El multimillonario ex mejor amigo de papá James
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James

CUATRO

Probablemente debería estar concentrándome en mis amigos, pero no puedo quitarme de la cabeza a mi nueva empleada, Claire Evans, que está buenísima.

Con sus provocaciones, su ingenio y ese cuerpo de infarto, tiene que ser un regalo del universo.

De otra forma no se explica que haya aparecido en mi vida así.

Una mujer despampanante, descarada pero inteligente. Exactamente mi tipo.

Me había costado un esfuerzo enorme despedirme solo con un apretón de manos. Y otro tanto contenerme para no tocarme la polla bajo el escritorio. Ninguna mujer me había provocado ese efecto en años. No sé qué hacer con toda esta lujuria acumulada.

Y podré verla en la oficina todos los días, empezando el lunes.

Devorarla con los ojos mientras alimento la fantasía de poder tocarla algún día.

Fantasear con que soy el único al que mira así.

Que mis manos serán las únicas que la toquen.

Quiero recorrer cada centímetro de su cuerpo.

Quiero follármela de cincuenta formas diferentes solo en mi oficina.

Esto demuestra lo peligrosa que es. Peligrosamente hermosa, perfecta, sexy. Una distracción que no debería haber contratado, lo sé, pero ¿cómo iba a resistirme? Aunque desearla me convierta en un viejo verde, me da igual. Aunque algunos lo llamen la típica crisis de los cuarenta, sé lo que quiero.

Y quiero a Claire Evans de rodillas, suplicándome que le dé mi polla.

—Venga, Jimmy —Dave me da un codazo—. Intenta estar aquí con nosotros. ¡Deja de pensar en el trabajo!

Arqueo una ceja.

—Tengo muchas cosas en la cabeza. No puedo desconectar del trabajo así como así, como otros.

—Vaya, golpe bajo —resopla Dave.

—Sí. ¡Nada de negocios en el bar! —me recuerda Tom—. Hicimos ese pacto en la universidad. Da igual cuánto tiempo haya pasado. Un pacto es un pacto.

—Jeff siempre estaba dispuesto a escuchar —le dice Dave a su cerveza, murmurando el nombre de alguien en quien no quiero volver a pensar jamás.

Lo fulmino con la mirada. Los cuatro nos conocemos desde hace mucho.

Siempre hemos estado juntos. Jeff, Dave, Tom y yo.

Pero el maldito Jeff Donovan se pasó de la raya e intentó endosarme un negocio ruinoso.

Podríamos habernos recuperado de eso. Pero no cuando decidió follarse a mi mujer. No, de eso no hay forma de recuperarse.

Se acostó con Caroline la misma noche que me coló el negocio ruinoso.

Había ido a su casa para intentar arreglar las cosas con él.

En cambio, me encontré a mi mejor amigo y al amor de mi vida traicionándome, justo en la terraza de su piscina.

Por supuesto, según ella, yo era el mal marido por no haberme enterado de que llevaban seis meses con aquello.

Me dio asco. Nunca pude volver a mirar a mi mujer de la misma manera.

Es difícil olvidar cómo él le ahogaba los gemidos con besos, o lo descarado que fue.

Su propia mujer e hija estaban durmiendo en la casa.

Si la niña no me hubiera distraído, podría haber hecho algo peor.

En cambio, le dije que volviera a la cama, que todo estaba bien.

¿Cómo se llamaba? ¿Clara? ¿Carla? Da igual.

Tardé veinticuatro horas enteras en calmarme lo suficiente para decidir qué hacer.

Le conté a su mujer lo de la aventura. Pensé que querría saberlo.

Mi vida nunca volvió a ser la misma después de aquello.

Había destrozado mi mundo. Pero todo eso quedó atrás, y ahora Jeff, su mujer y su hija están fuera de mi vida.

—Deja de darle tantas vueltas —dice Tom—. Vas a espantar a las tías.

—O te van a salir arrugas, y eso echa para atrás a las jovencitas —añade Dave.

Dave, divorciado dos veces, adora ligar con chicas jóvenes. Mientras sean mayores de edad, para él todo vale. Observa a una chica guapa de piel suave y bronceada. Desde donde estoy, siento una punzada de asco, más hacia mí mismo que hacia Dave. No es el único que fantasea con una chica más joven.

—Me encanta vivir en una ciudad universitaria —Dave le da un trago a su copa para rematar la frase.

—Vale, asaltacunas —bromea Tom. Su alianza brilla en el dedo. Es uno de los pocos hombres que conozco que está felizmente casado. Me da esperanza cuando no me saca de quicio.

—Somos unos viejos tristes y gruñones —resoplo.

—¿Qué mosca te ha picado hoy? —me pregunta Dave, ahora en serio.

—Nada.

—Venga ya. En un par de copas te lo sacamos igual —coincide Tom—. ¿A qué viene tanta hostilidad? ¿Estás cabreado por algo del curro?

—O simplemente necesitas echar un polvo. A lo mejor el problema es precisamente lo que no tienes metido —Tom y Dave se ríen mientras le doy otro trago a mi copa.

Ha pasado un tiempo, eso seguro. Pero aparto esos pensamientos. Me centro en la conversación intrascendente que me rodea: cómo les va a Tom y Dave, los viejos tiempos, relajarnos un viernes.

Entonces la veo en la barra con otra chica. Al contrario que en la entrevista, Claire está nerviosa y visiblemente alterada. Es adorable. Sonrío para mis adentros y apuro mi copa.

Mis ojos vuelven a ella una y otra vez, deseoso de disfrutar de las vistas: ese vestido increíblemente sexy, esos labios de un rojo intenso.

Por mucho que intento evitarlo, mi mente se empeña en imaginar cómo le arranco los finos tirantes con los dientes.

Hay un callejón ahí fuera, discreto y apartado. No es mi despacho, pero…

—Ooh. Han puesto el partido —Tom me señala la tele—. ¿No tienes pasta apostada, Jim?

Asiento, echo un vistazo al marcador, miro la hora y apuro mi copa.

—¿Os pido otra ronda?

—Sí.

—Whisky para mí. A ver si me convierto en un viejo menos gruñón —gruñe Dave antes de esbozar una sonrisa pícara—. No quiero aguarte la fiesta.

Me dirijo a la barra, pero no me permito acercarme demasiado a Claire.

No sé si podré resistir la tentación, y me niego a ir detrás de un polvo.

Desde luego, no voy detrás de secretarias, y menos de la mía.

Sería rastrero y de mal gusto. Aunque me encantaría pillarla, inmovilizarla y azotarle el culo por portarse tan mal.

Meterle los dedos en el coño y… No, de verdad tengo que dejar de pensar en ella así.

Voy a tener que verla todos los días en la oficina. Demasiados problemas en potencia.

Le hago un gesto con la cabeza y levanto mi copa de bourbon. Ella finge no verme y centra su atención en la chica que tiene al lado.

Chica lista.

La primera semana trabajando con ella es un infierno para el que no estoy preparado.

Su escritorio está justo fuera de mi despacho, así que no pensé que la tentación fuera a abrumarme tanto.

Pero lleva conjuntos que me dan ganas de corromperla.

Siempre apropiados para el trabajo, pero siempre algo que quiero arrancarle.

Y las miradas que me lanza cuando me pilla disfrutando de las vistas: arquea una ceja, me dedica una sonrisa cómplice y suelta un «gracias por el cumplido, señor».

Tan sarcástica y provocadora. Me encanta y lo odio.

Me encanta porque es mía para disfrutar.

Puedo mirarla cuando quiera, y ella bromea conmigo con total naturalidad.

Lo odio porque no puedo hacer nada con su descaro, no como me gustaría.

Juro que sabe que estoy loco por ella. Se inclina para enseñar el trasero, se ajusta el escote, lleva collares que dirigen la mirada directamente a sus pechos.

Es como si estuviera jugando conmigo. Probando a ver si cedo, pero de formas tan sutiles que yo seguiría siendo el viejo asqueroso si doy el primer paso.

Es demasiado joven, prácticamente puedo oír a mis amigos llamándome asaltacunas, pero sus curvas, su lengua afilada y su determinación en el trabajo son adictivas. No logro sentirme lo bastante culpable como para dejar de desearla.

Al menos tengo una excusa para tenerla a solas y fuera de la oficina: me llega una invitación por correo electrónico que no puedo rechazar. Es para un evento formal al que asistirá gente de alta sociedad.

La intercepto antes de que salga a comer.

—Claire.

—Sr. Douglass —me llama de la misma manera cada vez que hablo con ella: por mi apellido o «señor», y nunca con una mirada fuera de lugar.

—Necesito una acompañante para un evento que se acerca.

Se ajusta el vestido como si eso fuera a ocultarle el cuerpo. Un cuerpo que ya no quiero que permanezca oculto. Me recuesto en la silla y la observo con atención. Nunca se sonroja cuando la miro. Y la miro a menudo.

—Solo que vas a tener que ser más que mi acompañante.

Maneja bien la sorpresa. Se aclara la garganta.

—¿Me lo explica, por favor?

—Necesito que finjas ser mi prometida —mi dedo traza círculos sobre la mesa, cada vez más cerrados, mientras la recorro con la mirada. Me pregunto por un segundo si lleva sujetador.

—Eso no es precisamente apropiado ni necesario para un evento de trabajo.

—Pero lo es, me temo. Tengo fama de perder la cabeza cuando bebo demasiado —explico—.

Todo tipo de mujeres se me lanzan encima, intentando conseguir la oportunidad de convertirse en la próxima señora de James Douglass.

Necesitaré que te asegures de que no me meta en situaciones comprometidas de las que sea difícil salir.

—Así que me está diciendo que literalmente no puede quitárselas de encima ni con un palo, ¿eh? —le sonrío, impresionado por su ingenio—. Aún no entiendo por qué necesitará una prometida falsa para eso. ¿Por qué no simplemente una acompañante normal? ¿O un guardaespaldas?

—Estas mujeres pueden ser... muy insistentes.

No se desanimarán solo con una novia, y estoy cansado de rechazar sus avances con educación.

La verdad, es mucho más fácil decir que estoy comprometido, y eso es exactamente lo que Jessica hacía por mí —la miro, sin entender por qué tengo que convencerla—.

Mira, te gusta negociar. ¿Qué te parece esto?

Haces lo que te pido y te subo el sueldo.

—Eso me hace parecer una puta.