El monstruo y su última presa Capítulo 30
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Capítulo 30

C uando sus hermanos finalmente desaparecieron de su campo de visión, Reyna se dejó caer de nuevo en su asiento y se quitó la gorra.

—¿Qué tanto escuchaste? —preguntó. Beckham le lanzó una mirada elocuente y ella asintió—. Todo, por supuesto.

—Te quieren.

—Sí, me quieren muchísimo.

—Podrías haberte quedado.

Ella negó con la cabeza.

—Tú y yo sabemos que eso no es cierto.

—Ellos querían que te quedaras.

—Y una parte de mí todavía quiere estar con ellos —admitió—. Pero necesito ver a dónde nos lleva esto, Becks. No es un camino fácil, pero es uno que estoy dispuesta a recorrer contigo.

Él buscó su mano y entrelazaron los dedos. Fue un gesto sencillo, pero le arrancó un suspiro. El mundo podría ser un caos, pero el momento presente era demasiado hermoso como para no saborearlo.

Beckham la observaba en silencio. Ni siquiera estaba mirando su celular, y Reyna se había acostumbrado tanto a verlo pegado a esa pantalla que no sabía muy bien qué pensar.

—¿No hay nada urgente? —preguntó.

—No.

—¿Ningún mensaje por contestar? ¿Correos? ¿Gráficas?

—No. —Le dedicó una media sonrisa.

—Creí que hoy sería un caos, con todo lo que pasó.

—Puede que lo sea —admitió.

—No me quejo, pero normalmente estás pegado al celular. —Resultaba un poco inquietante tener el peso total de su atención sobre ella.

—¿Nunca pensaste que tú eras la razón por la que estaba siempre conectado?

Reyna carraspeó y miró a cualquier lado menos a sus ojos intensos.

—No pensé que fuera la única razón —confesó—. Supuse que estabas ocupado.

Beckham rio con una ligereza que nunca le había escuchado antes.

—Claro, todo el tiempo estoy ocupado. Pero, cuando estás conmigo en el auto, no me puedo concentrar. No avanzo en nada. Lo único que puedo pensar es en esto —dijo, acercándola de la nuca para besarla con fuerza.

Ella casi se trepó a su regazo con tal de tener sus labios sobre los de él.

No le importaba estar en jeans viejos y una camiseta, mientras él llevaba un traje de dos mil dólares.

Solo quería sentirlo, sentir que al fin era suyo.

Dios, no podía esperar a llegar a casa. Iba a arrancarle ese maldito traje y descubrir, por fin, lo que había debajo.

—Reyna —jadeó. Le mordió suavemente el labio, deslizándolo entre los dientes. Ella arqueó la espalda y presionó su pelvis contra él.

—¿Mmm? —gimió ella.

—Necesito hablar contigo. Hay cosas que debo decirte — murmuró, aunque sus manos decían todo lo contrario.

—Puede esperar.

Todo podía esperar. Él había dicho que iba a hablar con Penelope, que iba a elegirla a ella, y eso era suficiente por ahora. Había elegido, y la había elegido a ella. Además, no estaba segura de poder aguantar hasta llegar a casa para tenerlo.

—Reyna, por favor —insistió mientras ella luchaba con su corbata.

Lo silenció con otro beso y le arrancó la corbata.

Luego comenzó a abrirle la camisa, botón por botón.

Él dejó de protestar en ese momento; no podía resistirse cuando todas sus defensas se habían derrumbado.

Le subió la camiseta hasta quitársela por completo.

Un brasier de encaje fino cubría sus pechos, y él los tomó entre las manos, colando un dedo para acariciarle el pezón.

Ella gimió y se aferró a su pecho, buscando apoyo ante el placer que la recorría. Movió las caderas sobre él, desesperada por liberar al fin toda la pasión acumulada. Sus manos tiraron de su cinturón, desabrochó la hebilla y luego el botón del pantalón.

—Beckham, hazme tuya aquí mismo —suplicó contra sus labios—. No me importa dónde estemos. Te necesito ahora.

Él gruñó desde lo más hondo de la garganta y la empujó con fuerza sobre el asiento.

Su cuerpo largo apenas cabía en el espacio reducido, pero se acomodó sobre ella, con las manos recorriéndola por completo.

Reyna echó la cabeza hacia atrás mientras él le besaba el cuello con desesperación y le rodeó la cintura con las piernas para acercarlo más.

En el silencio que siguió, el zumbido del celular fue como un trueno.

—Ignóralo —suplicó ella, acariciándole la mandíbula.

—Déjame apagarlo. —Metió la mano en el bolsillo interno del saco y sacó el teléfono. Frunció el ceño al ver la pantalla—. Hmm…

—¿Hmm…? —preguntó—. ¿«Hmm» bueno o «hmm» malo?

—Es Roland. —El cuerpo de Reyna se estremeció con solo oír el nombre. Después de lo que había pasado en el club, solo mencionarlo le causaba repulsión—. Tengo que contestar. —Le lanzó una expresión de disculpa antes de sentarse.

«Se acabó la diversión», pensó Reyna, incorporándose en el asiento y buscando su camiseta en el suelo del vehículo.

—¿Hola? —Beckham respondió la llamada con voz áspera. Escuchó mientras Roland hablaba, luego agregó—: Sí… ¿hoy? —Se arremangó y miró el reloj—. Eso es en media hora.

La conversación no parecía hacerle nada de gracia; su rostro se iba oscureciendo más y más. Todo rastro del Beckham divertido y sensual que había estado desvistiéndola se desvaneció.

—Entiendo —dijo al colgar. Luego activó el intercomunicador del auto—. Cambio de planes: dirígete al ayuntamiento.

—Sí, señor.

—¿Qué pasó? —preguntó Reyna.

Beckham se recompuso. Se abotonó la camisa, se arregló la corbata y respiró hondo antes de responder.

—No me dijo exactamente. Dejó todo muy vago a propósito. Solo que tenía que ir al ayuntamiento, y que no querría perderme lo que estaba a punto de ocurrir.

Reyna tragó saliva, tenía un mal presentimiento.

—¿Por qué siento que estamos cayendo en su trampa?

—Porque sí estamos —admitió con pesar—. Pero no veo otra opción.

Ella lo miró con preocupación. Se dirigían al edificio donde estaba el alcalde.

—¿Crees que tiene algo que ver con Penelope?

Beckham negó con la cabeza.

—Lo dudo. Si su estado hubiera cambiado, ya lo sabría. La dejé estable. Esto sonaba… personal.

—¿Cómo que personal?

—Pidió que te llevara.

—¿Y eso qué significa? —preguntó, tensa. No quería ver a Roland. Si algún día tenía que enfrentarlo, lo haría, no se acobardaría, pero esperaba que ese día estuviera muy lejos.

—Supongo que lo descubriremos cuando lleguemos —aventuró, tomándola de la mano y besándole los nudillos—. No te preocupes, no dejaré que te pase nada.

Faltaba poco más de un kilómetro para llegar al ayuntamiento cuando quedaron atrapados en un embotellamiento. La calle estaba repleta de gente hasta donde alcanzaban a ver; todos se dirigían hacia la intersección principal.

—¿Qué carajos? —Reyna estiró el cuello para ver qué causaba tanto tráfico.

—Hasta aquí llegamos. Tendremos que seguir a pie —anunció Beckham.

Le indicó al chofer los nuevos planes y ambos bajaron del auto en medio de la intersección bloqueada.

Cruzaron hasta la banqueta y sortearon a los grupos de personas que se movían confundidas.

Reyna agradeció no traer un par de esos absurdos tacones.

De no ser por sus Converse, jamás habría podido seguir el ritmo de Beckham, aunque aun así se quedó atrás.

Él volvió por ella y, tras otros diez minutos, llegaron por fin al frente del ayuntamiento. Reyna se acercó a una pareja que conversaba animadamente.

—Disculpen, ¿qué está pasando?

La mujer miró con cierta inquietud a Beckham antes de responder:

—El alcalde va a hacer un anuncio importante. Al fin llegará el cambio que necesitábamos. Después de esos horribles incendios y tanta muerte innecesaria, todo el mundo está a la espera de las políticas que va a anunciar.

—¿Qué políticas? —preguntó atónita. Solo habían pasado unos días desde que se fue. ¿Cómo había avanzado todo tan rápido? ¿Qué estaba diciendo la prensa para convencer a la gente de que era buena idea?

—La igualdad entre humanos y vampiros, por supuesto.

—Claro —respondió con sarcasmo. Miró a Beckham cuando la pareja se perdió entre la multitud—. No me gusta esto, algo está mal.

Él asintió.

—Yo también lo siento.

—¿No sabías nada?

—No. Y eso es lo que más me preocupa.

Se abrieron paso hasta llegar lo más cerca que pudieron del edificio, donde se había montado un escenario con un podio y una fila de sillas.

A pesar de la estatura de Beckham, apenas lograron avanzar entre la muchedumbre.

Reyna no alcanzaba a ver nada, aunque desde allí tampoco habría podido distinguir mucho.

El vampiro, sin embargo, sí alcanzaba a discernir el escenario con su visión mejorada.

El bullicio era constante. Todos estaban emocionados por el anuncio del alcalde y especulaban al respecto. Reyna solo tenía claro que, fuera lo que fuera, no sería bueno.

Un grupo de personas subió al escenario formando una fila y se sentó. Un hombre que Reyna no conocía se acercó al podio y la multitud enmudeció.

—Bienvenidos —dijo al micrófono.

—Harrington está sentado a la izquierda del orador —le susurró Beckham a Reyna.

—¿Crees que tiene que ver con Visage?

Él apretó los labios. Reyna notó cuánto sufría por no saber qué estaba ocurriendo. Por su rango, Beckham debería haber sido informado si esto tenía algo que ver con Visage.

—Quédate cerca —le indicó, atrayéndola hacia él y tomándole la mano—. Hay demasiada gente, no quiero que nos separemos.

—Gracias por venir esta tarde. Es un placer presentar a nuestro querido alcalde Sky.

El alcalde subió al podio entre aplausos.

Era popular, tanto que había sido reelegido una y otra vez.

Sin embargo, Reyna no sentía que hubiera hecho mucho por nadie.

Aunque lamentaba lo de Penelope, ella y su padre eran obscenamente ricos en un mundo donde muchos literalmente morían de hambre.

Vivir con Beckham le había mostrado el contraste.

Si pudiera, votaría por sacarlo del cargo sin dudar.

Aunque, en este mundo, no parecía haber mejores alternativas.

El alcalde esperó a que el público se calmara.

—Bienvenidos. Las circunstancias que me traen aquí hoy son tristes y preocupantes.

Nuestra ciudad ha sufrido una gran tragedia este fin de semana.

He pasado el tiempo con las familias de las víctimas de los incendios subterráneos, incluida mi hija.

Y con el corazón encogido, este gobierno y yo hemos tenido que proponer una solución drástica para estos tiempos difíciles.

Se detuvo para dejar que sus palabras calaran. Reyna contuvo el aliento.

—A partir de ahora, castigaremos con severidad toda actividad ilícita, así se trate de humanos o vampiros.

El odio entre nuestras especies ha llevado a la violencia.

A pesar de las medidas que hemos tomado, la muerte y la destrucción continúan.

Los incendios son el punto de quiebre. Mi propia hija sufrió quemaduras.

Reyna apretó con más fuerza la mano de Beckham al oírlo mencionar a Penelope. Su rostro estaba tenso, y deseó poder quitarle esa preocupación.

—Nuestros hermanos y hermanas han muerto. Debemos unirnos y erradicar el mal de este mundo, ese fue el objetivo de esta legislación. Hoy les presento un nuevo plan para combatir el crimen. El gobierno asumirá su responsabilidad. Ahora comienza una nueva era.

Beckham y Reyna intercambiaron miradas. No podía estar segura de qué estaba pensando él, pero una legislación apresurada nunca era buena señal. Además, dudaba mucho de que realmente beneficiara a todos.

—Los legisladores han aprobado una ley integral contra la delincuencia, misma que he firmado debido al rápido incremento de muertes en nuestra ciudad.

Como resultado, iniciaremos de inmediato con las siguientes medidas: primero, mañana mismo comenzará un Censo de Sangre en toda la ciudad, incluyendo el ayuntamiento.

—¿Qué? —se extrañó Reyna—. Habían dicho que empezaría dentro de unos meses.

—Parece que tienen prisa —replicó Beckham con rigidez.

—Nuestra ciudad se enorgullece de ser la primera en implementar este nuevo programa.

Cada uno de ustedes recibirá una ubicación asignada para registrarse, y todos deberán hacerse una prueba de tipo de sangre en el plazo de un mes.

Deseamos que este proceso sea lo más rápido y sencillo posible, de modo que podamos informar de los resultados al gobierno federal y completar la base de datos para la crisis nacional. Quienes no cumplan recibirán una multa.

El murmullo del público se intensificó. Algunos estaban indignados por la obligación, mientras que otros se encontraban molestos por la creación de una base de datos sanguínea.

Muchos compartían el sentimiento de Reyna, pues el censo solo podía significar una cosa: Visage se había infiltrado en el gobierno.

—Además, todos los sitios del censo estarán equipados con esto. —El alcalde mostró una pulsera—. La ciudad emitirá estos brazaletes con su información de identidad. Los agentes llevarán escáneres para verificarla.

El murmullo se transformó en rugido. Tener una tarjeta de identificación era una cosa, pero esto era otra completamente distinta. ¿Qué más impondría el gobierno?

—Deben usarlo siempre como prueba de que están registrados y han pasado el examen de sangre.

La policía arrestará y multará a quienes no lo lleven después del plazo.

Esperamos que estos identificadores ayuden a controlar el crimen.

Nuestro objetivo es hacer de esta ciudad un lugar más seguro para ustedes y sus familias.

Reyna temblaba de rabia. ¿Cómo se atrevían? ¿Quiénes se creían para aprobar una ley así sin consultar a los ciudadanos? Ella no era una prisionera del sistema. Creía en el cambio, sí, pero este no era el camino para llegar a él.

El alcalde continuó sin inmutarse:

—Por último, se impondrá un toque de queda obligatorio en toda la ciudad.

—¿Qué? —gritó al unísono con la multitud—. ¿Toque de queda?

—Reyna —gruñó Beckham, tirando de ella—. Tenemos que irnos, esto no luce bien.

—¡No podemos! Tenemos que alzar la voz. ¡Tenemos que decirles que está mal! No pueden hacernos esto.

—Claro que pueden, y lo están haciendo, pero no podemos quedar atrapados en medio.

—Tal vez, si más gente se arriesgara a ponerse en medio, esto no habría llegado tan lejos.

—Estoy de acuerdo, pero ahora mismo solo quiero sacarte de aquí antes de que alguien muera aplastado.

—Está bien —cedió. No podía hacerlo cambiar de opinión, y mucho menos al gobierno. Pero cómo deseaba poder hacerlo.

El alcalde siguió hablando mientras Beckham la llevaba de la mano entre la multitud.

—Solo los trabajadores nocturnos podrán salir después del toque de queda, y deberán tener un permiso. No me agrada la idea de clausurar la ciudad tras la medianoche, pero en este momento es necesario para garantizar la paz.

—¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

La consigna comenzó a recorrer la multitud. La gente se empujó hacia el escenario y la mano de Reyna se soltó de la del vampiro.

—¡Beckham! —gritó sobre el estruendo.