noche. Te doy una hora, en horario laboral, para que vayas a buscar un vestido que apruebe Jessica. Pasaré a recogerte.

—Soy perfectamente capaz de conducir. —Otro desafío.

Dejo que el silencio se alargue y me inclino hacia ella. Nuestros pechos casi se rozan. Una respiración profunda y sentiría su cuerpo contra el mío por primera vez.

—Yo te recogeré. Estate lista a las siete.

Frunce los labios y se le sonrojan un poco las mejillas. Aunque no es por halago. Sé que la he frustrado. Aun así, asiente e intenta abrir la puerta de nuevo. La mantengo cerrada y arqueo una ceja, ladeando la cabeza a la espera de su respuesta.

Gruñe.

—Sí. Estaré lista. Enhorabuena, te has comprado una prometida.

Una hora más tarde, Jessica me transmite su aprobación del vestido de Claire.

No se me escapa la mirada frustrada que Claire me lanza cuando llega el momento de marcharse por la semana.

Se da la vuelta y se echa el pelo hacia atrás sobre los hombros.

Le cae justo por encima del trasero. El mismo trasero que de verdad necesita unos buenos azotes.

Sonrío con malicia ante la idea de ponerla en su lugar, de sacar su lado dulce y obediente, ese lado que sé que se esconde bajo todas esas capas de descaro.

Mañana por la noche será divertido.

La recojo y la observo deslizarse dentro del coche.

Los tacones de diez centímetros hacen que sus piernas luzcan impresionantes y el vestido solo realza su belleza natural.

Está madura, elegante, jodidamente follable.

Cuando se sienta, el vestido deja al descubierto la piel cremosa del muslo, casi hasta la ropa interior.

Agarro el volante con tanta fuerza que se me ponen blancos los nudillos.

Quiero deslizar la mano por su muslo y clavar los dedos, separarle las piernas hasta poder hundirle los dedos en el coño y llevarla al límite para que llegue a la gala temblando y mojada.

Pero no puedo. No lo haré. Me limitaré a apretar el volante hasta que duela.

—¿Es tu primer evento de este tipo? —pregunto, intentando con todas mis fuerzas ignorar las reacciones de mi cuerpo.

—Algo así. —Se muerde el labio.

Por alguna razón, eso me llama la atención. Muchas chicas lo hacen, pero con esta iluminación, el gesto me resulta extrañamente familiar. Ella me resulta familiar. No. Sacudo la cabeza. Ni siquiera es posible. No puedo tener tan mala suerte.

—¿A qué viene esa cara? —pregunta.

—Un pensamiento tonto. Por un momento pensé que eras otra persona.

—¿Alguien bueno? ¿O me vas a insultar otra vez?

—La hija de un viejo amigo. —Me río al decirlo. Solo la había visto unas pocas veces. ¿Por qué he pensado siquiera en ella?

—¿Y si lo fuera?

—Entonces estaría... en problemas. —Es la forma más suave de decirlo.

Si Jeff tuviera la más mínima idea de lo que estoy pensando, me partiría la cara.

Ya tiene suficientes razones para hacerlo, teniendo en cuenta que su mujer lo dejó después de que yo destapara la aventura, pero si supiera que me paso el día empalmado pensando en su hija, eso ya sería otra historia...

Pero ella no es su hija. No puede serlo.

—Pero no puedes ser ella.

Suspira y se gira para mirarme.

—Adopté el apellido de soltera de mi madre cuando cumplí dieciocho.

Freno en seco en el stop, más bruscamente de lo necesario. Chilla y me mira a través del pelo que le cae sobre la cara, jadeando.

—¡Qué coño!

—¿Cuál es el apellido de tu padre? —exijo saber, ignorando el claxon del coche de detrás.

Traga saliva mientras me observa, con los ojos muy abiertos, de pronto inocentes y tan azules que casi quiero estrecharla entre mis brazos y disculparme por mi arrebato. Luego se lame el labio inferior y niega con la cabeza.

—No es asunto tuyo.

—Dímelo. Ahora. —Lucho contra el impulso de agarrarla, de inmovilizarla hasta que me dé lo que quiero.

Esta vez no me mira a los ojos, solo niega con la cabeza.

—Ya lo sabes.