El monstruo y su última presa Capítulo 31
89%

Capítulo 31

R eyna buscó a Beckham entre la multitud, pero la oleada hu mana la arrastró. Había desaparecido, lo había perdido. No podía creerlo, debería haberlo escuchado. Tendrían que haberse ido antes.

—Esto es una prueba más de que estas medidas eran necesarias —proclamó el alcalde.

Se escucharon disparos, y entonces todo sucedió a la vez: gritos, gente corriendo, empujándose y pisoteándose. Algunos intentaban llegar hasta el escenario, pero la policía contenía a la multitud. Los oradores evacuaron con rapidez al oír los disparos.

En medio del caos, Reyna solo podía pensar en Beckham. Lo buscó desesperadamente. Era tan alto que debería poder verlo, pero no pudo encontrarlo. Miró por encima del hombro mientras la empujaban en dirección contraria.

Sus pies no podían seguir el ritmo, por lo que tropezó y cayó de bruces, apoyándose con las manos y las rodillas.

Varios la pisaron al correr, alguien más le golpeó la cara y vio estrellas.

Gritó y trató de levantarse, pero la empujaron al suelo una y otra vez.

Al final, se hizo un ovillo, intentando volverse lo más pequeña posible mientras el caos estallaba a su alrededor.

Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras yacía sobre el asfalto sucio, con la cabeza palpitándole de dolor.

No podía creer lo que estaba ocurriendo.

No tenía cómo llamar a Beckham, ni sabía si lograría salir con vida de esa masa humana.

Era un bombardeo sin fin de cuerpos que la aplastaban. No veía escapatoria.

Un brazo emergió del abismo y la alzó por el hombro. Reyna soltó un quejido cuando su hombro crujió de dolor. Levantó la mirada y se encontró con los ojos de una vampira.

—Hueles delicioso —gruñó la mujer. Extendió un dedo y lo presionó contra la frente de Reyna. Ella se apartó del dolor: estaba sangrando.

—¡Suéltame! —gritó Reyna, forcejeando.

La vampira la ignoró y se lamió el dedo, con los ojos encendidos de sed. Mostró los colmillos.

—Esto no dolerá nada.

—Estás loca. —Reyna intentó rasguñarla, pero era como intentar mover una montaña.

—Quédate quieta —ordenó la vampira.

—¡Aléjate de ella! —oyó Reyna a sus espaldas y suspiró de alivio. La voz de Beckham era letal—. Es mía.

La vampira miró por encima del hombro de Reyna y la soltó. Aun en medio del caos, pelear con un alto cargo de Visage no era buena idea. Además, sabía que no tenía forma de ganarle.

—Está bien, es tuya. Pero sabe delicioso.

Beckham la fulminó con la mirada.

—¿La probaste?

—Solo una gota —respondió, guiñándole un ojo.

—Lárgate antes de que te arranque la cabeza —amenazó sin alzar la voz, pero con un filo que helaba la sangre.

La vampira abrió los ojos con miedo y desapareció entre la multitud.

—Reyna, qué bueno que estás bien —murmuró abrazándola con fuerza. Su corazón latía como loco, y en ese momento agradeció que él hubiera llegado a tiempo—. Tienes un corte muy leve —informó tras examinarle la frente—. Ponte esto.

Le tendió un pañuelo, por supuesto que llevaba uno, y ella lo presionó sobre la herida.

—Me encontraste —susurró.

—Siempre te encontraré.

Le besó la cabeza y le tomó la mano.

—Vámonos. No quiero otro encuentro cercano con la muerte.

Beckham no la soltó mientras se abría paso entre la multitud. Tardaron una eternidad en salir a una calle donde ya no había tanta gente. A esas alturas, Reyna tenía dolor de cabeza, la ropa arrugada y una manga rasgada. No podía hacer nada al respecto.

—Por aquí. —Beckham los guio de nuevo hacia el centro de la ciudad.

—¿Cómo me encontraste?

—Puedo olerte —respondió—. Puedo oler tu sangre.

—Oh...

Ella apartó el pañuelo y vio su sangre seca. El corte ya no sangraba. Había sido pequeño, pero aun así la vampira lo había olido, y Beckham también.

—Toma. —Le devolvió el pañuelo. Él frunció el ceño al aceptarlo.

—Deberíamos quemarlo.

—¿Quemarlo? —preguntó sin comprender—. Beckham, ¿qué está pasando? Esa mujer reaccionó igual que el vampiro que nos atacó afuera del club, pero tú me habías asegurado que no tiene un olor particular. ¿Sí huele diferente?

Beckham guardó silencio durante varias cuadras. Reyna empezaba a pensar que no respondería, era el trato al que estaba acostumbrada. Había sido demasiado bueno pensar que empezaría a decirle todo como había prometido. Tal vez tenía demasiados secretos para contarlos todos.

—Sí —dijo al fin—. Tu sangre huele... no sé, es difícil de explicar. Dulce, pero no dulce. Es poderosa y atrayente. Te envuelve.

—¿O sea que huelo a filete?

Beckham soltó una carcajada hermosa.

—Supongo que sí... pero cien veces más apetecible.

—¿Eso es raro? Quiero decir, ¿la sangre no huele bien en general? La comida no siempre huele igual. No sé cómo funciona esto.

—La sangre siempre huele diferente, y algunas veces ese olor es más potente que otros.

Además de las feromonas humanas, cada sangre tiene su propio aroma, dependiendo si está contaminada con drogas, alcohol, enfermedades o muerte.

Pero tú... —La miró con hambre en los ojos—.

Tú tienes el olor más increíble del mundo.

Es embriagador, hipnótico. Por eso debemos quemar ese pañuelo y limpiarte.

No quiero que nadie más te huela. Si lo hacen, van a querer probarte.

—¿Pero tú no? —preguntó, pensando en todas las veces que él había olido su sangre y no había cedido.

Beckham respiró hondo.

—No me atrevo a imaginar a qué sabes.

Reyna intentó esconder su sonrisa, pero no lo logró.

—Podrías, si quisieras.

—No me tientes, Reyna. Tengo muy poco autocontrol.

Ella resopló.

—No estoy de acuerdo.

—Perdí la cuenta de las vidas que tomé por dejarme llevar y no querer detenerme.

—Eso era distinto —apuntó—. Antes de la cura, no querías parar. Era tu parte animal. Ahora tienes un control tremendo, y no lo harías otra vez. Apostaría a que no lo has hecho desde que te curaste.

—No me gusta arriesgarme. —Se encogió de hombros—. Es más fácil así.

—Bueno, te estás arriesgando conmigo. Y yo confío en que no perderás el control.

Él no respondió, pero no hacía falta: Reyna no tenía miedo. Sabía que no la lastimaría. Estaba haciendo todo lo posible por protegerla. Si alguna vez llegaba a beber de ella, estaba segura de que encontraría ese autocontrol que tanto decía no tener.

Había perdido el sentido de la orientación cuando Beckham se detuvo frente a una tienda tapiada en una esquina cualquiera.

—Entra aquí —indicó.

—¿Aquí? —Observó el edificio con desconfianza.

Beckham abrió una reja negra y le hizo un gesto para que lo siguiera.

Subieron un tramo de escaleras hasta llegar a un departamento vacío de una sola habitación.

Lo único que había era un colchón en el suelo y una caja fuerte en la esquina.

Beckham empujó suavemente a Reyna hacia el baño mientras buscaba un encendedor en uno de los cajones de la cocina.

Le prendió fuego al pañuelo y lo lanzó dentro de un bote metálico.

Reyna se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos, preguntándose si él ya habría hecho algo así antes, pues se movía con muchísima precisión.

—¿Qué es este lugar?

—Una casa segura. —Se encogió de hombros.

—¿Segura para quién?

—Por ahora, para ti —dijo mientras revolvía el botiquín que estaba sobre el inodoro.

Le sostuvo el mentón y ella se perdió en sus ojos de ónix, profundos e infinitos, cautivada por la sensación de sus manos. Qué dulzura al limpiar su herida, qué exactitud en cada movimiento, qué atención tan sincera a su dolor.

Cuando terminó, la miró a los ojos. En ese instante, hablaron sin palabras. Ese era el verdadero Beckham Anderson, el hombre que le pertenecía.

Pasaron apenas cinco minutos desde que entraron hasta que volvieron a salir a la calle, pero todo había cambiado.

Después de un corto trayecto en taxi, ambos estaban frente al enorme rascacielos de la sede central de Visage Incorporated.

Cruzaron los suelos relucientes con un andar veloz, pasando entre gente vestida con trajes impecables y escáneres corporales.

El edificio ya era intimidante por sí solo, pero ahora ella iba a reunirse con el vampiro más poderoso de la empresa, lo cual volvía la situación aún más aterradora.

Aun así, mantuvo la cabeza en alto y se mantuvo cerca de Beckham.

—¿Con qué estamos lidiando exactamente? —preguntó cuando estuvieron fuera del alcance de oídos ajenos.

—Bueno, para empezar, tengo que averiguar por qué no me informaron de todo lo que estaba ocurriendo. En especial, quiero poner a Roland en su lugar por provocarme. Él sabía lo que venía, y sabía cómo reaccionaría la multitud.

—No entiendo por qué lo hizo. ¿No tienen todos el mismo objetivo dentro de la empresa?

Detestaba a Roland, pero debía admitir que era astuto.

Había planeado que Penelope apareciera la noche del incendio con la esperanza de dejar sola a Reyna, y también había planeado que Beckham quedara atrapado en la manifestación.

En cada una de las situaciones, siempre había algo más de lo que podían distinguir a simple vista.

—Está claro que esto es personal. Está molesto porque le gané en el club... y probablemente porque tú lo rechazaste.

Entraron al ascensor y las puertas se cerraron tras ellos.

—Se lo merecía. Se pasó de la raya —dijo Reyna.

Beckham volteó hacia ella y le tomó el rostro entre las manos.

—Sabes que estoy de acuerdo contigo, pero vas a tener que contenerte durante todo esto. No puedes reaccionar a nada. Roland quiere que lo tomes personal, pero debes mantenerte profesional, incluso cuando no quieras. Él espera que pierdas el control.

—Becks, tenemos que hacerlo público para poder avanzar.

—No funciona así, esto es política. Vas a tener que confiar en mí. ¿Puedes hacerlo?

La miró con súplica, pero ella no estaba segura de si quería que dijera que sí o que no. Era evidente que Beckham aún estaba luchando con sus demonios.

—Claro que confío en ti.