El Montañés que Me Sigue (Los Hombres de la Montaña de Linesworth nº 7)
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Prólogo
Tillie
La cuestión es esta: puede que sea una mujer de veinticuatro años que vive en la era de las redes sociales, los selfis y los hashtags, pero en el fondo soy una chica a la antigua.
Bueno, ni siquiera tan en el fondo. Básicamente está en la superficie y no es que lo esté ocultando precisamente. Yo, Matilda Jones, me aferro a la visión optimista de que vale la pena esperar por el amor verdadero.
Soy el tipo de chica que lleva el corazón en la mano, de las que crecieron con comedias románticas de finales felices trillados.
Son lo mejor. Y no solo porque me hagan creer que las kellys de Manhattan pueden encontrar a su único y verdadero amor, no solo porque reafirmen que las adictas a las compras pueden encontrar algo más que una bufanda verde.
Son películas que me recuerdan que, al final, todo sale bien.
Entonces, ¿por qué ese hombre delirantemente sexy que está a diez metros de distancia me hace querer olvidar todo en lo que he creído?
Porque está convirtiendo mi vida en un infierno.
Y es difícil creer que conseguiré mi propio «y vivieron felices» cuando este chef engreído no deja de mirarme como si fuera idiota por creer que mi duro trabajo acabará dando sus frutos.
Es odioso con su larga cola de clientes cada día a mediodía, todos devorando su menú cuidadosamente seleccionado.
Y luego aquí estoy yo, mirando mis muffins y mis scones sin vender mientras se secan a medida que sale el sol en Linesworth, el pueblo de montaña de estilo bávaro donde nací y me crié.
Siempre pensé que a estas alturas ya habría llegado a alguna parte con mi vida...
pero desde que terminé la universidad hace unos años, he ido dando tumbos de una cosa a otra, abusando de la hospitalidad en la casita que mis padres compraron hace varios años con la intención de que fuera un alquiler.
Siempre me ha encantado el mercado agrícola, desde que era pequeña.
Venía aquí cada semana con mis padres y me tomaba un cucurucho de helado o una oreja de elefante; mamá compraba col rizada y tomates, papá compraba ristras de salchichas curadas y todos nos íbamos felices.
Eran mágicas, aquellas mañanas, el lugar donde me sentía más a gusto en todo el mundo, y es donde quería estar.
Amo este pueblo, la comunidad de artistas y emprendedores que viven aquí, por no hablar de los hombres barbudos para caerse la baba que vienen por las aventuras al aire libre.
Fui a la universidad para estudiar contabilidad. Y aunque podría conseguir un trabajo en una oficina, los únicos sitios donde contrataban estaban al otro lado de las montañas, en Seattle. No quería irme nada más volver.
Siempre me ha gustado la cerámica como pasatiempo, y la he vendido en el mercado de vez en cuando, pero no rinde lo suficiente para pagar las facturas.
He tenido trabajos esporádicos, ayudando en restaurantes locales cuando andan cortos de personal o cuando el ayuntamiento organiza grandes festivales.
Cuando vi una vieja furgoneta de comida a la venta en Craigslist, decidí usar lo último que me quedaba de dinero en efectivo para comprarla.
Siempre me ha gustado cocinar para mi familia y todo el mundo dice que hago una comida increíble.
Pensé que me ayudaría a ser autosuficiente.
Mi padre me ayudó a pintarla y le planté un logo.
Mi madre me ayudó a restaurar una vieja cafetera espresso y empecé a hornear muffins.
El plan era aparcarla en el mercado y vender lattes y dulces a todos los que compraran sus productos agrícolas y artesanías.
Parecía bastante fácil. Por desgracia, nadie quiere mi café. Ni mis dulces.
Solo quieren la comida de Benji de su Lumberjack Smoke Haus, un nombre muy apropiado.
Huele de maravilla, bratwurst barbacoa ahumada con madera de nogal.
El hecho de que seamos un pueblo de estilo bávaro lleno de hombres de montaña y él ofrezca esta gastronomía... quiero decir, es que da en el clavo.
Lo cual es genial. O sea, realmente fantástico. Me alegro muchísimo por él.
También puede que tenga un poquitín de envidia. Y con un poquitín, me refiero a muchísima.
Porque mientras yo me he estado dejando la piel, él simplemente llegó al pueblo conduciendo, aparcó su furgoneta de comida de pijo a una manzana de la mía y empezó a forrarse. ¡Ni siquiera es de aquí!
Sé que sueno un poco patética.
Y un poco dramática.
Claro, tiene barba y supuestamente le encanta la escalada, pero es ostentoso de una forma que este pueblo no lo es. El pueblo que yo amo.
Y la semana pasada empezó a seguirme en Chatter.
Y me envió un mensaje directo pidiéndome que yo también lo siguiera.
¿Quién hace eso? A ver, mi cuenta es privada, y ya tiene a un montón de mujeres siguiéndolo.
¿Por qué le importo yo y mi competencia de furgoneta de comida totalmente insignificante?
Es un urbanita «reformado» que ama su smartphone. Usa la aplicación Chatter para transmitir hasta su último pensamiento, enviando mensajes día y noche a su millonada de seguidores, que parecen pensar que es el regalo de Dios para esta montaña.
Me está volviendo loca. Me mantiene despierta por las noches. Y no, no son solo las visiones de su deleitable cara barbuda... odio estar peleada con él, sobre todo porque parece no tener ni la más remota idea de que lo detesto.
Y cuanto más tiempo pasa aquí, más me pregunto qué va a ser de mí.
Soy una chica a la antigua, pero Benji está haciendo que me den ganas de empezar de cero. En lugar de dulce, estoy a punto de volverme de lo más insolente.