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Irene no lo ve el viernes. Lo ve el domingo por la mañana, a las once, sentada en el sofá con un café, que es peor.
Empieza con la sala vacía.
Es un plano de la unidad C desde el rincón, con las tres pantallas apagadas y el trípode fuera de cuadro, y dura cuatro segundos, y está bien elegido.
Después entra ella.
Irene se ve trabajar durante cuarenta y un minutos.
Se ve de espaldas, que es como se ve siempre a un montador, y se ve de perfil cuando gira la silla, y se ve dos veces de frente porque a las siete de la tarde la luz de la pantalla del centro le da en la cara.
Se ve decir «esto no» catorce veces.
Se ve levantarse a por agua. Se ve estirar los brazos hacia atrás. Se ve comerse media empanadilla de pie el once de febrero a las cuatro de la tarde, que es una cosa que no recuerda haber hecho.
Está montado bien. Está montado por alguien que ha visto ochenta horas de una mujer sentada y ha sabido encontrar los tres momentos en los que esa mujer para.
Y en el minuto veintiséis está la silla de la pared.
Damián Fuertes aparece en pantalla dos minutos y catorce segundos.
Se le ve la cara. Se le ve el cuaderno de espiral. Se le ve apuntar la hora.
Lo que dice no se oye: el audio está sustituido por música y por la voz de una locutora que explica, en veintidós palabras, que el lunes ocho de febrero un hombre se presentó en la sala sin avisar.
Y en la esquina de arriba, muy pequeño, corre un código de tiempo.
Irene lo lee sin querer, porque lleva veinte años leyendo códigos de tiempo antes que caras.
Empieza en 20:58:12:03.
Damián Fuertes llamó a la puerta a las nueve y diez.
Irene lo vuelve atrás y lo comprueba dos veces, porque en esto no se equivoca: cuando aquel hombre llamó a la puerta, la cámara del rincón llevaba encendida once minutos y cuarenta y ocho segundos.
A los treinta y nueve minutos, el epílogo termina con una cartela blanca sobre negro que dice cuántas horas de material se rodaron y cuántas se emitieron, y con los créditos, que son cuatro pantallas.
En la segunda, arriba a la izquierda, hay una línea.
Con la participación de Irene Bermejo Otal
Es la fórmula que se usa en este país para los que salen en cámara. Para los entrevistados. Para el forense que explica una cosa durante dos minutos y para el vecino que enseña un huerto.
En esta pieza es la correcta.
Irene apaga la televisión.
A las once y cincuenta y dos entra un mensaje.
Sara B.
Lo he visto. Está muy bien hecho.
Irene lo lee tres veces y no contesta ninguna.
El abrigo lleva desde el viernes doce de febrero colgado en el respaldo de la silla del pasillo, que es donde se cuelgan las cosas que uno no ha decidido dónde poner.
Lo coge para llevarlo al armario y pesa lo que pesa un abrigo con algo dentro.
En el bolsillo interior está el papel doblado en cuatro.
Lo abre.
Está la cifra, escrita con bolígrafo azul, sin símbolos y sin poner euros, con sus seis dígitos y sus dos decimales, y al lado no hay nada más, porque Ignacio Berdún no escribe nada que no le pidan.
Irene se sienta en la silla del pasillo con el abrigo en las rodillas.
Y hace lo único que sabe hacer con un número.
Lo divide entre los cincuenta y dos minutos y catorce segundos del episodio seis, y le sale una cifra por minuto.
Lo divide entre los cuatro segundos del folio 341, y le sale otra.
Las dos son exactas.
Dobla el papel otra vez, en cuatro, por las mismas marcas, y lo vuelve a meter en el bolsillo interior, y cuelga el abrigo en el armario.