Capítulo 23
A la mañana siguiente, Reyna estaba de pésimo humor. Apenas había dormido; había estado dando vueltas en la cama, reviviendo una y otra vez todo lo sucedido entre Beckham y ella, hasta que ya no aguantaba las ganas de gritar.
¿Por qué no podía sacárselo de la cabeza?
Estaba más que furiosa con él, y aun así no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido esa noche. Beckham había sido tan real. Sincero incluso. Había sido él mismo con ella, había bajado la guardia, y juntos habían compartido un momento hermoso. Y luego, ¡puf! Todo había desaparecido.
El muro se había alzado entre ellos de nuevo.
Cada vez que daban dos pasos hacia adelante, él corría otros cincuenta hacia atrás.
Era exasperante y ya no estaba dispuesta a soportarlo.
Lo de anoche había esclarecido todo en su mente: Beckham quería a Penny.
Si era un imbécil capaz de engañar a su novia, entonces Reyna no tendría nada que ver con él.
De todas formas, no era como si Reyna tuviera algún derecho sobre él.
Ese pensamiento la hizo saltar de la cama. Se puso la ropa de calle y se recogió el cabello en una coleta perfectamente alisada. Tomó su cámara y salió de la habitación sin siquiera mirar a su alrededor, caminando directo al ascensor.
Cuando llegó a la planta baja, salió por las puertas principales. Everett le sonrió desde el puesto de valet.
—¿Quieres que llame a tu coche?
—No, gracias, voy a caminar. Si alguien pregunta por mí, ¿podrías decirle que necesitaba aire y que volveré en un rato?
Él alzó las cejas.
—¿Esperas que alguien te busque?
—No —respondió enseguida. Sus ojos se desviaron con fastidio hacia el vestíbulo.
—Ten cuidado, eres un imán para el peligro —dijo, medio en broma.
—Sí, es cierto —asintió—. Bueno, me mantendré lejos de las sombras.
—Bien.
—Oye —añadió, acercándose un poco—. ¿Supiste algo más sobre el lugar al que fuimos?
No podía creer que solo hubieran pasado un par de días desde que había descubierto un banco de sangre clandestino.
Aún no sabía qué significaba, pero tampoco tenía claro cómo investigarlo.
Parte de ella quería publicar las imágenes en su sitio, con la esperanza de que alguien más siguiera la pista, pero Beckham ya se había alterado bastante con esas fotos.
No estaba del todo lista para hacerlas públicas.
—No. Creo que lo mejor será dejarlo ir, porque no hay forma de volver a entrar sin que nos detecten. Lo encontramos por casualidad.
Asintió, aunque sentía que deberían poder hacer algo.
—Seguro tienes razón. Pero tal vez podríamos intentarlo —propuso con un guiño.
Everett se echó a reír.
—De verdad te gusta el peligro. ¿No te bastó con que casi nos atraparan la primera vez?
—Pero ahora sí sabemos lo que estamos buscando.
—No sé —respondió dubitativo—. Tal vez.
Reyna sonrió con entusiasmo.
—Eso suena a un sí.
—Es un tal vez.
—Está bien. Buscaré un momento para escaparme y te escribo.
—Aún no he aceptado, Reyna —replicó, mientras ella retrocedía.
—Ah, pero aceptarás.
—Tienes razón —admitió con un suspiro—. Haría cualquier cosa por ti.
Reyna ignoró su mirada. Le gustaba estar con Everett, pero no de ese modo. Su triángulo amoroso ya era bastante complicado como para convertirlo en un cuadrado; quería eliminar un vértice, no añadir otro.
—Nos vemos. —Se despidió con un gesto de la mano y dio vuelta en la esquina trotando.
Había un parque frente al edificio. Solo había ido una vez, porque no era el tipo de lugar que solía fotografiar. Como vivía en una zona adinerada, el parque estaba limpio, despejado y era seguro. En ese momento, sin embargo, no se sentía limpia, despejada, ni segura.
No importaba, era mejor que quedarse en el departamento de Beckham todo el día.
No podía dejar de pensar en la sensación de sus labios recorriendo su piel.
Si se quedaba, seguramente acabaría irrumpiendo en su cuarto para exigirle explicaciones.
Le daría igual no tener permiso para estar allí, o que enfrentarlo no sirviera de nada.
Gruñó con desagrado. No podía seguir pensando en él, se suponía que por eso se había salido.
Sacó su cámara de la bolsa y comenzó a tomar fotos: flores abriéndose, una pareja en una banca, el lago donde estaban atados unos botes de remos. Exhaló con profundidad e intentó disfrutar el proceso. No era tan emotivo como otras cosas que capturaba, pero al menos calmaba sus nervios.
Dio vuelta en una esquina y notó una sombra negra en su visión periférica.
Se detuvo en seco y miró a su alrededor, pero no vio a nadie.
Estaba en una zona bien iluminada del parque, aunque bastante vacía a esa hora.
Se dirigió hacia las canchas donde las niñeras solían llevar a los niños a jugar.
Estaba por llegar cuando escuchó pasos detrás de ella.
La estaban siguiendo.
Su ritmo cardíaco se aceleró y apuró el paso hasta un trote ligero. Por suerte llevaba sus Converse, con los ridículos tacones de su armario no habría llegado lejos. Corrió hasta el límite del parque y echó un vistazo a sus espaldas. Entonces lo vio.
Redujo el paso hasta detenerse y se volteó para enfrentarse al sendero vacío.
Reyna cruzó los brazos, plantándose con firmeza.
—Sé que me estás siguiendo. ¿Puedo tener un momento de paz, Beckham?
Él salió de entre los árboles y se acercó.
La invadió una oleada de rabia, no necesitaba un escolta en el parque.
Y no importaba que se viera increíble con esos jeans oscuros y la camisa negra desabotonada en el cuello.
Era lo más informal que lo había visto nunca, y le quedaba tan bien como sus trajes.
Todo esto sería mucho más fácil si no fuera tan atractivo. Apretó los dientes con frustración.
—Saliste sin seguridad —dijo Beckham.
—Sí. ¿No pensaste que lo hice intencionalmente? —espetó—. ¿Acaso no sabes leer entre líneas?
—Estoy seguro de que tenías tus razones, pero eso no significa que debas poner en riesgo tu seguridad.
—¿Te parece que estoy en peligro? —Abrió los brazos y señaló el parque—. El único que me acosa aquí eres tú.
Beckham ignoró el comentario.
—Tenía curiosidad de saber a dónde querías ir para estar sola.
—¿Te digo la verdad? A cualquier sitio lejos de ti. Y ni así puedo alejarme, ¿verdad?
Odiaba sonar tan cortante, pero estaba herida. Después de lo de anoche, él merecía al menos un bofetón verbal. No podía creer que tuviera el descaro de seguirla.
—No. Todavía trabajas para mí, Reyna.
Ella puso los ojos en blanco.
—Firmaste los papeles, me pagas y me das un sitio dónde vivir, pero no he trabajado un solo día. Y si sí, tal vez debería denunciarte por acoso sexual.
—Oh, Reyna, no lo dices en serio.
No parecía dolido, pero su respuesta tampoco era la habitual. Bien, ojalá estuviera sufriendo al menos la mitad de lo que padecía ella.
—Necesito alejarme de ti.
—No puedo dejar que te vayas sola.
—Entonces manda a alguien más. Ni siquiera quiero ni verte.
Tragó saliva y se dio la vuelta. Odiaba sentirse tan pequeña frente a él. Lo de anoche había sido increíble, y luego él había arruinado todo. Cada vez que lo veía, recordaba el bofetón emocional que fue oírle decir el nombre de Penélope.
—No voy a disculparme por lo de anoche —sentenció.
Reyna se alejó, pero él la alcanzó con facilidad.
—Deja de seguirme.
—Deja de actuar así.
Ella le lanzó una mirada fulminante.
—¿No vas a disculparte? ¿Por qué? ¿Por darme sexo oral, por casi tener sexo conmigo, o por detenerte porque tienes novia? —escupió.
—Por nada de eso.
—Fantástico. ¿No se supone que deberías estar con tu querida Penny? —remarcó con sarcasmo—. Con ella es con quien siempre te desapareces, ¿no?
Beckham no respondió, pero Reyna ya sabía la verdad.
—Me das asco —lanzó.
—Al fin hablas con sensatez.
—¿Sensatez? —exclamó—. ¿Quieres que te deteste?
Él se encogió de hombros.
—Pues, suenas celosa de Penny.
El rostro de Reyna se encendió.
—Y tú pareces disfrutarlo. Te encanta cómo huelo, cómo sabe mi piel. Me deseas, quieres más —murmuró, paseando una mano por su camisa—. ¿Qué pensaría la tal Penelope si supiera cuánto quieres coger conmigo?
Él le sujetó la muñeca con fuerza.
—Suficiente, Reyna.
—No he terminado. Te gusta tenernos a las dos. Te gusta el control y tener el poder, Beckham.
Él la soltó con brusquedad y dio un paso atrás.
—Siempre me ha gustado el poder. Hoy en día es lo único que me permito desear.
Ella soltó una risa amarga.
—Solo porque te detuviste anoche, no significa que no quieras más. Es obvio, está escrito en tu cara. Así que sí, tal vez estoy celosa de Penélope, pero tú también estás celoso de que yo pueda estar aquí sin esconder lo que siento como tú haces todos los días.
Reyna siguió caminando por el parque. ¿Por qué ese maldito hombre la hacía sentirse tan fuera de control? Solo esperaba que esta vez entendiera y la dejara en paz. No corría ningún peligro real en ese parque. Estaba claro que solo la seguía para atormentarla.
Pero entonces volvió a sentir su presencia detrás de ella unos minutos más tarde.
—Ay, por Dios. ¿Esto es parte de mi recién adquirida locura? —preguntó.
—No comiste.
—Buen intento de cambiar el tema, pero no tengo hambre.
—Conozco un buen lugar aquí cerca.
Ella alzó una ceja.
—¿Te parece que comemos lo mismo?
—Solía ir antes de que me convirtieran.
—Entonces debe ser un lugar muy viejo.
Él sonrió de lado.
—No tanto. —Siguió con esa sonrisa, pero ella se limitó a fulminarlo con la mirada.
—Deja de ser amable conmigo.
—Reyna, eres una realidad ineludible en mi mundo. Yo no pedí tenerte, ni deseé que estuvieras aquí; tuve que aceptar tu presencia por mi trabajo. Muestras demasiado tus vulnerabilidades, ni siquiera sé si puedes evitarlo. Si te protegieras más, no te lastimarían tan fácilmente.
—Mis emociones son mías. No intentes arrebatarme mi humanidad.
—Créeme que sabrías si lo intentara —replicó, mostrando los colmillos. Reyna dio un paso atrás ante el movimiento repentino—. Ahora déjame asegurarme de que no mueras de hambre.