James
DOS
Justo cuando empiezo a coger ritmo con los informes, llaman a la puerta dos veces. Sé quién es sin mirar, igual que sé que mi plan para hoy se va a ir al traste. Niego con la cabeza mientras la gerente de oficina entra. Jessica se sienta y me arquea una ceja.
—¿Ni siquiera quieres ver a los candidatos para tu asistente personal?
—Avery lo tiene controlado. Es más que capaz —sigo trabajando en un informe.
—¿Este nuevo asistente irá a eventos de trabajo contigo, como hacía yo?
—Sí.
—¿Y te parece bien cualquiera que Avery elija para ti? ¿No deberías asegurarte de que sean capaces... en persona? —Jessica por fin consigue mi atención. Tiene razón. Por eso trabaja para mí.
Ha sido la mujer perfecta para llevar del brazo a los eventos. Su elegancia, inteligencia y profesionalidad me han permitido relacionarme sin preocupaciones. Pero ahora que está casada, ha insistido en cumplir solo el horario normal de trabajo.
Fue una lástima perderla, pero se merece el ascenso. Y ahora voy a tener que enseñar a otra persona a ocupar su puesto.
—¿Qué opinas?
—Sabes lo que pienso, o no habrías dejado de trabajar —se encoge de hombros—. Tenemos cinco posibles secretarias en la sala de espera y una en la sala de conferencias con Avery. Échalas un vistazo.
Y con eso sale de mi oficina. Jessica ha dejado atrás su timidez y sus reparos a llevarme la contraria.
Durante el último año, ha sido implacablemente directa, y casi siempre tiene razón.
Ha evolucionado mucho desde que era una asistente tímida.
Sonrío y niego con la cabeza. Habría sido más fácil negarle el ascenso, pero tengo que admitir que dirige la oficina mucho mejor que quien la precedió. Joder, mejor que nadie. Se lo merece.
Suspiro y me froto la frente. Sé que es mejor seguir su consejo antes de que sea demasiado tarde y Avery haga alguna estupidez que no pueda deshacer.
Atravieso la sala de espera y veo a las candidatas.
No todas son jóvenes, algunas son mujeres mayores.
Puede que estén cualificadas para el trabajo de oficina, pero no para las fiestas.
Bastante decepcionante. Espero que alguna me llame la atención.
Paso junto a los enormes ventanales de la sala de conferencias.
Y entonces la veo. Con cierto aire a Marilyn Monroe.
Está hablando y gesticulando con sus manos de manicura perfecta.
Joder, es una criatura preciosa. Me quedo paralizado justo fuera de su campo de visión, devorándola con la mirada, memorizando su rostro angelical y su cuerpo voluptuoso para más tarde.
La rubia a la que están entrevistando me tiene atrapado.
Lleva tacones negros que atraen la mirada hacia sus delicados tobillos y sus piernas largas.
Sus piernas tonificadas y esculpidas desembocan en una falda casi demasiado ceñida para ser profesional, pero con el ajuste justo para tentar.
Y es jodidamente tentadora. Para comérsela.
Su cuello esbelto, la curva de sus pechos, la forma en que se sienta con tanta seguridad...
Se echa el pelo sobre el hombro y se frota la mandíbula con el pulgar.
Su piel pálida es tan suave y cremosa, con un rubor natural en las mejillas.
Entonces sus ojos pasan de pensativos a desafiantes.
Afilados, como los de un depredador que tiene a su presa acorralada, como si toda esta entrevista fuera un juego que sabe que va a ganar. Dios, es jodidamente sexy.
No hay vacilación en sus respuestas. No mueve la pierna nerviosamente.
No juguetea con un bolígrafo ni se toca el pelo.
Se reclina ligeramente mientras Avery hace otra pregunta.
Está relajada, prácticamente fundiéndose con la silla, con una sonrisa arrebatadora.
Hay algo en la curva de sus labios que me dice que estaría igual de cómoda provocando a Avery con todo lo que no puede tener que respondiendo a sus preguntas de siempre.
Está acostumbrada a ser el centro de atención.
Unos mechones de pelo le caen sobre la oreja y se curvan ligeramente al rozar la curva de su pecho. A diferencia de la mayoría de las candidatas, no intenta colocárselos, no se los aparta a un lado, simplemente los deja. Mi polla empieza a crecer. Quiero ver su pelo completamente suelto, libre.
Joder, me gustaría verla completamente desatada.
Me recoloco y cierro los ojos un momento.
Un intento de controlarme. Fracasa estrepitosamente.
Porque con los ojos cerrados, veo a esta mujer inclinada sobre mi escritorio mientras la embisto con fuerza.
Su culo chocando contra mis muslos mientras mi mano le sube la falda hasta la cintura.
Casi puedo oírla provocándome, preguntándome si eso es todo lo que tengo.
No he sentido este deseo, esta atracción inmediata por nadie, desde que Caroline me dejó. Y nunca he querido mezclar los negocios con el placer tan rápido, nunca he querido hundirme en una mujer sin siquiera saber su nombre.
Abro los ojos y la veo reír, con los ojos entrecerrados mientras se lleva una mano al pecho. Se recuesta y esboza una sonrisa genuina, no algo que haya preparado para una entrevista. La falda se le sube un poco por el muslo, y sus dedos ágiles la bajan de nuevo.
Se muerde el labio y pasa la mirada del currículum a Avery, dándole de nuevo toda su atención. Pero yo quiero su atención, exclusiva y absoluta. Una oleada de celos me desconcierta. No soy posesivo, pero ver cómo Avery la mira, la lujuria que veo en sus ojos, me empuja a querer hacerla mía.
Intento racionalizarlo. No es posesividad. Es una medida de protección, preventiva. Avery tiene las manos muy largas. Así que lo lógico es mantener a Avery lejos, muy lejos, de ella.
Las mías son las únicas manos que deberían tocarla. Y solo después de que me lo suplique.
No puedo soportarlo, especialmente cuando se mueve en el asiento y me deja entrever su escote. Piel pálida que parece tentadoramente suave. Quiero deslizar la lengua por esa carne expuesta y saborearla. Me relamo y hago lo más estúpido que podría hacer.
Abro la puerta.