El monstruo y su última presa
© inepub.com
Capítulo 1
— C uatrocientos noventa y dos.
Reyna miró la hoja arrugada que desde hacía tres horas apretaba en su mano. Parpadeó sorprendida al reconocer el número: cuatro-nueve-dos.
—Soy yo.
Alzó la mano, ya era hora. No pensó que la espera sería tan larga.
Se levantó con dificultad, estirando los músculos adoloridos, y metió las manos temblorosas en los bolsillos de sus jeans gastados.
Cruzó la sala hasta una mujer que la esperaba frente al pabellón blanco del hospital.
La administradora tenía el cabello rubio y lacio hasta los hombros y vestía un uniforme blanco que se fundía con el entorno.
El único toque de color provenía del símbolo rojo sangre, bordado en el bolsillo de su camisa: Visage.
Se trataba de la empresa más grande del mundo, con más empleados que cualquier otra en la historia.
Visage se especializaba principalmente en lo que llamaba «servicios de empleo corporal», un nombre rebuscado para los acompañantes de sangre.
No importaba cómo quisieran llamarlos para endulzarlo —acompañantes de sangre, empleados corporales—, no cambiaba el hecho de que era el trabajo más común para la gente desesperada por sobrevivir en esta economía, y Reyna estaba a punto de convertirse en uno de ellos.
—¿Cuatro nueve dos? —preguntó la mujer.
—Sí —respondió Reyna, tratando de que no se le notara el temblor en la voz. Todavía no podía creer que esto era real, que estaba a punto de hacerlo. Brian y Drew iban a matarla.
La mujer que le hablaba no mostró el más mínimo interés por su incomodidad.
—Por aquí, cuatro nueve dos —dijo con una voz plana, carente de vida.
—Me llamo Reyna —corrigió con tono seco.
Tenía nombre, no era solo un número.
La mujer apenas asintió. Sus grandes ojos cafés la miraban como si no existiera. Claramente, no le importaba su nombre, solo seguía órdenes. Nada más, nada menos. Era lo que Reyna había aprendido a esperar de todos en ese maldito lugar.
—Sígueme.
Reyna suspiró y obedeció, no tenía caso resistirse.
Ya había tomado la decisión de presentarse a las pruebas de Visage.
Se había escapado para inscribirse sin avisarle a sus hermanos.
No tenía título ni trabajo, así que ellos debían trabajar turnos extras para mantenerla.
Tenía que hacer algo para poner comida en la mesa.
No soportaba ver cómo se mataban en la fábrica cuando ella también podía aportar algo.
Estaba allí por decisión propia, si es que se le podía llamar decisión propia a la pobreza y a la privación.
Por supuesto, eso no le importaba a la administradora y, probablemente, a nadie de Visage. No les importaba quién era. Solo se trataba de una ficha más en el sistema.
Desde que Visage lanzó su plan para emplear humanos como donadores de sangre para vampiros, hacía ya diez años, miles se habían inscrito a las pruebas.
Fue una apuesta afortunada… para la empresa, al menos.
Millones perdieron sus empleos de un día para otro, y, de entre la desesperanza, surgió un caballero de brillante armadura que llegó a salvarlos a todos.
Adiós al miedo de lo que acechaba en la oscuridad.
Adiós a ser cazados por su sangre.
Adiós a las dificultades económicas… siempre y cuando cedieras de forma voluntaria aquello por lo que antes te cazaban.
Habían pasado diez años y, en realidad, poco había cambiado.
La mayoría seguía viviendo por debajo del umbral de la pobreza, solo que ahora estaban más unidos que nunca a Visage.
Reyna no podía cambiar eso, así como tampoco podía calmar el miedo que le hacía un nudo en el estómago al pensar en convertirse en un engrane más de esa maquinaria.
Se removió inquieta al ver la gran puerta blanca frente a ella: la misma que sellaba su pacto con Visage.
«¿De verdad voy a hacer esto? ¿Acaso tengo otra opción?», se preguntó.
Ajena o indiferente a sus temores, la administradora empujó la puerta. Reyna tragó saliva. Al otro lado, se alcanzaba a ver un largo pasillo blanco; una vez que cruzara ese umbral, no habría vuelta atrás.
Si existiera otra opción… ya la habría tomado. Visage era el único recurso. El último. Justo como a ellos les gustaba.
—¿Estás lista, cuatro nueve dos? —soltó la mujer, impacien te.
Al menos mostró algo de vida.
—Sí —contestó Reyna, reprimiendo una respuesta sarcástica.
Atravesó la puerta y la administradora la escoltó por el pasillo, flanqueado por aún más puertas idénticas y personal vestido con la misma frialdad institucional.
Al llegar a una esquina, giraron a la derecha y se detuvieron frente a una puerta sin distintivos.
La mujer sacó una tarjeta de identificación de su bolsillo —con su foto y su nombre— y la deslizó por un lector de vidrio junto a la manija.
Asombrada, Reyna observó cómo la puerta se abría automáticamente. En el Distrito de Almacenes no existía esa clase de tecnología. De hecho, muchas de las máquinas que antes eran comunes —teléfonos, laptops, coches— ya no estaban al alcance de la mayoría.
El interior de la sala se parecía al de cualquier cuarto de hospital, aunque Reyna no recordaba la última vez que había podido costear una visita médica de verdad. La mujer alistó unos instrumentos sobre una bandeja con ruedas y, al notar que seguía de pie en el umbral, levantó la mirada.
—Siéntate —indicó, señalando la camilla.
Reyna respiró hondo, se repitió mentalmente las razones por las que había llegado hasta allí y entró.
El papel de la camilla se arrugó bajo su peso cuando se sentó, y se estremeció ante la intensidad de las luces.
Todo olía a plástico y desinfectante. Creía que la sala de espera había sido el lugar más hostil que conocería, pero se había equivocado.
Cuando Visage aprobó su inscripción la semana anterior, también le había entregado un folleto explicando el procedimiento. En resumen: agujas.
Muchas agujas.
Reyna contuvo una arcada: odiaba las agujas, siempre las había odiado.
Ni siquiera sabía de dónde venía ese miedo.
Si algo traumático le había ocurrido de niña, ya no había nadie en su vida que pudiera recordarlo.
Pero, considerando lo que estaba por hacer, ese temor parecía ridículo.
Las agujas serían lo menos preocupante de tratar con vampiros. Se había preparado para lo peor.
La mujer le ajustó una banda alrededor del brazo, le colocó un dispositivo parecido a una pinza en el dedo y pasó un termómetro electrónico sobre su frente. Luego, deslizó un estetoscopio bajo la banda, infló una bolsa que le apretó el brazo y comenzó a tomarle los signos vitales.
Intentó relajarse, pero fue inútil.
—Bien. Tus signos están dentro de lo aceptable —afirmó la administradora.
Reyna soltó el aire que estaba conteniendo.
La mujer murmuraba mientras ingresaba sus datos en el sistema.
—Temperatura: treinta y seis punto cinco grados Celsius. Aceptable. Pulso: setenta y dos latidos por minuto. Aceptable. Presión: ciento dos sobre sesenta y cinco. Aceptable, tirando a baja. —Volteó hacia ella—. ¿Antecedentes familiares?
Reyna intentó controlar el temblor de sus manos.
—Mis padres… están muertos.
Las palabras le sonaron huecas. Habían pasado trece años desde el accidente de coche. Desde que ella y sus hermanos se mudaron con su tío a la ciudad. Desde que su tío apostó la herencia mientras se emborrachaba. Desde que el mundo se fue al carajo.
—¿Algún padecimiento crónico? — inquirió la mujer. Su voz estaba desprovista de emoción. No había compasión en el hospital de Visage.
—Cáncer de mama por parte de mi mamá. Es lo único que sé —susurró.
—¿Te enfermas con frecuencia?
—No.
—¿Cuándo fue la última vez que estuviste internada en un hospital?
Reyna reflexionó. Ni siquiera lo recordaba.
—Seguramente cuando era bebé.
La mujer la examinó con la mirada.
—¿Algún otro tratamiento o cirugía?
—No.
Como si alguien pudiera pagar una hospitalización. Seguro esta mujer lo sabía. Reyna no iba a avergonzarse por su vida.
La administradora anotó unas cosas más, luego sacó una jeringa y unos frasquitos del cajón. Reyna sintió un vuelco en el estómago y la sangre abandonó su rostro. «Aquí vamos», se dijo.
Contuvo la respiración mientras la mujer le colocaba un torniquete en el brazo derecho, le limpiaba el pliegue del codo con alcohol y, sin previo aviso, le clavaba la aguja.
Reyna cerró los ojos con fuerza, intentando calmar su pulso acelerado.
Se sintió mareada, débil, empapada en sudor. Un escalofrío le recorrió el cuello.
Miró su brazo y trató de no vomitar. La sangre roja brotaba del pinchazo y llenaba los tubos de vidrio.
El dolor era punzante, pero lo que le revolvía el estómago era la sangre.
Tuvo que apartar la mirada hasta que la administradora acabó.
Luego de la extracción, la mujer le puso un curita y le entregó un vasito de plástico.
—Deja la muestra en el compartimento del baño. —Señaló una puerta casi invisible a su derecha—. Vuelve cuando termines. El doctor vendrá en un momento.
—Gracias —dijo Reyna con tono apagado.
Al menos lo peor ya había pasado.
Intentó no pensar en la sangre o las agujas.
Tenía que concentrarse en alimentarse bien, en mandar dinero a sus hermanos, en volver a tener una vida.
Esto no sería para siempre; podía trabajar unos meses como donadora y luego renunciar si quería.
Solo sería para salir adelante, o para encontrar otras opciones.
Al menos, eso esperaba. Confiaba en ganar suficiente para poder enviarle algo a sus hermanos. Si ellos se hubieran enterado de que estaba allí, jamás lo habrían aprobado. Nadie aprobaría que su hermanita se convirtiera en acompañante de sangre de un vampiro.
Dejó la muestra en el baño y regresó a la camilla; al menos era más cómoda que las sillas de la sala de espera. En realidad, le parecía más cómoda que cualesquiera de los muebles que tenían en casa.