El movimiento perfecto CAPITULO 1
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El movimiento perfecto

El movimiento perfecto

Por Lina Pastor Beguer

© inepub.com

CAPITULO 1

Emma se levantó temprano. Era martes y hoy tenía un día muy ocupado.

Clase de pilates por la mañana, comida con su amiga Maribel y por la tarde el Club de Lectura.

A pilates iba por obligación. Nunca le había gustado hacer deporte, pero era consciente de que a su edad era necesario mantenerse activa y desde que su médico de cabecera le había dado un importante toque de atención, procuraba asistir todas las semanas.

Había encontrado un lugar donde el ambiente era agradable.

Eran solamente ocho, todo mujeres, y todas superando los sesenta años.

Lo que la decidió a apuntarse a ese curso fue el gimnasio donde se impartía.

Tenía duchas individuales y privadas lo que le permitía ir y volver con su ropa de calle y cambiarse allí.

Además, podía alquilar una taquilla de uso exclusivo para ella, donde dejar algunas de sus pertenencias, guardar los zapatos, su bolso y además podía colgar la ropa, evitando que se arrugara.

Era consciente de que era una persona presumida y se sentía totalmente incapaz de salir a la calle sin encontrarse perfecta, por lo que tener un lugar en el que arreglarse con tranquilidad era primordial.

Las zapatillas de deporte las guardaba en la taquilla, las mallas y la camiseta en una bolsa de plástico con cierre, de forma que al salir del gimnasio podía ir a cualquier parte.

Como ese día, que había quedado a comer con Maribel, como todas las semanas.

Terminó de arreglarse y se dio un último vistazo en el espejo antes de salir.

Se arregló un mechón de pelo que había quedado descolocado y quedó satisfecha con la imagen que vio.

Melena corta rubia, ojos verdosos, ni demasiado gorda ni demasiado delgada, ni alta ni baja.

El pantalón blanco que llevaba le sentaba bien y la chaqueta azul marino conjuntaba perfectamente con la camisa blanca con lunares azules.

«Bastante clásica» —pensó, pero ella era así y a esas alturas ya no resultaba fácil cambiar de estilo.

Se miró los zapatos dudando en si debía cambiárselos o no, eran su última adquisición y tenía ganas de estrenarlos, aunque sabía que probablemente acabarían molestándole.

«Si me molestan cogeré un taxi para ir a comer» —decidió.

Aunque la clase de pilates comenzaba a las once de la mañana, salió de su casa, en pleno centro del barrio Ruzafa, sobre las nueve.

Primero tenía que desayunar y en eso invertía casi una hora.

Era una costumbre que le resultaba extraña a algunas de sus amistades, pero para ella era un ritual del que disfrutaba con gran satisfacción.

Entró en el bar de siempre, que no era especialmente bonito, pero el café y las tostadas estaban realmente buenos y el precio era adecuado.

El ambiente era el cotidiano. Una mesa con una pareja mayor, otra con un grupo de madres que habían dejado a los niños en algún colegio cercano y una tercera con un matrimonio y su hija adolescente.

Al fondo del local estaban preparadas las mesas para los almuerzos que, junto con las comidas, eran el principal negocio del bar.

Los dueños, como en muchos de los bares y restaurantes de la ciudad, eran de nacionalidad china y no hablaban mucho español, por lo que, a pesar de acudir todos los días desde hacía más de un año, la conversación con ellos era inexistente, lo que le permitía disfrutar del desayuno con la tranquilidad que le gustaba.

Así que, con un buenos días y una sonrisa quedaba cubierta la parte social.

Se sentó en su mesa habitual y sacó el móvil para echar un rápido vistazo a las noticias del día.

Recordaba con cierta nostalgia los tiempos, no tan lejanos, donde había que esperar turno para poder leer el único periódico en papel que solía tener cualquier establecimiento.

Ella, acérrima lectora, prefería el tacto del papel entre sus dedos, pero reconocía que la inmediatez de la información que le proporcionaba su teléfono no podía compararse a la manera tradicional de informarse.

Comenzó revisando la crónica política. El panorama nacional no era bueno, con el gobierno y la oposición siempre enfrentados y más preocupados por los intereses del partido que por el de los ciudadanos.

Las noticias internacionales tampoco eran mejores, con la amenaza velada de la tercera guerra mundial flotando en el aire.

«Lo de siempre y los de siempre»—pensó mientras tomaba un sorbo del café con leche que ya tenía sobre la mesa. Se sentía un poco harta de la política y tenía la impresión de que se cometían los mismos errores una y otra vez.

Estaba a punto de dar el primer bocado a su tostada de mantequilla y mermelada cuando una noticia le llamó la atención.

Habían localizado en Ruzafa el cuerpo sin vida de una mujer con signos de violencia.

Al parecer era una empleada doméstica que salía de trabajar y la habían asesinado de camino hacia su casa.

No daba muchos más detalles, más allá de las iniciales de la víctima, L.B.

y la edad, alrededor de 50 años. Tampoco se indicaba en qué zona de Ruzafa había ocurrido el suceso.

No pudo evitar sentirse un poco inquieta.

Ella vivía en el barrio y un asesinato cerca de casa no era algo para tomarse a broma.

«¡Pobre mujer!» —exclamó, sin darse cuenta de que había pronunciado esas palabras en voz alta.

Enseguida pensó que le preguntaría a su sobrina, la inspectora Cristina Morat, la próxima vez que viniera a visitarla.

Solía hacerlo con bastante frecuencia, aunque ella evitaba hablar de su trabajo, prefería charlar sobre otros temas y desconectar durante el rato que permanecían juntas.

Pero esta vez era diferente, este suceso le tocaba de cerca y esperaba que su sobrina pudiera darle más información.