El Montañés que Me Sigue (Los Hombres de la Montaña de Linesworth nº 7) Epílogo Uno
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Epílogo Uno

Benji

Tres meses después…

Cuando se sabe, se sabe, y yo supe en el momento en que probé los gofres de Tillie que mi chica había dado con algo. Y ahora todo el mundo lo sabe también.

La cola rodea el mercado agrícola; todos quieren una parte de las delicias que ella sirve.

Y yo estoy aquí mismo, a su lado, con un delantal puesto y una maldita sonrisa. Porque mi mujer por fin está encontrando su ritmo. Encontrando su lugar.

Trabajamos toda la tarde, hasta la noche, y cuando termina el ajetreo de la cena, Tillie y yo nos detenemos los dos por primera vez en horas, riendo de agotamiento.

—Es la vez que más trabajo hemos tenido —dice ella, lavándose las manos antes de quitarse el delantal.

—Y tú estabas preocupada por que la llegada del Lumberjack Smoke Haus a la ciudad perjudicara tu negocio.

—¿Es raro tener todo tu menú en un restaurante de verdad en Main Street? —pregunta mientras cerramos su camión por la noche.

Niego con la cabeza. La verdad es que hay diez aperturas más previstas en la costa oeste para el año que viene. —No, ¿es raro verme en toda la publicidad?

Tillie se ríe. —No, ya no tengo celos. Pero eso es porque sé que, al final del día, es en mi cama en la que te metes.

Atraigo a mi chica, besándola con fuerza. Sus labios se separan y paso mis manos por el dobladillo de su vestido, apretándole el culo. —Dios, te deseo —le digo.

—Bien —dice con una sonrisa pícara—. Porque yo también te deseo.

Cerramos el camión y nos subimos a su coche para ir a la cabaña.

Hablamos de construir algo nuevo después de que recibiera el cheque por la venta de mi negocio, pero decidimos que no teníamos prisa.

Y en cierto modo, tiene razón. Pero después de tres meses de vida con ella, hay algunas cosas por las que no puedo esperar más.

Una vez en casa, Tillie empieza a desvestirse y yo la observo, adorando cómo se ve desnuda. Sus curvas son tan jodidamente sexys, su pelo largo cayéndole por la espalda. Envío discretamente un mensaje con mi teléfono y espero a que el suyo pite.

Ella lo coge de la mesita de noche, frunciendo el ceño. —Tengo que apagar esto.

—Eh, ¿qué dice, de todos modos?

—Es solo una notificación de Chatter —dice ella.

—¿Quizá deberías mirarla? —Abrimos una cuenta para su nuevo «food truck» y ha sido increíble ver cómo crecía su audiencia mientras compartíamos fotos de su deliciosa comida.

Ella suspira, pero me mira con una carcajada. —Al menos podrías desnudarte mientras hago esto.

Riéndome del ruego, hago lo que dice mi mandona chica, con el corazón latiéndome con fuerza mientras consulta su mensaje.

—Son solo algunas cuentas nuevas que me siguen —dice.

—¿Cuáles?

Ella tuerce los labios. —Qué raro, es un lugar para bodas. Y una tienda de anillos de compromiso. Y un servicio de catering local.

Me mira y me encuentra de rodillas. —¡Oh, Benji!

Le tiendo una cajita de terciopelo negro que guarda un brillante anillo de diamante. —Sé que dijimos que no teníamos prisa por comprar una casa nueva, pero chica, no quiero esperar para que esto sea para siempre contigo. Cásate conmigo, sé mi esposa. Hagamos de Linesworth nuestro hogar, juntos.

Se tapa la boca por la sorpresa y luego se pone de rodillas frente a mí. —Claro que me casaré contigo, Benji. Eres todo mi corazón.

Le deslizo el anillo en el dedo y las lágrimas se le saltan por las mejillas. —Es perfecto —digo.

—Igual que nuestra historia de amor. Perfecto porque es nuestro.

—Dios, te quiero —digo, levantándola en brazos y llevándola a la cama. Está desnuda y es mía. Toda mía. Un maldito regalo precioso que seguro que no me merezco, pero que pienso disfrutar cada día de mi vida.

—Te necesito —gime mientras le separo las rodillas, arrodillado ante mi futura esposa.

Su dulce coño está bien jugoso, mojado solo para mí, y paso la lengua por sus pliegues; su flujo cremoso me llena la boca de una manera que hace que mi polla esté dura como una roca y lista.

Joder con ella es lo que más me gusta del mundo y ella lo sabe.

Empuja su culo hacia el borde de la cama, queriendo que le chupe el clítoris y la haga gotear aún más. Se apoya en la cama mientras me esmero en hacer que se corra bien fuerte, como ella necesita.

—Oh, Ben, oh... —Gime mientras la hago disfrutar, introduciéndole los dedos y masturbándola muy despacio, tanto que ella busca mi mano para que vaya más rápido y la saque de su agonía.

Levanto los ojos hacia los suyos. —Me gusta provocarte, nena —digo, apartando su mano y moviendo el pulgar sobre su apretado botón hasta que ella agarra las sábanas, suplicándome que la deje correrse—.

Te correrás cuando yo quiera, amor —le digo, y luego pongo su suave mano sobre mi gruesa polla.

Ella me acaricia como necesito, bombeando mi polla para que esté bien preparada para su estrecho agujero.

Me pongo en pie, levantando sus piernas sobre mis hombros, y hundo mi polla donde debe estar. Con ella, el amor de mi vida. La mujer que será mi esposa, la que ya es todo mi mundo.